Prohibida por Lealtad

Capítulo 37 | Un jet, la letra "L" y el CEO astronauta

Matteo

Tener un jet privado es, para el noventa y nueve por ciento del mundo corporativo, el máximo símbolo de paz, exclusividad y silencio. Para mí, a treinta mil pies de altura sobre el océano Atlántico, el jet privado era un campo de batalla de pañales, ladridos y preguntas sobre física cuántica.

—Papá, si abrimos la puerta del avión ahorita, ¿Luciana saldría volando por la despresurización o la gravedad la mantendría en su cunita? —preguntó Emilio, con el cinturón desabrochado, asomándose por encima de mi asiento.

Parpadeé, sosteniendo un tetero a medio preparar en una mano y un paño para eructos en el hombro.
—Comandante, por favor, no vamos a abrir ninguna puerta —le respondí, intentando mantener la calma de un monje tibetano—. Y sí, saldríamos todos volando. Siéntate y ponte el cinturón.

Apolo, que se suponía que debía estar durmiendo plácidamente en su cama de viaje, pasó corriendo por el pasillo central del avión con uno de mis calcetines de diseñador en el hocico.
—¡Apolo, suelta eso! —le grité al perro, que me ignoró olímpicamente y se fue a esconder debajo del asiento de Olivia.

Mi esposa, la mujer más brillante de Wall Street, estaba recostada en su amplio asiento de cuero, con Luciana durmiendo plácidamente sobre su pecho. Olivia me miró por encima de la cabeza de nuestra hija y soltó una carcajada limpia, cristalina, disfrutando de mi miseria logística.
—Te dije que viajar con un bebé de un mes, un niño de cinco años y un cachorro hiperactivo no iba a ser como tus retiros corporativos en Suiza, mi amor.
—Es un motín —murmuré, dejándome caer en el asiento a su lado y pasándome una mano por el cabello—. Mis propios hijos y mi perro me han perdido el respeto.

Pero a pesar del caos, de la leche derramada en la alfombra del jet y de Apolo robando calcetines, no cambiaría este vuelo por absolutamente nada. Verlos a los tres, relajados y libres del asedio de la prensa de Nueva York, era mi mayor victoria.

Aterrizamos en Nápoles y un helicóptero nos trasladó directamente a la costa. Cuando por fin las camionetas negras se detuvieron frente a los inmensos portones de hierro de nuestra propiedad en Amalfi, bajamos las ventanas para dejar entrar la brisa salada del mar Tirreno.

Emilio fue el primero en bajar del auto. Corrió hacia los inmensos pilares de piedra de la entrada y se detuvo en seco. Acomodé a Luciana en el portabebés y caminé hacia él con Olivia a mi lado. Esperaba que mi hijo estuviera maravillado de volver a la villa. En su lugar, Emilio se cruzó de brazos, frunció su pequeño ceño y me fulminó con la mirada.

—Papá, tenemos un problema legal muy grave —anunció el niño, con un tono de voz que era una réplica exacta del mío cuando un negocio salía mal.
—¿Qué pasa, campeón? —pregunté, confundido. Emilio señaló el imponente letrero de piedra incrustado en el muro.
—Ahí dice "Villa E. R. M.". Por Emilio Rossi Mateus.
—Así es. Tu tío y tus abuelos lo compraron para ti.
—Sí, pero Luciana ya nació —dictaminó mi hijo, indignado, poniendo las manos en sus caderas—. Y yo dije que lo mío es de ella. Es una falta de respeto corporativo que su inicial no esté ahí. ¡Falta la L!

Olivia se tapó la boca para no reír a carcajadas frente al regaño que me estaba dando mi hijo de cinco años. Me agaché frente a él, intentando mantener la seriedad que la situación ameritaba.
—Tienes toda la razón, comandante. Fue un fallo en la logística. Pero te prometo que mañana a primera hora vendrá el mejor escultor de piedra de Italia para arreglarlo. A partir de mañana, esta será la Villa L. E. R. M. ¿Trato hecho? Emilio lo pensó un segundo, asintió con firmeza y me estrechó la mano como todo un hombre de negocios. —Trato hecho. Ya podemos entrar.

Olivia

Los días en Italia se convirtieron en un sueño del que no quería despertar. Nos despojamos de los trajes hechos a la medida y de los vestidos de diseñador. Matteo andaba descalzo por el pasto, usando pantalones cortos y camisetas de lino, con el cabello alborotado por el viento. Yo vivía en vestidos sueltos de algodón, libre de maquillaje, amamantando a Luciana bajo la sombra de la pérgola de limones.

El caos de las primeras semanas se transformó en una rutina maravillosamente desenvuelta. Apolo ya no destruía los zapatos de Matteo; ahora su única misión en la vida era dormir debajo de la cuna de Luciana, haciendo guardia como un soldado fiel.

Y el motivo de este viaje no era solo descansar. Estábamos celebrando el primer mes de vida de nuestra princesa. Para conmemorar la fecha, Matteo, en un ataque de cursilería que jamás admitiría en público, había mandado hacer camisetas iguales para los tres. Blancas, sencillas, con un pequeño cohete azul bordado en el pecho, y un mameluco idéntico para Luciana.

—¡Todos digan queso italiano! —gritó Matteo, ajustando el temporizador de la cámara en el trípode y corriendo para tirarse en el pasto a nuestro lado. Emilio me abrazó por el cuello, Apolo ladró justo en el momento del flash, y yo sostuve a Luciana en alto, riendo a carcajadas mientras Matteo me besaba la mejilla. La foto no tenía filtros, pero era la imagen más espectacular y viralizable que tendríamos en nuestro álbum privado.

Esa misma tarde, mientras merendábamos gelato en la terraza, Emilio nos sorprendió con sus planes a futuro.
—Mamá, ya decidí qué voy a ser cuando sea grande —anunció mi hijo, con la barbilla manchada de chocolate.
—¿Ah, sí? —pregunté, limpiándole la carita con una servilleta—. A ver, cuéntanos.
—Voy a ser astronauta. Pero también voy a ser empresario, como papá —explicó, moviendo las manos con entusiasmo—. Voy a viajar a la luna en mi cohete, voy a recoger piedras lunares que brillan, y luego voy a volver a la Tierra para hacer una junta directiva y venderlas muy caras en Wall Street. Seré el primer CEO del espacio.




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