Tengo los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Si aprieto un poco más, juro que el cuero va a estallar.
Conducir de vuelta a casa con ella al lado es la tortura más refinada que me ha tocado pasar en mis dieciocho años de vida. El olor de su perfume, ese que se mezcla con el aire frío de la noche y el rastro de la fiesta, se me ha metido en los pulmones y no hay forma de sacarlo.
Lola no dice ni una palabra. Está pegada a la puerta del copiloto, mirando por la ventana como si el bosque oscuro de Canadá fuera lo más interesante del mundo.
Pero sé que está temblando. No sé si es de frío o de rabia, pero noto su vibración desde mi asiento.
Ese vestido rojo… joder. Es una declaración de guerra. Ella sabía perfectamente lo que hacía cuando se lo puso. Sabía que me recordaría a la playa, a la arena en mis manos y a la forma en que su boca sabía a pecado.
Aparco el coche en el porche. La casa está a oscuras, en un silencio que me retumba en los oídos. Sin Mark, sin mi madre… solo nosotros. Una bomba de relojería con la mecha ya encendida.
—Bájate —suelto, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella baja sin mirarme, pegando un portazo que resuena en toda la calle vacía. Entra en casa como un torbellino, subiendo las escaleras de dos en dos. Escucho cómo se encierra en su cuarto. El golpe de su puerta es como un disparo.
Me quedo en el salón un momento, intentando respirar, intentando convencerme de que lo mejor es irme a mi cuarto, ponerme los cascos y olvidarme de que existe. Pero no puedo.
La imagen de Noah tocándola, de sus manos en su cintura mientras ella reía… me quema. Me está devorando por dentro como ácido.
Noah es mi mejor amigo, un buen tío, pero ver sus manos sobre la piel que yo probé primero me ha hecho perder los estribos de una forma que no reconozco.
Subo las escaleras. No pienso, solo actúo. Mis pies me llevan a su puerta antes de que mi cerebro pueda dar la orden de detenerse.
Entro sin llamar.
Lola está de espaldas, intentando bajarse la cremallera del vestido, forcejeando con la tela roja. Se gira de golpe, con los ojos muy abiertos y la respiración agitada.
—¿Qué haces? —me grita, tapándose el pecho con las manos—. ¡Vete de mi cuarto, Logan! ¡Ahora mismo!
—No he terminado de hablar contigo —le digo, cerrando la puerta detrás de mí. El clic de la cerradura suena definitivo en el silencio de la noche.
—¡Yo sí he terminado! ¡Me has humillado, me has arrastrado como si fuera un saco de patatas y me has gritado en el coche! ¿Quién te crees que eres?
Me acerco a ella. Camino despacio, como si estuviera en el hielo, midiendo cada step. Ella retrocede hasta que choca contra la pared, justo al lado de su cama. No tiene a dónde ir.
—Me creo el tío que te vio primero, Lola —suelto, y la rabia me sale por los poros—. Me creo el que tiene que aguantar cada día en esta casa viendo cómo finges que no me conoces mientras te paseas delante de mis amigos.
—¡Yo no finjo nada! ¡Tú eres el que me hace el vacío en el instituto! —me echa en cara, señalándome con el dedo—. ¡Tú eres el que me ignora y luego se vuelve loco porque bailo con Noah! Noah es agradable, Logan. Noah me mira como si fuera una persona, no como si fuera un problema que tienes que resolver.
La mención de Noah me hace estallar. Doy un paso más, acortando la distancia hasta que solo nos separan unos centímetros. Puedo sentir el calor que desprende su cuerpo, el mismo calor que me volvió loco en Ibiza.
—Noah no sabe nada —siseo, inclinándome sobre ella—. Noah no sabe que me pediste que no le dijera nada a tu padre porque te mueres de miedo de que sepa lo que hicimos.
No soporto que te toque, ¿entiendes? No soporto ver a ningún tío poniéndote la mano encima porque sé exactamente lo que están pensando. Porque yo pienso lo mismo cada vez que te veo cruzar el pasillo.
Lola se queda muda. Su respiración es tan errática que el pecho le sube y le baja con fuerza, haciendo que el vestido rojo se tense. Sus ojos, esos ojos que me han tenido desvelado desde que llegó, buscan los míos con una mezcla de desafío y algo que me duele reconocer: deseo.
—¿Y qué piensas, Logan? —susurra, y su voz es un hilo de seda que me envuelve—. ¿Qué piensas cuando me ves?
Pierdo el norte. Pierdo la disciplina, el hockey y la promesa que le hice a Mark. La agarro de la cintura y la pego a mí de un tirón. Ella suelta un pequeño jadeo, pero no se antes de tiempo. Sus manos suben por mis brazos, apretando mis bíceps, y juro que siento que me voy a prender fuego.
—Pienso en que te odio —le confieso contra los labios, tan cerca que nuestras bocas se rozan al hablar—. Te odio por haber venido aquí. Te odio por ser la hija de Mark. Y sobre todo, Lola, te odio porque no puedo dejar de querer arrancarte ese vestido y recordarte que, antes de ser tu "hermano", fui el error que no puedes sacar de tu cabeza.
Bajo la cara, buscando su cuello. Aspiro su olor, ese aroma a sol y a fruta que me hace perder la razón. Le doy un beso corto, intenso, justo debajo de la oreja, y escucho cómo suelta un gemido ahogado que me hace vibrar entero.