Prohibido en casa

Capítulo 3: Territorio hostil

El despertador suena a las seis de la mañana y juro que me entran ganas de estamparlo contra la pared.

Hace un frío de mil demonios. A través de la ventana solo veo una oscuridad azulada y un montón de nieve acumulada que me recuerda, por si lo había olvidado, que ya no estoy en mi casa.

Bajo a la cocina arrastrando los pies, esperando pasar desapercibida, pero el "equipo ideal" ya está en marcha. Mark y Logan están sentados a la mesa, desayunando tortitas como si estuvieran a punto de salir a la guerra. Sarah se mueve de un lado a otro llenando termos de café.

—Buenos días, cielo —dice Sarah con una energía que me parece ilegal a estas horas.

—Días —gruño, sentándome lo más lejos posible de Logan.

Él no me mira. Está concentrado en su móvil, vestido con una sudadera del equipo que le hace los hombros todavía más anchos. Mark, por su parte, me dedica una sonrisa rápida mientras revisa unas tácticas en su tablet.

—Lola, Logan te lleva ahora. Tenéis que salir en diez minutos si no queréis pillar el atasco de la entrada —dice mi padre sin levantar la vista.

No digo nada. Me limito a beberme el café hirviendo, sintiendo cómo me quema la garganta. Logan se levanta, coge las llaves del coche de la encimera y me lanza una mirada de reojo que me hiela la sangre.

—Vamos, madrileña. No tengo todo el día.

El trayecto al coche es una bofetada de realidad. El aire me corta la respiración y el suelo resbala tanto que casi me voy al suelo en el segundo paso. Logan, que camina delante como si estuviera en una pasarela de modelos, ni se inmuta.

Sube a un todoterreno negro, enorme y brillante, y arranca el motor con un rugido que suena a advertencia.

En cuanto cierro la puerta del copiloto, el silencio se vuelve una pared de hormigón. El calor de la calefacción empieza a salir a tope, pero yo sigo temblando.

—Ponte el cinturón —ordena él, metiendo la marcha atrás con una brusquedad que me hace dar un respingo.

No ha salido ni del barrio y ya va a una velocidad que me parece suicida. Logan conduce como un loco, tomando las curvas con una agresividad que me obliga a agarrarme a la manilla de la puerta.

Sé lo que está haciendo. Quiere ponerme nerviosa. Quiere demostrarme que aquí, en su terreno, él es el que tiene el control del volante y de mi vida.

—¿Puedes ir más despacio? No tengo ganas de morir antes del primer examen —suelto, intentando que no se me note que el pulso me va a mil.

Logan suelta una risa seca, sin apartar la vista de la carretera interminable y blanca.

—¿Te da miedo la velocidad? —pregunta con sorna, arrastrando las palabras—. Pensaba que las españolas erais valientes. O al menos eso parecías en la playa, cuando me comías la boca como si no hubiera un mañana.

—Cállate —le espeto, sintiendo cómo el calor me sube a las mejillas.

—¿Por qué? Aquí no está Mark para protegerte. Estamos solos, Lola. Tú, yo y este coche.

Pisa el acelerador a fondo y el coche ruge. Siento un vacío en el estómago. El paisaje de casas perfectas y árboles pelados pasa como un borrón blanco.

—Me pediste un favor ayer —sigue él, bajando la velocidad de golpe justo antes de llegar a un semáforo—. Pero todavía no me has dicho cómo piensas pagarlo. Porque yo no hago nada for free.

—Fue un error, Logan. Lo de Ibiza, el beso... todo. Fue el alcohol y el verano. Olvídalo.

—¿Olvídalo? —se gira hacia mí, y sus ojos oscuros brillan con una intensidad que me marea—. Me dejaste tirado en la arena como a un idiota después de ponerme al límite. Nadie me deja así, y menos una cría que no sabe ni dónde está el norte.

—No soy una cría.

—Pues deja de temblar como una.

Llegamos al instituto y lo que veo me deja descolocada. No es un instituto, parece una universidad privada de las películas. Un edificio enorme de ladrillo rojo rodeado de campos deportivos. En el aparcamiento solo hay coches que cuestan más que mi casa en Madrid.

En cuanto Logan aparca, me doy cuenta de quién es realmente aquí. No hace falta que nadie me lo diga. La gente se detiene a mirarlo. Los tíos le saludan con la cabeza, con ese respeto que solo se le tiene al alfa de la manada. Las tías se colocan el pelo y le siguen con la mirada.

Bajamos del coche y el frío me vuelve a golpear, pero esta vez es diferente. Me siento observada.

De repente, una chica rubia, vestida con una chaqueta de cuero que probablemente cueste tres meses de mi paga, se separa de un grupo y camina hacia nosotros. Es guapa, de esa belleza perfecta y fría que te hace sentir como un bicho raro.

Se cuelga del cuello de Logan y le planta un beso cerca de los labios.

—Hola, amor. Te he echado de menos en el entrenamiento de ayer —dice ella, con una voz chillona que me da ganas de vomitar.

Logan le rodea la cintura con un brazo, pero sus ojos siguen fijos en mí por encima de la cabeza de la rubia.

—Tuve cosas que hacer, Mackenzie —responde él, con una frialdad que me sorprende.




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