Capítulo 3
Randall Jones:
Pienso demasiado sobre el día de mañana mientras busco en mis cajones los calcetines negros. Suelo ser ordenado en cuanto a mis cosas, así que me extraña no encontrarlos aquí.
—¿Seguro que los empacaste?
—Por supuesto, princesa —respondo, con un ligero resoplido—. Son los que siempre uso en casa.
—Lo sé.
Me giro a mirarla. Está cruzada de brazos, recostada al marco de la puerta de mi habitación.
—No obstante —añade—, pudiste haberlos olvidado.
Resoplo, inconforme ante esa posibilidad. A ver, no es que no tenga más calcetines que ponerme ni tampoco es que los que busco tengan un valor sentimental. Solo que, dentro de todos los que tengo, esos son los que más me abrigan los pies.
—¿En serio los dejé? —pienso en voz baja, mirando a ningún lugar en específico mientras trato de hacer memoria.
—Príncipe —me llama y la miro de inmediato; una dulce sonrisa burlona adorna sus pequeños labios rojizos—, no hay tanto frío para ponerte esos calcetines.
—¿Te has asomado a la terraza o a la ventana?
—Es otoño todavía.
—A nada de empezar el invierno. —repliqué, señalando el calendario colgando en la pared sobre mi cama.
Se ríe.
—Lo que pasa es que eres como una lagartija.
Alzo una ceja.
—¿Perdona?
—Te escondes al mínimo cambio de temperatura.
Una sonrisa, que aparenta una inocencia descomunal, disfraza la burla. Puedo notarlo. No ahora, sino desde siempre. Ahí donde la ven, Tina Jonshon no es solo una dulce y preciosa chica sacada de un perfecto cuento de hadas y la bondad hecha persona, es también inteligente, observadora, astuta y en ocasiones un poco calculadora no en el mal sentido incluso eso ha conllevado a ser los mejores del instituto —probablemente de la universidad ahora—, un equipo implacable, y todos los trabajos y notas son más que excelentes.
Yo me considero un chico con conocimientos normales —aunque ella no me vea así—, pero Tina.... esa pelirroja bonita está muy por encima de toda la población humana, pese a que lo niegue constantemente.
—Ah. Pensé que ibas a insultar mi gloriosa delgadez. —Bromeo, señalándome a mí mismo.
Chasquea la lengua con inconformidad antes de señalarme tanto con sus bonitos ojos hazel como con sus manos, apartándose del marco de la puerta.
—No eres delgado —murmura—. Estás muy bien así como eres.
Ciertamente no soy delgado al nivel extremo, más bien estoy acercándome al promedio, pero sin llegar. Será muy cliché, incluso un chiste, pero encajo perfectamente como uno de esos tíos aesthetic de Pinterest que a Tina le gusta mirar. De esos que hacen un gesto con sus brazos y se le marcan las venas en su piel blanca, el cabello negro alborotado de vez en cuando, ropa un poco holgada y poses que para muchos son consideradas "sexys" y para otros un tío con traumas porque ni sonríe.
Soy guapo y la fantasía de Pinterest de muchas chicas, eso lo tengo claro y me la suda. No soy fan de las redes sociales ni de ser un picaflor. Soy más casero, enfocado en mis propios asuntos, adoro a mi familia y pasar ratos con mi mejor amiga. Reservado por naturaleza y extrovertido cuando es necesario.
Al contrario de Tina, es bastante tímida y reservada para el mundo, porque la muy loca en su pequeño círculo social se muestra como realmente es. Lo llamaría desconfianza, ella asegura que está siendo precavida y no le da la confianza a cualquiera. Supongo que criarse bajo el mismo techo que su tío la ha llevado a ver el mundo de una forma distinta a la mía.
Y eso me gusta.
No me veo mejor complementado con otra persona que no sea ella.
—¿Estoy muy bien así, princesa? —pregunté, atento a su reacción que es inmediata— ¿Se te corrió el tinte del pelo a tus mejillas?
Me aguanto la risa al ver como el rojo furioso de sus mejillas compite a niveles cuestionables con su cabello. Me encanta molestarla, he de admitirlo.
—Scemi —gruñe, con los ojos entrecerrados en mi dirección—. Ti odio, sai?
«Tonto. Te odio, ¿sabes?»
—Mi ami, principessa —refuto divertido en su idioma, volviendo a buscar en los cajones—. No puedes enojarte conmigo por tanto tiempo, ni siquiera puedes odiarme de verdad.
«Me amas, princesa»
—Que ego el tuyo, Santo Dio —resopla—. Ya quisieras que te amara.
—Lo haces.
—Obvio no —bufa—. Te espero en la sala. No te tardes buscando esos calcetines o llegaremos solo para almorzar al Starbucks de enfrente del edificio.
Hago un sonido afirmativo con la garganta dudando si seguir buscando esos calcetines o tomar otro par. Hace frío afuera para mí, y no quiero tener los dedos congelados después.
—Y no te vistas como si fueras al polo norte —me advierte—. ¿Me oyes?
La miro.
—Que si, deja de dar la chapa, tía.
—Scemi.
—Pazza.
«Loca.»
Sonrío a medida que se aleja por completo soltando improperios contra mí, aunque en el fondo ambos sabemos que esto es parte de nuestra amistad. ¿Qué es una buena amistad sin peleas amistosas, provocaciones y ganas de molestarnos? Una bastante frígida y aburrida, en mi opinión. Es como una relación amorosa, si todo es rositas, lo mismo a diario, todo ridículamente perfecto.... suena muy falso.
No queriendo meterme en debates mentales conmigo mismo acabo por elegir otros calcetines en el mismo color y me termino de vestir con cierta prisa, esuchando murmullos en la sala. Tardo aproximadamente tres minutos en guardar todo lo que desorganicé antes de salir de mi habitación.
En la sala encuentro a la bonita pelirroja lanzando un suspiro a la nada colgando una llamada. Se da cuenta de mi presencia por mis pasos.
—¿Los encontraste? —Pregunta, al mismo tiempo que se voltea a mirarme.
—Sí —respondo y señalo su teléfono—. ¿Lyn?
—Mi tío —aclara, suspira nuevamente cruzándose de brazos—. No compró el edificio, pero casi lo hace. Compró la mayor de las acciones, en realidad.
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Editado: 02.07.2026