Prohibida por Lealtad

Capítulo 40 | Júpiter, el vestido rojo y el arma secreta

Olivia

El tiempo no había pasado; había volado. Dos años y medio después del caótico y perfecto nacimiento de Luciana, nuestra vida en el penthouse de Nueva York era una sinfonía perfectamente afinada de amor, negocios y locura familiar.

Era viernes por la tarde. Yo estaba de pie en el umbral de la inmensa sala de estar, apoyada en el marco de la puerta, observando la escena más espectacular y cursi que el universo me podía regalar.

En el centro de la sala, Emilio, que acababa de cumplir siete años y ya estaba perdiendo los dientes frontales, había montado una exposición digna de la NASA. Había alineado planetas de espuma de colores sobre la mesa de centro. Llevaba puesta una pequeña bata blanca de laboratorio que le quedaba grande y sostenía un puntero láser.

Su audiencia era, sin duda, la más exigente de Manhattan. Sentada en la alfombra, con las piernitas cruzadas, estaba Luciana. Mi pequeña princesa de casi tres años, con sus rizos oscuros e indomables recogidos en dos coletas desordenadas, vestía un tutú lavanda. A su lado, con la cabeza apoyada en las rodillas de la niña, estaba Apolo, el Border Collie que había pasado de ser un destructor de zapatos a un tapete guardián de tiempo completo.

—Y este, Luciana, es Júpiter —explicaba Emilio con una seriedad académica absoluta, apuntando con el láser a la bola de espuma más grande—. Es el planeta más gigante de todos. Papá dice que es casi tan grande como el ego de tu tío Alejandro cuando sale en las revistas, pero Júpiter está hecho de gas.

Tuve que morderme el puño para no soltar una carcajada que arruinara la presentación. Luciana abrió sus enormes ojos oscuros, idénticos a los de su padre, y aplaudió con sus manitas regordetas.
—¡Píte! —repitió la niña a su manera, señalando la bola—. ¡Mío!
—No, Luci, Júpiter no es tuyo. Todavía no tenemos los derechos de propiedad en el espacio —le aclaró Emilio, ajustándose unas gafas de plástico sin aumento que usaba "para verse más intelectual"—. Por ahora, nos conformamos con la Tierra. Pero pon atención, que esto entra en el examen.

El corazón se me expandió en el pecho hasta casi doler. Ver la paciencia infinita de Emilio, su instinto protector y la adoración absoluta con la que Luciana miraba a su hermano mayor, era el premio más grande de mi vida. No había dinero en el mundo que comprara esto.

Un par de brazos fuertes y cálidos rodearon mi cintura desde atrás. El aroma a sándalo y al perfume caro de Matteo me envolvió de inmediato. Apoyó su barbilla en mi hombro, pegando su pecho a mi espalda, y ambos nos quedamos en silencio mirando el espectáculo astronómico de nuestros hijos.

—Ese niño va a conquistar la galaxia entera, y nosotros le vamos a financiar los cohetes —murmuró Matteo en mi oído, con una voz ronca cargada de un orgullo tan fiero que me puso la piel de gallina. Me giré entre sus brazos y le sonreí, acariciando la línea de su mandíbula.
—Y Luciana le va a cobrar los impuestos por aterrizar. Son el equipo perfecto.

Matteo sonrió, esa sonrisa devastadora que ahora era exclusivamente mía, y se inclinó para darme un beso profundo, lento y lleno de una pasión que los años no habían hecho más que multiplicar. Pero la magia se interrumpió abruptamente.

Matteo se separó unos centímetros. Su mirada bajó desde mis ojos hasta el vestido que llevaba puesto. Era viernes de gala. Teníamos la cena anual benéfica de Wall Street. Yo había elegido un vestido rojo carmesí, de seda, con un escote asimétrico y una abertura en la pierna que me hacía sentir como una diosa absoluta.

La sonrisa de Matteo desapareció. El ejecutivo relajado y padre orgulloso se esfumó, y el lobo posesivo, territorial y celoso tomó el control total de sus facciones. Su mandíbula se tensó y sus ojos oscuros se entrecerraron.

—No —dictaminó, con voz grave y cortante. Parpadeé, haciéndome la inocente.
—¿No qué, mi amor?
—No vas a salir de esta casa con ese vestido, Olivia Rossi. Solté una carcajada, dándole un golpecito en el pecho firme.
—Matteo, es un diseño exclusivo de Milán. Y me veo espectacular. Llevo dos horas arreglándome.
—Te ves como un maldito infarto —gruñó él, sus manos apretando mi cintura con una fuerza deliciosa, atrayéndome de nuevo hacia su cuerpo para que sintiera lo mucho que el vestido le afectaba—. Y no voy a permitir que trescientos idiotas en traje de pingüino te coman con los ojos mientras bebemos champán. Voy a tener que sacarle los ojos a medio Wall Street esta noche. Ve a cambiarte. Ponte un abrigo. O un traje de buzo. Algo que te cubra hasta el cuello.

Me eché a reír, rodeando su cuello con mis brazos. Adoraba cuando se ponía así. Después de todos estos años, de los hijos, de la rutina... su obsesión por mí seguía ardiendo como el primer día.
—Eres un neandertal celoso, Rossi —le susurré contra los labios, rozando mi nariz con la suya—. Nadie va a mirarme. Y si me miran, van a ver el anillo de platino en mi mano, van a ver que llevo tu apellido, y van a saber que la única persona por la que me arreglo así eres tú. Soy tuya, lobo. De nadie más.

Matteo soltó un gruñido ronco, derrotado por mi lógica y completamente rendido a mis encantos. Me besó con una urgencia que me hizo temblar las rodillas.
—Te odio cuando usas tus tácticas de negociación conmigo —murmuró contra mi boca—. Diez minutos en esa gala. Saludamos, firmamos el cheque de donación y te traigo de vuelta para quitarte este vestido yo mismo. ¿Entendido?
—Trato hecho, señor Rossi.

Íbamos a seguir besándonos cuando una vocecita nos interrumpió desde la sala.
—Papá, mamá, por favor. Estamos en una conferencia científica. No se besen frente al sistema solar.

Matteo y yo nos separamos riendo. Entramos a la sala de la mano. Luciana, al ver a su padre, se olvidó de Júpiter de inmediato. Se puso de pie tambaleándose un poco en su tutú lavanda y corrió con los brazos abiertos.
—¡Papi! —chilló la niña.




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