Prohibido en casa

Capítulo 5: Territorio enemigo

Tener la casa para nosotros solos debería haber sido un alivio, pero es una puta pesadilla. Mark y Sarah se han ido a una convención de entrenadores en Toronto y el silencio en este salón es tan denso que casi puedo oír a Logan pensando desde la habitación de arriba.

Levamos dos días esquivándonos. Él sigue en su papel de capitán de hielo y yo en el de "turista invisible", pero hoy el ambiente ha cambiado. Esta noche es la primera gran fiesta de la temporada en casa de Miller, un defensa del equipo, y todo el instituto está revolucionado.

—Ni se te ocurra moverte de aquí —me soltó Logan hace una hora, mientras se ajustaba el reloj en la cocina—. Es una fiesta de equipo. No es lugar para ti.

—No eres mi padre, Logan. Ni mi jefe —le respondí, sin apartar la vista de mi móvil.

—Soy el que tiene que dar explicaciones si te pasa algo. Quédate en casa, española. Hazte un favor y don't mess up my night. No me jodas la noche.

Se fue dando un portazo, convencido de que le haría caso. Pobre iluso. No me conoce nada.

A los diez minutos, Jane ya estaba aparcando su coche destartalado en el porche. Jane es lo mejor que me ha pasado en esta semana; es bajita, lleva el pelo teñido de un azul eléctrico y tiene la boca más grande de todo el instituto. Es la única que no le tiene miedo a los Hayes.

—¿Estás lista? —me preguntó Jane, entrando en mi cuarto sin llamar.

Me miró de arriba abajo y soltó un silbido. Me había puesto un vestido de seda rojo, muy corto, de tirantes finos. Era casi idéntico al que llevaba aquella noche en Ibiza. Me hacía sentir poderosa, peligrosa y, sobre todo, me recordaba que yo no siempre había sido esta chica asustada que vive en un congelador.

—Si Logan te ve así, le da un parraque —dijo Jane riendo—. Estás espectacular, Lola. Vamos a quemar ese sitio.

Llegar a la fiesta de Miller fue como entrar en una película americana de presupuesto alto. Música a todo trapo, gente bebiendo en vasos rojos por todas partes y el olor a cerveza y hormonas flotando en el aire. En cuanto entramos, sentí las miradas. Ya no era la "hermanastra rara", era la chica del vestido rojo.

—¡Lola! ¡Has venido!

Noah se abrió paso entre la multitud con una sonrisa de oreja a oreja. Iba con una camiseta del equipo y se le veía feliz. No tardó ni mi cinco segundos en ponerme un vaso en la mano y arrastrarme a la improvisada pista de baile que habían montado en el salón.

—Estás increíble —me susurro Noah al oído para que pudiera oírlo por encima de los graves.

Empezamos a bailar. Noah es buen chico, es divertido y se mueve sorprendentemente bien para ser un gigante que vive sobre patines. Me dejé llevar. Cerré los ojos, sentí el ritmo y por un momento me olvidé de Canadá. Me olvidé de Mark, de mi madre y de la frialdad de los pasillos. Estaba riendo, moviendo las caderas, sintiendo que volvía a ser yo misma.

Pero entonces, el aire se volvió pesado. Esa sensación de que te están observando, una presión en la nuca que ya conocía demasiado bien.

Abrí los ojos y lo vi.

Logan estaba apoyado contra el marco de la puerta que daba a la cocina. Tenía una cerveza en la mano, pero no estaba bebiendo. Me miraba fijamente. Sus ojos estaban oscuros, cargados de una rabia contenida que me hizo temblar.

Mackenzie estaba a su lado, hablándole al oído y acariciándole el brazo, pero él ni la miraba. Toda su atención estaba puesta en mis manos sobre los hombros de Noah.

Intenté ignorarlo. Le dediqué a Noah mi mejor sonrisa y se guí bailando, pero Logan ya se estaba moviendo. Se abrió paso entre la gente como un glaciar, apartando a todo el mundo sin pedir permiso.

—Se acabó la fiesta —soltó Logan, llegando a nuestra altura.

Noah se detuvo, confundido.

—Venga, tío, déjala que se divierta. Solo estamos bailando.

—He dicho que se acabó —Logan me agarró de la muñeca con una fuerza que no admitía réplica—. Nos vamos a casa. Ahora.

—¡Suéltame, Logan! —grité, intentando zafarme, pero era como luchar contra una estatua de mármol.

La música seguía sonando, pero la gente a nuestro alrededor se había quedado en silencio. Mackenzie nos miraba desde lejos con una expresión de pura confusión y odio. Logan no dijo nada más; me arrastró a través del salón, sacándome de la casa a zancadas mientras yo tropezaba con mis tacones.

—¡Que me sueltes! ¡Me haces daño! —le chillé cuando llegamos a su coche.

Me soltó de golpe y abrió la puerta del copiloto con un gesto violento.

—Sube. Si vuelves a abrir la boca antes de llegar a casa, te juro que no respondo.

Subí por puro orgullo, pegando un portazo que hizo vibrar los cristales. Logan rodeó el coche, entró y arrancó derrapando sobre la grava. Salimos de allí a toda leche, dejando atrás las luces de la fiesta.

El silencio dentro del coche era cortante, peligroso. Logan apretaba el volante con tanta fuerza que se le marcaban todos los tendones del brazo.

—¿De qué cojones vas? —estallé cuando ya no pude aguantar más—. ¡Me has dejado en evidencia delante de todo el mundo! ¡No tienes derecho a decirme qué hacer!




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