Olivia
La felicidad tiene una textura. Para mí, se sentía como el silencio perfecto de mi biblioteca un martes por la mañana, mezclado con el aroma a café recién hecho que Matteo acababa de dejar sobre mi escritorio.
Llevaba un buen rato observándolo. Mi esposo, a sus casi cuarenta años, estaba apoyado en el marco del inmenso ventanal, revisando unos correos en su teléfono. Llevaba una camisa blanca remangada hasta los antebrazos y el ceño ligeramente fruncido en esa expresión de concentración que siempre me dejaba sin aliento. Suspiré, cerrando la laptop. La vida era escandalosamente perfecta. Rossi Capital y Mateus Holdings operaban como una máquina imparable. Emilio estaba sacando las mejores notas de su generación, y Luciana era un torbellino de energía que nos tenía a todos a sus pies.
—Matteo... —lo llamé, apoyando la barbilla en mis manos. Él bloqueó el teléfono al instante y me miró, dándome toda su atención.
—Dime, leona.
—Estuve pensando en lo que dijiste la semana pasada. Sobre la logística de la casa y el espacio sobrante... —bostecé fingiendo desinterés, aunque una sonrisa traviesa tiraba de mis labios—. Creo que tu propuesta de expansión familiar no es del todo descabellada. Deberíamos... practicar un poco esta noche. Como en los viejos tiempos. Ya sabes, para no perder la técnica.
Los ojos oscuros de Matteo se encendieron como si les hubieran inyectado fuego. Guardó el teléfono en el bolsillo y caminó hacia mi escritorio con la agilidad de un depredador.
—Señora Rossi, le aseguro que mi técnica está intacta —gruñó, apoyando ambas manos sobre el escritorio e inclinándose hasta rozar mi boca—. Pero si requiere una demostración intensiva, estoy dispuesto a cancelar todas mis reuniones de la tarde...
El tono estridente del teléfono de la casa interrumpió el beso antes de que siquiera comenzara. Matteo soltó un suspiro de pura frustración, apoyando la frente contra la mía.
—No contestes. Que dejen un mensaje.
—Es la línea directa, Matteo. Puede ser el colegio —murmuré, tomando el auricular.
Efectivamente, era el colegio. Pero no era la enfermería por un raspón. Era la directora de la exclusiva Academia Manhattan. Y las palabras que salieron de su boca me congelaron la sangre.
—Señora Rossi. Necesitamos que usted y su esposo se presenten en la dirección inmediatamente. Su hijo Emilio está involucrado en un altercado físico. Golpeó a un alumno de cuarto grado en el patio.
¿Emilio? ¿Mi Emilio? El niño que pasaba las tardes calculando órbitas y explicándole el sistema solar a su hermana, ¿peleando a golpes? Era imposible.
Veinte minutos después, la camioneta negra derrapó frente a las puertas del prestigioso colegio. Matteo y yo bajamos casi corriendo. Cruzamos los pasillos de mármol con esa energía arrolladora y letal que nos caracterizaba cuando algo amenazaba nuestro imperio.
Abrimos las puertas de la dirección sin tocar. La escena me partió el corazón. Emilio estaba sentado en una silla de cuero, mirando fijamente sus zapatos. Tenía los nudillos de la mano derecha rojos y un rasguño en la mejilla. Pero lo que más me impactó fue que Luciana, que estaba en el grado de preescolar en el mismo edificio, estaba sentada a su lado, aferrada al brazo de su hermano mayor como un koala, fulminando con la mirada a todos los presentes.
Al otro lado de la sala estaba un niño bastante más grande, lloriqueando con una bolsa de hielo en el pómulo, acompañado de sus padres, que nos miraron con indignación.
—Señor y señora Rossi —comenzó la directora, nerviosa ante nuestra imponente presencia—. Emilio agredió al joven Bradley sin provocación aparente. Es una falta gravísima en nuestra institución.
Matteo no miró a la directora. Caminó directamente hacia nuestro hijo y se arrodilló frente a él.
—Emilio. Mírame —le ordenó, con voz firme pero calmada—. ¿Qué pasó?
Emilio levantó la vista. Sus ojitos oscuros estaban llenos de lágrimas contenidas.
—Estábamos en el recreo compartido, papá —explicó el niño, con la voz temblorosa pero sin soltar la manita de su hermana—. Bradley se acercó a Luciana. Le tiró sus bloques de construcción y la empujó al piso porque dijo que los niños pequeños no debían jugar en su área. Yo le dije que le pidiera perdón. Se burló de ella y la volvió a empujar. Así que lo golpeé. Nadie empuja a mi hermanita.
El silencio en la dirección fue absoluto. Los padres del otro niño se pusieron rojos.
—¡Es inaceptable que críen salvajes! —chilló la madre de Bradley—. ¡Exigimos una disculpa pública y una suspensión inmediata!
Matteo se puso de pie lentamente. Su estatura, su traje impecable y el aura de peligro que lo rodeaba hicieron que la mujer retrocediera un paso instintivamente.
—¿Una disculpa? —repitió mi esposo, con una frialdad que congelaba—. Mi hijo acaba de demostrar que tiene más honor y valentía que su hijo abusivo. Si alguien toca a un miembro de mi familia, lo aplasto. Emilio hizo exactamente lo que un hombre de verdad hace: proteger a los suyos.
Emilio, sin embargo, no miraba a su padre. Me miraba a mí. Su respiración era agitada. El miedo brillaba en sus ojos de ocho años.
El terror más primitivo y antiguo asomó a su rostro: el miedo a ser rechazado. Al no ser mi hijo de sangre, su mayor temor siempre había sido decepcionarme, cometer un error tan grande que me hiciera dejar de quererlo.
¿Me vas a dejar de querer porque fui malo? gritaban sus ojos.
Sentí que me transformaba. La Olivia corporativa desapareció, dejando paso a la leona pura y absoluta. Crucé la sala y caí de rodillas frente a él. Lo agarré por los hombros y lo atraje hacia mí, abrazándolo con una fuerza feroz, besando su mejilla rasguñada.
—Escúchame muy bien, mi amor —le dije en voz alta, asegurándome de que cada persona en esa habitación me escuchara—. Nunca, en toda mi vida, he estado tan inmensamente orgullosa de ti como lo estoy en este momento. Eres un protector. Eres valiente. Eres el mejor hermano e hijo que el universo pudo darme. ¿Me entiendes? No hay nada, absolutamente nada que puedas hacer que me haga dejar de amarte.