Prohibido en casa

Capítulo 4: La ley del hielo

El primer día de instituto en España suele ser un caos de abrazos, gritos y gente contándote sus vacaciones. Aquí, en el Northwood High, es como entrar en una nevera industrial.

No solo por el clima, sino por las miradas. Todo el mundo parece saber quién soy: la intrusa, la "hermanastra" española, el nuevo juguete de la familia Hayes. Pero nadie se acerca. Es como si llevara una señal de neón en la frente que dijera: "Peligro, propiedad privada de los reyes del hielo".

He pasado la mañana de clase en clase sintiéndome como un fantasma. Los profesores me presentan con esa amabilidad falsa que te hace sentir todavía más fuera de lugar, y yo me limito a sentarme al fondo, intentando que mi acento no me delate demasiado cuando paso lista.

Lo peor no es la soledad. Lo peor es cruzarte con Logan en el pasillo.

Ha pasado por mi lado dos veces. Ni una mirada. Ni un gesto. Me ha ignorado de una forma tan radical que ha llegado a doler. Es como si Ibiza nunca hubiera pasado, como si el beso en la playa fuera un invento de mi imaginación. El tío que me tenía acorralada contra el coche hace un par de horas ahora camina como si yo fuera parte del mobiliario.

Cuando llega la hora del almuerzo, mi único plan es esconderme en la biblioteca con un sándwich rancio, pero mi padre tiene otros planes. Lo veo en la entrada de la cafetería, hablando con uno de los bedeles. En cuanto me ve, me hace señas.

—¡Lola! —grita Mark, atrayendo la atención de media cafetería. Genial, justo lo que necesitaba—. Ven, te he reservado sitio con los chicos.

—Papá, no hace falta, de verdad... —intento protestar, pero ya me tiene agarrada del hombro y me empuja hacia la mesa central.

La mesa del equipo de hockey. La zona VIP. Mackenzie está allí, sentada como si fuera la reina del baile, rodeada de otras tías que parecen clones suyos. Logan está en el centro, bebiendo un batido de proteínas y escuchando a un chico pelirrojo que no para de hablar.

—Logan, hazle un hueco a tu hermana —ordena Mark con una naturalidad que me da ganas de pegarme un tiro.

Logan levanta la vista. Sus ojos de acero están fríos, completamente vacíos. Se hace a un lado un milímetro, lo justo para que yo pueda sentarme en el borde del banco, justo al lado de él. Mackenzie me lanza una mirada que podría congelar el infierno, pero no dice nada porque Mark está delante.

—Me voy a la oficina, tengo que cerrar los horarios de entrenamiento —dice mi padre dándome un beso en la frente—. Portaos bien.

En cuanto Mark desaparece por la puerta, el silencio cae sobre la mesa como una losa. Logan ni me saluda. Sigue hablando con Mackenzie sobre una fiesta el viernes, ignorando por completo que estoy a diez centímetros de él. Es humillante. Siento que el nudo en mi garganta se hace cada vez más grande.

—¿Y tú qué? ¿Hablas inglés o solo sabes decir "paella" y "fiesta"? —suelta Mackenzie con una sonrisa de víbora.

Iba a contestarle algo muy borde, algo sobre su tinte de pelo barato, pero alguien se me adelanta.

—Déjala en paz, Mack. Es nueva, no le des la brasa el primer día.

Es el chico pelirrojo que estaba al lado de Logan. Es alto, con la cara llena de pecas y una sonrisa que, por primera vez en este país, parece de verdad. Se inclina sobre la mesa y me tiende una mano grande y callosa.

—Soy Noah, el mejor amigo de este trozo de hielo —dice señalando a Logan—. Y el único con sentido común en esta mesa. Bienvenida a la nevera, Lola.

—Gracias —respondo, y juro que me entran ganas de abrazarlo solo por reconocerme como ser humano.

Noah me pregunta por Madrid, por la comida, por cómo es vivir con el "General Mark". Parece hipnotizado. Se ríe de mis bromas y me explica quién es quién en el instituto. Logan, mientras tanto, sigue en su mundo, pero noto cómo su mandíbula se tensa cada vez que Noah suelta una carcajada.

Y entonces ocurre.

Bajo la mesa, siento un roce. Una bota pesada choca contra la mía. Pienso que ha sido sin querer, pero el contacto no desaparece. Logan estira la pierna, presionando su pantorrilla contra la mía. Es un roce firme, caliente, que contrasta con la indiferencia total de su cara.

—Entonces, ¿te gusta el hockey? —me pregunta Noah, acercándose un poco más a mí.

—La verdad es que no tengo ni idea —respondo, intentando que no se me note que el corazón me va a mil por culpa del contacto de Logan bajo la mesa.

Logan presiona más fuerte. Su pierna sube un poco, rozando mi rodilla. Es un juego sucio. Me está haciendo la ley del hielo por fuera, pero por debajo me está reclamando. Me está diciendo que, aunque Noah me hable, yo sigo siendo la chica que él besó en Ibiza.

Retiro la pierna con brusquedad y me levanto. No puedo más con esta esquizofrenia.

—Tengo que ir a clase de Historia —miento, cogiendo mi mochila.

—Te veo luego, Lola —me dice Noah con un guiño.

Logan ni se despide. Solo sigue mirando su batido, pero veo cómo sus nudillos están completamente blancos de tanto apretar el vaso.

Al terminar la última hora, estoy tan desorientada que no sé ni dónde está la salida. Los pasillos del Northwood son un laberinto de taquillas grises y puertas idénticas. Camino rápido, intentando seguir a la multitud, pero termino en una zona más industrial, donde el suelo huele a humedad y a desinfectante.




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