No debería estar besándolo. No debería importarme tanto un tío al que apenas conozco. Y aun así… no puedo parar.
Ibiza en agosto es un asco. Es un infierno de luces y sudor lleno de gente que finge ser feliz, y yo ya no tengo fuerzas para seguirles el rollo. Odio esto. Las discotecas son para perderse, y yo ya estoy lo bastante jodida.
Esta es mi última noche en España. Mañana me subo a un avión para mudarme a Canadá con un padre al que no conozco de nada. Mi madre ha rehecho su vida, tiene un marido nuevo y un cuadro familiar perfecto en el que yo ya no encajo. Básicamente, soy el trasto viejo que mandan al trastero, solo que el mío está a miles de kilómetros.
Por eso, cuando lo vi esta mañana en la cala, decidí que me daba igual todo.
Él estaba allí con sus amigos, portándose como si el Mediterráneo fuera su piscina privada. Un chulito de manual. Se notaba a leguas que intentaba llamar mi atención; hacía bromas en alto, se metía al agua haciendo piruetas ridículas y no paraba de mirarme de reojo.
Yo pasé de él. Me puse los cascos, cerré los ojos y dejé que se ahogara en su propio ego. Creo que eso fue lo que más le dolió: que por una vez en su vida, una chica no lo mirara como si fuera el centro del maldito universo.
Pero el destino es un poco cabrón. Por la noche, mis amigas me arrastraron al garito de moda. Y ahí estaba él. Otra vez.
Nos hemos estado mirando a distancia toda la noche, como si hubiera un hilo invisible tirando de nosotros entre la multitud. Cuando la música se ha vuelto más pesada, más pegajosa, nos hemos encontrado en la pista. Casi obligados por el empujón de nuestros amigos, terminamos bailando.
No quería tocarlo, pero el roce de su mano en mi cintura me ha atravesado como una descarga eléctrica. Bailamos tan pegados que no sabía dónde terminaba mi piel y empezaba la suya. El calor del día se nos ha quedado metido dentro y la tensión ha subido tanto que me ha empezado a faltar el aire.
—Necesito aire —he soltado, cortando el contacto de golpe.
Él se ha quedado ahí, plantado en mitad de la pista, con esa mirada que parece que te desnuda. He salido casi corriendo hacia la arena, buscando el frío de la noche para que se me bajara el pulso. Caminé hasta donde la luz de los focos ya no llega, justo donde el rugido del mar se come el ruido de la música.
Escuché sus pasos sobre la madera de la pasarela. No ha tardado ni dos minutos en seguirme.
—¿Vas a huir toda la noche o vas a admitir que te mueres de ganas?
Su voz suena a mis espaldas, grave y con ese tono de chulito que ahora me suena a pura provocación. Su español es pausado, casi arrastrado, y la verdad es que apenas se le entiende. Su acento extranjero es demasiado marcado; arrastra las palabras con un esfuerzo que me pone la piel de gallina y, a mitad de la frase, termina mezclando palabras en inglés porque se nota que se queda sin vocabulario.
Me giro despacio. Está tan cerca que puedo oler la sal y ese perfume suyo que se me ha quedado grabado a fuego.
—No sé de qué me hablas —miento, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal para ver si es tan valiente como parece.
Él suelta una risa seca, casi un gruñido, y se inclina hasta que su nariz roza mi sien.
—Mentira —susurra muy cerca de mi oído, y su pronunciación de la "erre" es tan suave, tan poco española, que me recorre la columna como una descarga—. Tú sabes. Lo sabes desde la playa.
Se acerca más, pero sigue sin tocarme. Esa es la verdadera tortura. Noto el calor que desprende su cuerpo, una vibración que me atraviesa, y el deseo me golpea tan fuerte que me flojean las rodillas.
—No deberías mirarme así —le digo, y mi voz suena mucho más ronca de lo que esperaba.
—¿Cómo? —pregunta él, bajando la vista a mi boca con un hambre que me hace temblar.
—Como si quisieras arrancarme el vestido aquí mismo.
Logan suelta un suspiro pesado, cargado de una frustración que casi puedo tocar. Acorta la distancia de golpe y me come la boca.
Es un beso desesperado, hambriento, que me deja sin aliento en medio segundo. Sus manos, por fin, encuentran mi cintura y me pegan a él con una fuerza que me hace ver estrellas. No hay nada suave en esto; es necesidad pura, un choque de lenguas y labios que sabe a todo lo que nos hemos callado mientras nos ignorábamos en la arena.
Siento el calor de su cuerpo traspasando la tela fina de mi vestido. Sus manos no se quedan quietas; suben por mi espalda, apretándome contra él como si tuviera miedo de que me escape, mientras sus labios abandonan mi boca para trazar un camino de fuego por mi mandíbula.
—Me vas a volver loco, española —me susurra contra la piel, con esa voz ronca que me hace vibrar hasta las uñas de los pies.
Baja al cuello, mordisqueando justo donde me late el pulso a mil por hora, y yo suelto un gemido que se pierde en el rugido del mar. Sus manos bajan por mis muslos, levantando un poco el borde del vestido, y sus dedos rozan mi piel con una urgencia que me nubla el juicio.
—Me encantas —suelta entre besos, con ese acento roto que suena a confesión y a pecado a la vez—. No tienes ni idea de las ganas que te tengo desde que te vi en esa cala.
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Editado: 18.06.2026