Prohibido en casa

Capítulo 2: El sabor de la mentira

Bajar esas escaleras es como caminar hacia mi propia ejecución.

Mis piernas parecen de gelatina y cada escalón que bajo me aleja más de la seguridad de mi cuarto y me acerca a la boca del lobo. Logan va un par de pasos por delante de mí, con esa seguridad exasperante que tienen los que saben que han ganado la partida antes de empezar a jugar.

Se mueve con una soltura que me da rabia; cada movimiento de sus hombros bajo la camiseta negra parece un recordatorio de lo que sentí bajo mis dedos en Ibiza.

Me freno en seco, el corazón dándome golpes contra las costillas como un animal enjaulado. Como él ha bajado un par de peldaños más, su altura se equilibra con la mía; ahora sus ojos de acero están exactamente a la misma altura que los míos, clavados en mi cara como dos puñales.

Ya no hay distancia, solo su aliento caliente y esa mirada fija que parece estar leyéndome el pensamiento.

—Cuidado, little sister —suelta en ese español arrastrado y defectuoso que me revuelve el estómago—. No querrás caerte antes de la cena. Sería una pena arruinarle la noche a Mark.

Está tan cerca que ocupamos todo el ancho del hueco de la escalera. Me mira de frente, de igual a igual, y eso es mucho más peligroso porque no puedo escapar de la intensidad de sus ojos. Puedo oler su jabón y ese rastro de frío que parece traer pegado de la pista de hockey.

—Apártate, Logan —siseo, intentando que no me tiemble la voz.

Él no se mueve. Se inclina un poco hacia delante, invadiendo mi espacio personal de esa forma tan suya, haciendo que el aire entre nosotros desaparezca.

—¿O qué? —me desafía con una media sonrisa afilada—. ¿Vas a gritar? ¿Vas a decirle a tu padre que te pongo nerviosa?

Le clavo la mirada, intentando sostenerle el pulso, pero es imposible. La electricidad que hay entre nosotros es tan espesa que casi puedo ver las chispas. Justo cuando voy a mandarlo a la mierda, la voz de Sarah llega desde la cocina, rompiendo la burbuja.

—¡Chicos! ¡Se va a enfriar!

Logan me dedica una última mirada cargada de algo que no sé si es odio o deseo y sigue bajando como si nada hubiera pasado. Yo me quedo un segundo ahí, agarrada a la barandilla, obligándome a respirar.

La cocina es el infierno, pero con mantel blanco.

Sarah está terminando de colocar una fuente en el centro de la mesa. Todo brilla: los cubiertos, las copas, su sonrisa perfecta. Mi padre está sentado a la cabecera, abriendo una botella de vino como si estuviéramos en un anuncio de familias felices. Es una puta pesadilla.

—Siéntate aquí, Lola —dice Sarah, señalando la silla que está justo al lado de la de Logan.

Me quedo paralizada un segundo. Quería distancia, kilómetros de distancia, y ahora tengo que sentarme junto a él, compartiendo el mismo lado de la mesa. Me muevo con torpeza y me siento. El espacio es estrecho, lo suficiente para que, en cuanto me acomodo, el roce de su hombro contra el mío me atraviese como una descarga eléctrica.

Logan no se aparta. Al contrario, se repantingue en su silla, invadiendo mi espacio, obligándome a encogerme para no estar pegada a él de pies a cabeza. Estira las piernas bajo la mesa y noto el calor de su muslo presionando el mío.

Es una presión constante, deliberada. Retiro la leg instintivamente, pero no hay mucho sitio hacia donde ir.

—Logan, deja de beber así, parece que vienes de la guerra —lo regaña Sarah al verlo empinar una botella de agua.

—Vengo del entrenamiento, mamá —responde él sin mirarla, pero noto la vibración de su voz en mi propio brazo por lo cerca que estamos—. En el hielo se suda igual.

Mark, mi padre, deja la copa sobre la mesa y suspira, mirando a Logan con una mezcla de seriedad y respeto profesional.

—Lamento no haber estado hoy en el hielo, Logan. Los chicos me han dicho por mensaje que la intensidad ha bajado en el último tramo —dice mi padre, y por primera vez noto un tono de disculpa real en su voz—. Pero tenía que ir a buscar a Lola al aeropuerto. Espero que hayas mantenido el orden en el vestuario.

Logan gira la cabeza hacia mí. Estamos tan cerca que puedo ver las motas verdes en sus ojos grises, y juro que hay un reproche silencioso ahí.

—No te preocupes, Coach —dice Logan, y esa palabra suena a una alianza que yo nunca tendré—. Nos las hemos apañado. Aunque se nota cuando el jefe no está para apretar las tuercas. En el vestuario sabemos cuáles son las prioridades. Entiendo que la "familia" es lo primero ahora.

Me clava una mirada rápida, una que dura apenas un segundo pero que dice mucho más que cualquier frase provocadora. Es una mirada que me recuerda que él tiene el control, que él conoce mi secreto y que, para el resto de la mesa, solo somos dos desconocidos obligados a compartir techo.

—Lola se adaptará —añade él, volviendo su atención a mi padre con una sonrisa perfecta y vacía—. En este equipo no dejamos a nadie atrás, ¿verdad, Coach?

Mi padre asiente, orgulloso de la madurez de su capitán, sin tener ni idea de que bajo el mantel, Logan ha deslizado su mano apenas un milímetro más, desafiándome a ser yo la que rompa el contacto.

—Bueno, el viernes recuperamos el tiempo perdido —dice Mark, dándole una palmada en el hombro a Logan sobre mi cabeza—. Porque el partido contra los Titans es clave y te necesito al cien por cien.




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