Olivia
Las tres semanas en la Costa Amalfitana habían pasado con la velocidad de un suspiro.
Era viernes por la mañana. Estábamos en el jardín trasero de la villa, con la brisa del Mediterráneo acariciándonos el rostro. Emilio estaba arrodillado sobre el pasto, moviendo con extrema concentración una pequeña manta blanca y acomodando unos bloques de madera que formaban el número "2". Estaba preparando la escenografía para la foto de los dos meses de Luciana.
—Un poquito más a la izquierda, papá —le ordenó el niño a Matteo, quien sostenía a la bebé con cuidado mientras esperaba instrucciones—. La luz del sol tiene que darle en la cara, pero no en los ojitos.
Matteo rodó los ojos, pero obedeció al instante, moviéndose dos centímetros a la izquierda.
—Eres un tirano de la fotografía, comandante. ¿Ya puedo acostar a tu hermana? Pesa.
—Luciana no pesa, papá, tú eres el que no ha ido al gimnasio —replicó Emilio con inocencia letal, sacándome una carcajada desde mi silla de mimbre.
Cuando la foto por fin quedó perfecta (después de catorce intentos porque Apolo se atravesaba), Emilio se sentó en el pasto a mi lado. Su carita, usualmente iluminada por el sol de Italia, se apagó un poco. Abrazó sus rodillas y suspiró.
—Mami... ¿ya nos tenemos que ir el lunes? —preguntó en voz bajita—. Yo me quiero quedar aquí con ustedes, el mar y la L en el letrero... pero tengo que estudiar. Y ustedes tienen que ir al edificio alto a trabajar.
Sentí una punzada en el corazón. Miré a mi alrededor: el mar turquesa, la paz absoluta, mi esposo relajado y mi bebé durmiendo plácidamente. Pensar en volver al tráfico de Nueva York y a las juntas directivas me dio escalofríos. Levanté la vista y crucé mi mirada con la de Matteo.
Hice un ligero puchero. Junté las cejas y lo miré con esos ojos de súplica que él aseguraba odiar porque lo dejaban sin defensas.
—Matteo... —murmuré, alargando la "o"—. Emilio tiene razón. Allá hace ruido. Aquí hay paz. Además, soy la CFO. Y tú eres el dueño. ¿No crees que la virtualidad es una excelente herramienta corporativa en el siglo XXI?
Matteo me miró, luego miró a su hijo que lo observaba con ojos de cachorro abandonado, y finalmente soltó un largo suspiro, pasándose una mano por el cabello desordenado. Estaba completamente perdido y él lo sabía.
—Son un par de chantajistas emocionales —gruñó, aunque una sonrisa asomaba en sus labios—. Bien. Tres semanas más. Trabajaré desde el despacho de la villa y el comandante se conectará a sus clases por Zoom. Pero si las acciones bajan un solo punto, los hago volver nadando.
—¡SÍ! —gritó Emilio, saltando para chocar los cinco con su padre.
La celebración fue interrumpida por un estruendo proveniente de la entrada principal de la villa. Se escucharon bocinazos insistentes y, de repente, la voz inconfundible de mi hermano resonó por los jardines. —¡Abran paso! ¡Llegó la caballería!
Matteo frunció el ceño, entregándome a Luciana.
—Dime por favor que no le diste las coordenadas de nuestra paz a tu hermano.
—Yo no fui —me defendí, riendo.
Por el camino de piedra aparecieron Alejandro, cargado con tres maletas, seguido por mis padres y los padres de Matteo. ¡Habían volado desde Nueva York de sorpresa!
—¡Sorpresa! —gritó mi madre, corriendo directamente hacia mí, o más bien, hacia su nieta, ignorándome por completo para arrebatarme a Luciana de los brazos—. ¡Ay, Dios mío, miren cuánto ha crecido mi princesa en tres semanas!
El caos se desató. Las abuelas se peleaban por cargar a la bebé, mi padre y mi suegro inspeccionaban el jardín, y Alejandro caminaba hacia Matteo con una sonrisa burlona.
—Vi que ya le tallaron la famosa "L" al letrero de la entrada —dijo mi hermano—. Quedó muy bonito el "L. E. R. M.". Aunque si siguen teniendo hijos, vamos a tener que comprar una barda más grande para poner el abecedario completo. Matteo le dio un empujón amistoso.
—Callate y ve a dejar tus maletas. Solo se pueden quedar el fin de semana, no son vacaciones permanentes.
La tarde se volvió una fiesta familiar. Mientras los abuelos estaban en la terraza embelesados con Luciana, Emilio y Apolo corrían por el pasto trasero jugando a atrapar un disco volador. Yo estaba tomando un vaso de agua cuando escuché el grito.
No fue un grito de terror, pero sí un llanto agudo de dolor infantil.
—¡Ay! ¡Mami!
Me levanté de un salto, pero Matteo fue más rápido. Dejó caer su taza de café al suelo, que se hizo añicos, y corrió por el pasto a una velocidad alarmante. Llegué justo detrás de él. Emilio se había tropezado con una raíz expuesta y había caído de rodillas sobre unas piedras decorativas. Tenía un raspón en la rodilla derecha del que brotaba un hilito de sangre, y las manos sucias de tierra.
Matteo estaba blanco como el papel. El instinto sobreprotector y paranoico del CEO se disparó a niveles nucleares.
—¡Dios santo, está sangrando! —gritó Matteo, arrodillándose junto a él, sin saber dónde tocarlo por miedo a lastimarlo más—. ¡Alejandro, enciende la camioneta! ¡Hay que llevarlo al hospital! ¡Arturo, llama a un médico a domicilio! ¿Dónde está el botiquín de trauma?
Emilio, asustado por los gritos de su padre, empezó a llorar más fuerte.
—No quiero ir al hospital... ¡Solo quiero a mi mamá! —sollozó el niño, extendiendo sus bracitos hacia mí.
—Matteo, cálmate por favor, lo estás asustando más —le ordené con firmeza, apartándolo suavemente con la cadera para poder arrodillarme frente a mi hijo—. Es solo un raspón de jardín. No necesitamos un helicóptero médico.
Tomé a Emilio en brazos. Era pesado, pero la adrenalina de mamá me dio la fuerza para cargarlo hasta el baño del primer piso. Lo senté en el borde del lavamanos. Matteo estaba detrás de mí, caminando de un lado a otro, mordiéndose el nudillo, genuinamente angustiado.
—Shh, mi amor, ya pasó. Los comandantes también se caen —le susurré a Emilio, abriendo el grifo del agua tibia y tomando un algodón con jabón suave—. Voy a limpiarte, ¿de acuerdo? Te va a arder un poquitito, pero soplaré para que no duela. Emilio asintió, con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. Mientras limpiaba la herida con extremo cuidado y le ponía una curita con dibujos de cohetes, noté que su llanto no era solo por el dolor físico. Su labio inferior temblaba de una forma distinta. Se le veía apagado, melancólico.