Prohibida por Lealtad

Epílogo | El centro espacial, la red de voleibol y la práctica

Matteo

Hubo una época, hace lo que parece otra vida, en la que mi rutina ideal consistía en levantarme a las cinco de la mañana, revisar la bolsa de valores de Tokio en completo silencio, beber un café negro y salir hacia Rossi Capital preparado para destrozar a mis competidores. El silencio era mi armadura; el control, mi religión.

A punto de cumplir cuarenta años, mi rutina ha cambiado drásticamente. Y si soy completamente honesto, jamás en mi vida había sido tan adicto a algo como lo soy a este bendito caos.

Es sábado por la mañana. Estoy de pie en el umbral de la inmensa cocina de nuestra casa a las afueras de Nueva York, sosteniendo mi taza de café, simplemente observando el imperio que construimos.

En la mesa del desayuno, Emilio, que ya tiene ocho años, está desplegando un plano gigante que ocupa casi todo el mármol. Mi hijo mayor ya no es el niño pequeño y asustado que se escondía detrás de una pizarra. Es un genio en toda regla. Su obsesión por el espacio no fue una fase pasajera; se convirtió en su vocación.

—Papá, el paquete que llegó ayer de Houston tenía el fragmento de meteorito certificado —me informa Emilio, sin levantar la vista de sus cálculos, ajustándose unas gafas de descanso que lo hacen ver como un científico de la NASA—. Lo coloqué en la vitrina de contención junto al traje espacial a escala. Mi centro de mando en la habitación ya tiene mejor equipamiento que el observatorio de la ciudad.

Sonrío, dándole un sorbo a mi café.
—Para eso es el presupuesto de investigación y desarrollo de la familia, comandante. Si necesitas piezas para el motor de propulsión de tu maqueta, le diremos a tu tío Alejandro que las importe de Alemania.
—El tío Ale dijo que me iba a regalar un dron satelital por mi cumpleaños, pero se lo voy a cobrar con intereses si se retrasa.

Suelto una carcajada baja. A sus ocho años, Emilio tiene la mente analítica y despiadada de los Rossi para los negocios, pero heredó la empatía, la nobleza y la luz absoluta de Olivia. Mírarlo me sigue provocando un nudo en la garganta. Si ella no hubiera irrumpido en mi oficina con aquel contrato hace años, si no se hubiera plantado frente a mí para salvar a este niño, yo habría perdido mi alma entera. Ella nos salvó a los dos.

Un golpe seco contra el cristal del ventanal me saca de mis pensamientos.
¡Pum!

Miro hacia el jardín. Ahí está el segundo huracán de la familia. Luciana. A punto de cumplir cuatro años, mi princesa no heredó la tranquilidad de su hermano mayor. Luciana es pura pólvora, energía inagotable y competitividad extrema. Su última obsesión no son las muñecas ni los juegos de té; es el deporte. Específicamente, el voleibol.

Lleva puestos unos pantaloncillos deportivos, una camiseta diminuta y tiene el cabello oscuro recogido en una coleta alta que se mueve de un lado a otro mientras corretea por el pasto. Apolo, el Border Collie que ya está un poco más viejo pero igual de leal, corre detrás de ella.

Luciana toma un balón suave de voleibol y lo lanza al aire con sus manitas regordetas, intentando golpearlo por encima de una red a su medida que mandé a instalar en el jardín trasero la semana pasada. Falla el golpe, el balón rebota y ella suelta un gruñido de frustración que es una copia exacta del mío cuando una acción cae en la bolsa.

—¡Con más fuerza, Luci! ¡Usa las rodillas! —le grita Alejandro, que está sentado en el pasto, haciendo de entrenador personal de su sobrina favorita desde las ocho de la mañana. Luciana recoge el balón, frunce su pequeño ceño con una ferocidad adorable y lo vuelve a intentar, esta vez logrando pasarlo por encima de la red.
—¡PUNTO PARA ROSSI! —grita la niña, saltando y levantando los brazos hacia el cielo, celebrando su propia victoria.

El pecho se me infla de un orgullo ridículo. Mis hijos son demasiado inteligentes, demasiado fuertes, demasiado nuestros. Tienen el ADN del éxito corriendo por las venas.

—Estás babeando, señor Rossi.

La voz suave y seductora a mis espaldas me eriza la piel al instante. Me giro lentamente.

Olivia está bajando los últimos escalones. A punto de cumplir los treinta años, mi esposa es, sin la más mínima duda, la mujer más espectacular que ha pisado este planeta. El tiempo no ha hecho más que acentuar su belleza. Lleva unos pantalones de yoga negros ajustados y un suéter ligero de cachemira que cae sobre un hombro, revelando su piel dorada. El cabello largo y oscuro le cae en ondas naturales. Está radiante. Es la ejecutiva más brillante de Nueva York, una escritora consagrada y la reina indiscutible de este hogar. Y sigue volviéndome loco exactamente igual que el primer día.

—No estoy babeando. Estoy admirando mi legado —respondo, dejando la taza de café en la encimera para interceptarla al final de la escalera. La tomo por la cintura, pegando su cuerpo al mío, y le robo un beso profundo, posesivo y hambriento, ignorando por completo que Emilio está a tres metros de distancia calculando órbitas marcianas.

—Papá, mamá, por favor —murmura Emilio sin levantar la vista del plano—. Nivel de romanticismo inapropiado para el horario matutino.
—Cierra los ojos, comandante, tu padre me está saludando —le responde Olivia entre risas, separándose apenas de mis labios para acariciarme la nuca. Me escanea de arriba abajo con esos ojos oscuros e inteligentes—. Y tú, casi cuarentón... te ves peligrosamente bien esta mañana. ¿Fuiste al gimnasio antes de que saliera el sol?

Le sonrío con arrogancia, sabiendo que, a punto de entrar a los cuarenta, estoy en la mejor forma física de mi vida.
—Tengo que mantenerme en forma para seguir el ritmo de una mujer de treinta años que gobierna Wall Street. Y para espantar a los idiotas que todavía intentan enviarte flores a la oficina. Olivia suelta una carcajada, apoyando su frente contra mi pecho.
—Sigues siendo un celoso incorregible, Matteo. Han pasado años.
—Y pasarán cien más, y seguiré siendo exactamente igual de territorial contigo —le advierto, depositando un beso en su cabello.




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