Estoy mejor sola, dijo la niña más amorosa que le gustaba acordarse de los demas.
Athalia Duvessa
—¿Qué traes ahí?
—No traigo nada abuela — respondo a la señora frente a mi
—Dime lo que escondes
—No escondo nada —alejo mi bolso.
—Déjame ver
cuando llegué me estaba esperando, intenté ocultar la invitación en mi bolso, pero la vio antes de que pudiera esconderla
Se me viene encima jalándome el bolso. Lo jalo y me voy corriendo a las escaleras, corro por el pasillo y entro a mi habitación, intenté cerrar la puerta de mi habitación pero ella es más rápida y me empuja mandándome a la cama mientras vacía mi bolso.
—¡Ajá!—levanta la tarjeta en el aire como si fuera un tesoro muy valioso
—Deja eso.
Me empuja cuando intentó quitárselo, abre el sobre, me echo en mi cama cubriendo mi rostro con una almohada.
—No pienso ir—le digo
—¿Cómo que no?—me voltea a ver— es una fiesta, al fin tienes amigos, tienes que ir, no puedes hacerles el desaire a los Smirnov.
—Como si me importara—le digo.
—Le diré a tu abuelo, se pondrá feliz cuando se entere que eres amiga de los Smirnov.
—No voy a ir abuela, además, no tengo nada que ponerme, es de disfraces, con temática de Tim Burton.
—Eso no es problema.
Sale de mi recamara dejándome desconcertada, mi abuela es una persona muy especial, jamás se da por vencida y es muy insistente.
A los pocos minutos regresa a mi habitación, trae consigo una bolsa con ziper la cual deja en los pies de la cama.
—¿Qué es esto?
—El vestido que usarás el sábado
—¿Qué?
—Llamaré para confirmar tu asistencia.
—Abuela espera —trato de alcanzarla, pero cuando llegó a la sala ya estaba marcando.
Suspiro derrotada, me regreso a mi habitación y abro la bolsa del vestido, apenas logro ver algo cuando el móvil me vibra.
Frunzo el seño, es un correo del director
Agregada a la lista
Es lo único que dice, me quedo viendo el teléfono como estúpida, a lo mejor y leí mal por lo que releo el remitente del correo Bastian Smirnov.
Pero, él ni siquiera iba a ir a la fiesta, ¿Ahora les está ayudando?
—Bien, ya confirme tu asistencia —me dice—Veamos como te queda el vestido.
—¿De dónde lo sacaste?
—Lo encontre en el mercado, pensé que me quedaría, pero es muy juvenil para mí.
Ruedo los ojos echándome en mi cama de nuevo, está señora se ve mejor que yo y es que ya es una abuela.
—Es precioso— levanta la prenda para que la vea—El encaje te favorecerá mucho, pruébatelo
A regañadientes me levanto de la cama para medirme el dichoso vestido.
—Salte
—Por dios Athalia — me dice antes de salir
Me desvisto, tomo el vestido de encaje negro, me lo pongo con cuidado de no romperlo, mi abuela entra sin tocar.
—Me gusta.
Me ayuda a subir el zipper, me voy a ver en el espejo y... Lo descarto de inmediato.
—Este no— le digo
—¿Por qué? Si se ve hermoso
— Enseña demasiado.
—Dios Athalia, si yo tuviera tu cuerpo lo luciría sin miedo.
Es un vestido de tirantes, con vuelos de tela negra con rojo y encajes negros, el pecho es como dos telas negras con bordador, muestra mi cuello, mi clavícula y la curva de mis pechos, y la parte de abajo muestra hasta la mitad de mis muslos.
—Muestra mucha piel, y se ven las cicatrices.
—Deja de tener inseguridad, te ves hermosa, mira—me entrega una caja— pruebatelas.
Abro la cajita encontrando un par de botas negras altas. Sonrió. Me las pongo y para mí suerte, me llegan a la rodilla, me veo al espejo, mi abuela me pasa un antifaz.
—Me gusta —le digo.
Soy sincera, sé a la perfección los atributos que tengo, soy consciente del tamaño de mis pechos, de mi cintura pequeña, y de mis muslos esbeltos. Muchas matarían por un cuerpo como el mío.
Lo que no saben es que este cuerpo me da asco, si pudiera dárselos, lo haría sin pensarlo, porque este cuerpo tan perfecto llama la atención y no todas las personas tienen buenas intenciones.
Por eso lo odio, porque es tentación para muchos, y es el motivo por el que la mayoría se acerca a mi, y es por eso que no me gusta lucirlo, lo aborrezco, es mi cuerpo, pero no lo quiero.
—Podemos recogerte el pelo.
—No.
—Vale, no te enojes —me tomó de los hombros — estás hermosa mi amor, deberías confiar más en ti.
—Bien, suéltame, me voy a cambiar.
—Bajas a cenar, tu papá regresó hace un momento.
Asiento, dejó que se valla antes de quitarme el vestido y las botas, me gusta como me veo con esa cosa puesta.
— Ojalá dejara de sentir este miedo.
***
Me pasé la mañana practicando tiro a larga distancia, ahora sé manejar el arco y la flecha a la perfección. El director no se ha aparecido por el campo, de seguro está jodiendo a los de las demás secciones.
Las piernas me tiemblan, hice sentadilla, todas con peso muerto, me duelen los muslos y siento como se me tensan los músculos. No fue tan buena idea poner tanto peso en mi cuerpo alérgico al ejercicio.
Tengo que practicar resistencia, estoy en medio del campo bajo el radiante sol, mis compañeros se alinean a mis costados, todos separados para que ninguno choque con el otro. Nos entregan cuerdas de saltar, siento mis entrañas retorcerse al ver la cuerda.
— Cinco minutos seguidos.
Trago grueso viendo la cuerda en mis manos, si hay que usar un arma yo lo hago, si tengo que quitarle la vida a alguien lo hago, si hay que diseñar estrategias de ataque yo las hago, si me dan un cuchillo, un bate, un tubo de metal, incluso una piedra, yo sé que hacer y cómo defenderme con eso.
Pero ejercicio, no, no, ¡No! ¡Joder, no! Preferiría mil veces aplastarme en un sofá a leer un libro de quinientas páginas, a tener que hacer ejercicio o cualquier actividad física.