Odio el frío. Odio este aeropuerto. Pero, sobre todo, odio que mi padre me mire como si fuera un trofeo que acaba de recuperar después de diez años en un estante polvoriento.
—Lola, por fin —dice él, intentando darme un abrazo de película que yo esquivo con la mochila, fingiendo que pesa más de lo que en realidad pesa.
No es que sea una borde porque sí. Es que no lo conozco de nada. Mark es un extraño que comparte mi ADN y que ha decidido que, ahora que tengo diecisiete años, es un momento estupendo para empezar a ejercer de padre protector. Pues llega un poco tarde, ¿no? Diez años tarde, para ser exacta.
El trayecto en coche es una tortura. Mi padre no para de soltar un monólogo sobre su "vida de catálogo" aquí. Me habla de Sarah, su mujer perfecta, y de Logan, el hijo de ella. Dice que es el capitán del equipo juvenil de hockey y un "chico estupendo".
Ya me lo imagino: el típico deportista de élite con el ego más inflado que sus protecciones y el cerebro hecho un bloque de hielo. Me dan ganas de saltar del coche en marcha.
Cuando llegamos a la casa, se me cae el alma al suelo. Es enorme, blanca y tan limpia que me da miedo hasta respirar por si empaño algún cristal. Sarah me recibe en el porche con una sonrisa que me hace doler los dientes. Me da dos besos que apenas me rozan y me señala las escaleras con sus manos perfectas.
—Te hemos preparado el cuarto de arriba, cielo —dice con esa voz dulce que suena a falso—. Sube, deja las cosas y descansa un poco. Logan acaba de llegar del entrenamiento, se está dando una ducha.
Cojo mi maleta, que ahora parece pesar una tonelada, y subo los escalones de madera que brillan demasiado. El pasillo está en un silencio sepulcral, de esos que te aprietan los oídos y te hacen sentir que sobras.
Estoy agotada, tengo el cerebro frito por el jet lag y unas ganas de llorar que me queman la garganta. Solo quiero una cama donde encerrarme y desaparecer. Veo una puerta entornada al fondo del pasillo y, sin pensarlo dos veces, empujo el pomo frío.
Entro sin llamar. Y en ese segundo, el mundo se detiene de golpe.
Me quedo sin aire. No es mi cuarto. Ni de coña. Esto es un santuario de trofeos, pósteres de hockey y un olor que me golpea la cara como una bofetada: testosterona, jabón limpio y un rastro de frío que me resulta jodidamente familiar.
El chico de la playa está sentado en el borde de la cama.
Me quedo petrificada. Logan está casi desnudo, solo lleva un pantalón de chándal gris que le cuelga bajo, marcando todo lo que no debería estar mirando ahora mismo. Tiene una bolsa de hielo sobre el hombro derecho y la mandíbula tan tensa que parece que se va a romper en cualquier momento.
Cuando sus ojos encuentran los míos, la sorpresa es tan bestial que la bolsa de hielo se le resbala del hombro y cae al suelo con un golpe seco.
—¿Tú? —suelta él.
Su voz suena más rota de lo que recordaba en Ibiza. Más real, más profunda. Se levanta despacio, y en la penumbra de la habitación parece gigante, mucho más peligroso de lo que parecía bajo el sol del Mediterráneo. Me recorre de arriba abajo con una mirada que me quema la piel, y sé que está recordando cada segundo de aquella noche, igual que yo.
—¿Qué haces en mi cuarto, española? —dice, y su sonrisa de chulito ha desaparecido por completo.
Se acerca un paso. Solo uno. Pero es suficiente para que su calor me golpee y me nuble el juicio. Puedo ver las gotas de agua que aún le resbalan por el pecho y cómo se le tensan los músculos con cada respiración.
—Yo... me he equivocado de puerta —consigo balbucear, pero mis pies no obedecen. No puedo moverme.
Entonces escucho los pasos de mi padre en la escalera. El pánico me sube por la garganta como ácido. Si Mark se entera de que el chico con el que casi pierdo la virginidad en Ibiza es el hijo de su mujer, estoy muerta antes de empezar la cena.
—Logan, por favor —susurro, dando un paso desesperado hacia él, tanto que puedo oler su piel—. No le digas nada a mi padre. Ni una sola palabra de lo de la isla. Por lo que más quieras.
Él me mira con una lentitud que me tortura. Sus ojos bajan a mis labios un segundo eterno antes de volver a clavarse en los míos. Hay una crueldad nueva en su mirada, algo afilado, como si acabara de darse cuenta de que ahora tiene la sartén por el mango.
—¿Me estás pidiendo un favor? —suelta con ese acento arrastrado que hace que se me doblen las rodillas—. Eso te va a salir muy caro, Lola.
Antes de que pueda mandarlo a la mierda o salir corriendo, la puerta se abre de par en par. Mi padre entra con un fajo de toallas blancas y esa sonrisa de anuncio de dentífrico que me pone de los nervios. Se detiene en seco al vernos tan cerca el uno del otro.
—¡Ah! Veo que ya os habéis conocido —dice Mark, mirando de uno a otro con una inocencia que me da ganas de gritar—. Logan, hijo, ¿qué tal ese hombro? El fisio dijo que no forzaras.
Logan no me quita la vista de encima. Da medio paso atrás, rompiendo esa burbuja eléctrica, pero mantiene una media sonrisa que me hiela la sangre en las venas.
—Bien, Mark —responde Logan, y su voz suena ahora perfecta, fría, totalmente controlada—. Tu hija parece que se ha perdido buscando su habitación.
#100 en Joven Adulto
hermanastros amor odio, amor prohibido juvenil, triángulo amoroso celos amistad
Editado: 18.06.2026