Prohibido

Prefacio

—¿Crees poder llegar sola? —pregunta Moira con voz ronca. Por cómo se escucha, es evidente que no está bromeando al decir que está muy enferma como para venir por mí.

—Eso creo —digo, no muy convencida de mis propias palabras. Es la primera vez que viajo a Stone sola—. ¿Los taxis aquí son confiables?

Escucho un resoplido en el auricular; supongo que es un quejido por el dolor en su garganta.

—No sé cómo fui a enfermarme sabiendo que vendrías —se queja regañándose a sí misma—. Espérame ahí; tardaré un poco, pero creo que llegaré antes del anochecer.

—No te preocupes, creo que ya estoy lo bastante cerca.

—¿Estás segura? —insiste—. Puedo levantarme de la cama e ir enseguida.

—No, estaré bien. No te preocupes, puedo llegar por mi cuenta, ya llegué hasta aquí sola —justifico. Ya no soy una niña pequeña, pero después de lo que he pasado, supongo que ella desea protegerme de alguna medida.

—De acuerdo —suspira—. Volveré a llamarte en un rato. Espero que tengas señal; a veces falla.

—Está bien, te veré en un rato.

Cuelgo la llamada y doy un largo suspiro. Levanto la vista y observo el panorama a mi alrededor. Me he preparado mentalmente para esto: es un cambio radical en mi vida, lo necesito, aunque es difícil asimilarlo una vez estando aquí.

No tengo más opción que seguir adelante. Me encamino arrastrando mi maleta por las calles antiguas de la pequeña ciudad de Galway hasta encontrar una terminal de taxis que pueda llevarme a Kylemore. Por supuesto, tengo en cuenta que el viaje me costará un ojo de la cara, pero no importa si con ello puedo alejarme de todo lo malo que dejo atrás.

—D-disculpe —expreso tratando de ser firme, pero vacilo bastante al pararme frente a un hombre apoyado sobre un taxi; tiene apariencia de ser el dueño—. Necesito un servicio...

—Adentro —interrumpe señalando hacia el interior de la estación. El tipo no parece ser muy amable, pero aun así le agradezco.

En el interior descubro que debo formarme en una pequeña fila de solo tres personas delante de mí. Después de quince minutos de espera, finalmente me atienden.

—¿En qué podemos ayudarla, señorita? —pregunta un anciano alegre con una sonrisa. Lleva puesto un uniforme azul y sobre su pecho se lee su nombre en una placa dorada: Fionn.

—Necesito un traslado a Kylemore —digo algo nerviosa porque no sé cuánto tendré que pagar. No llevo mucho efectivo, pero espero que tengan terminal bancaria en caso de que no cuente con el dinero suficiente.

El hombre frunce el ceño, haciendo que sus arrugas se noten aún más; luego se coloca unos anteojos para revisar lo que parece ser una agenda sobre su escritorio.

—Usualmente, un viaje tan largo debe agendarse —explica retirándose los anteojos, que hacían lucir sus ojos más grandes—. Así que veamos si tengo a alguien disponible.

Se hace a un lado y toma un teléfono fijo, de esos que aún tienen un cable pegado al auricular y en los que se deben girar los números. Mientras tanto, desvío la mirada y observo a mi alrededor; el sitio es pequeño y algo rústico.

—Bien —dice el hombre al volver a prestarme atención—. ¿Quince minutos? ¡Perfecto!

Luego cuelga y vuelve la vista hacia mí.

—El viaje tendrá un costo de 30 euros —anuncia con una sonrisa confiada.

Encorvo los labios; es demasiado dinero. De hecho, es todo lo que llevo encima, pero no veo otra opción. Sé que están estafándome, pero ya no quiero seguir arrastrando mi maleta por la ciudad para encontrar un servicio de taxis más conveniente y económico.

—De acuerdo —saco mi dinero, no muy convencida, y se lo entrego.

—Por favor, tome asiento. Enseguida vendrá su transporte —me señala un par de asientos con vista a una ventana por la que se aprecia el pasar de la poca gente que transita.

Saco mi teléfono del bolsillo y, tal y como lo había mencionado Moira, la hermana de mi mamá, no hay señal telefónica. Después de quince minutos de espera, me atrevo a preguntarle al anciano sobre mi transporte; no quiero seguir esperando ahí.

—¿Tardará mucho? —le cuestiono. No obstante, un segundo después me arrepiento; no quiero que piense que tengo prisa por irme, sobre todo porque puede aumentar la tarifa del trayecto.

—No, no, no —dice ladeando la cabeza.

Un segundo después escucho el sonido de un motor y un auto amarillo con la leyenda "taxi" sobre el techo aparece estacionándose frente al local.

—Ahí está —expone el hombre como si no me hubiese dado cuenta. Le dedico una media sonrisa, algo molesta por la espera, y voy por mi equipaje, una maleta azul que compré de segunda mano. No es la mejor, pero funciona bien.

Mientras alisto mis cosas, el conductor del taxi baja de su vehículo y entra al lugar haciendo sonar la pequeña campana colocada sobre la esquina de la puerta.

—¡Hey, Fionn! —expresa emocionado, aunque prácticamente gritó—. ¿Y mi cliente?

El anciano me señala, pero instintivamente doy un paso hacia atrás. No esperaba que el conductor fuese tan joven; de hecho, demasiado joven, incluso más que yo.

—¿Qué tal? —se acerca a mí y toma mi maleta del suelo.

«¡Por el amor de Dios, no la vayas a tirar!», grito para mis adentros.

Estoy tentada a regañarlo al ver cómo toma mis cosas como si fuesen una caja de cartón sin la leyenda de "frágil". Sé que en su interior no hay nada de valor que pueda romperse; sin embargo, no quiero que mi ropa termine desparramada a media acera por su falta de cuidado. Lo sigo hasta afuera, donde baja bruscamente mis cosas al suelo para abrir el portaequipajes.

—Oye —finalmente abro la boca—, ¿podrías tener más cuidado?

Mi voz suena más severa de lo que pensé. Los hombres que conversan a la orilla de la calle, apoyados sobre el otro taxi, se me quedan mirando. El taxista que se supone que me llevará gira hacia mí, alza una ceja y sonríe.

—¿Llevas algo de valor que pueda romperse? —Niego con la cabeza, avergonzada—. ¿Entonces por qué te quejas?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.