Prohibida por Lealtad

Capítulo 39 | Carcajadas de madrugada y la conquista de Wall Street

Matteo

Eran las tres y cuarto de la madrugada en Nueva York. Mi cerebro de CEO, entrenado para detectar el más mínimo cambio en el ambiente, me despertó de golpe. El monitor de bebé, que descansaba en mi mesa de noche, estaba encendido, pero extrañamente silencioso. No había llanto, lo cual era un milagro considerando que Luciana, a sus siete meses de vida, tenía los pulmones de un cantante de ópera cuando tenía hambre.

Me senté en el borde de la cama, frotándome los ojos. Olivia dormía profundamente a mi lado, agotada después de haber cerrado una fusión triple para Mateus Holdings esa misma tarde.

Me levanté en silencio y caminé descalzo por el pasillo hacia la habitación de los niños. La puerta estaba entreabierta. Me asomé y sentí que el corazón se me detenía por una fracción de segundo. La cuna de Luciana estaba vacía. Y la cama espacial de Emilio también.

El pánico primitivo apenas tuvo tiempo de registrarse en mi pecho cuando escuché un ruido metálico proveniente del primer piso. Bajé las escaleras de mármol de dos en dos, sin hacer ruido, preparado para enfrentar a cualquier intruso que se hubiera atrevido a burlar mi seguridad de grado militar. Pero al llegar a la cocina, la escena que encontré me dejó completamente paralizado.

La luz tenue de la campana extractora estaba encendida. Emilio, con su pijama de astronauta un poco arrugado, había arrastrado su taburete de madera hasta la encimera. Estaba de pie sobre él, concentradísimo. En un brazo, sostenía a su hermanita de siete meses con una firmeza y un cuidado absolutos, apoyando la cabecita de Luciana contra su pecho. Con la otra mano libre, Emilio estaba agitando vigorosamente el biberón de leche tibia que solíamos dejar preparado en el calentador inteligente.

—Tranquila, señorita Luciana —le susurraba Emilio, con una seriedad corporativa que era una réplica exacta de la mía—. El servicio de habitaciones está en proceso. Papá y mamá están durmiendo porque trabajan mucho, así que el comandante mayor se encarga de la logística nocturna.

Al agitar el biberón, a Emilio se le resbaló la tapa protectora de plástico, que cayó al suelo rebotando con un sonido cómico, directo a la nariz de Apolo, que dormía a sus pies. El perro dio un respingo y soltó un estornudo chistoso.

Luciana, que tenía los ojos oscuros muy abiertos observando a su hermano, parpadeó. Y de repente, rompió el silencio de la madrugada. No fue un llanto. No fue un balbuceo tierno. Fue una carcajada. Una risa sonora, profunda, burbujeante y llena de pura felicidad infantil. Era la primera maldita carcajada real de su vida.

Emilio abrió mucho los ojos, sorprendido, y luego una sonrisa inmensa le iluminó el rostro.
—¡Te estás riendo! —susurró el niño, emocionado, olvidándose del biberón por un segundo e inflándole los mofletes a su hermanita con la mano libre—. ¡Apolo, mira, la princesa se está riendo de ti!

Luciana soltó otra carcajada aún más fuerte, agitando sus bracitos regordetes hacia el rostro de Emilio, completamente fascinada por su hermano mayor.

Me quedé pegado al marco de la puerta, sintiendo que un nudo del tamaño del océano Atlántico me cerraba la garganta. Mis dos hijos. Mi sangre y mi corazón, riendo juntos en la oscuridad de la cocina. Giré sobre mis talones a la velocidad de la luz y subí las escaleras casi corriendo. Entré a la habitación y sacudí suavemente el hombro de mi esposa.
—Olivia. Mi amor, despierta. Tienes que ver esto. Rápido —le susurré, tirando de su mano.

Ella abrió los ojos, asustada.
—¿Qué pasa? ¿Luciana está bien?
—Está más que bien. Ven. No hagas ruido.

La guié por el pasillo y bajamos las escaleras de puntillas. Nos escondimos detrás de la inmensa columna de la cocina. Olivia se asomó. Vio a Emilio, sentado ahora en la alfombra de la cocina, sosteniendo el biberón para que Luciana tomara su leche mientras la bebé, entre sorbo y sorbo, lo miraba y volvía a soltar esas pequeñas risitas burbujeantes que le iluminaban los ojos idénticos a los míos. Apolo estaba echado a su lado, apoyando el hocico protectoramente en la pierna del niño.

Olivia se tapó la boca con ambas manos. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas de inmediato. Se recargó contra mi pecho, temblando de pura emoción, y yo la abracé por la cintura, apoyando mi barbilla en su cabeza. Nos quedamos ahí, pasmados, en un silencio reverencial, siendo testigos del milagro más grande que habíamos construido. No había imperios, no había acciones. Solo el sonido de la risa de nuestra hija y la voz protectora de nuestro hijo.

Olivia

El regreso definitivo a la casa en Nueva York había marcado el inicio de nuestra mejor época. Las piezas de nuestro inmenso rompecabezas por fin habían encajado a la perfección. En el aspecto personal y familiar, éramos una máquina imparable de amor y logística. En el ámbito laboral, Rossi Capital y Mateus Holdings dominaban el mercado con puño de hierro, pero nuestras prioridades habían cambiado drásticamente.

Emilio jamás, ni por un solo milisegundo, pasó a un segundo plano. De hecho, la llegada de Luciana solo intensificó nuestra atención sobre él. Matteo y yo nos turnábamos, o íbamos juntos, para recogerlo en el colegio absolutamente todos los días.

Era un martes por la tarde. El piso catorce de Rossi Capital, el epicentro financiero de Manhattan, era un caos maravillosamente nuestro. Yo estaba sentada en la inmensa mesa de juntas de cristal, firmando unas actas de expansión. A mi derecha, Emilio estaba dibujando planos de un cohete espacial en el reverso de unos reportes de bolsa inservibles. Apolo estaba dormido profundamente debajo de la silla del presidente.

Y el presidente... bueno, el temible lobo de Wall Street estaba sentado en el suelo de la oficina, con su traje italiano hecho a la medida, dejando que una bebé de ocho meses le babeara la corbata de seda.




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