Prohibido en casa

Capítulo 7: El partido y la herida

El estadio de hockey es una caldera de hielo.

Suena contradictorio, pero no hay otra forma de describirlo. El olor a humedad, a desinfectante y a ese frío metálico que se te mete en la nariz es insoportable.

He venido por compromiso, porque Mark me lo pidió casi como un ruego durante el desayuno: "Es el partido contra los Titans, Lola. Es importante para el equipo, y para mí".

Levamos siete días evitándonos. Siete días en los que el aire de la casa se ha vuelto tan pesado que cuesta respirar. Desde que Logan salió de mi cuarto aquella noche, dejándome con el corazón en la garganta y esa advertencia de que íbamos a arruinarlo todo, no hemos cruzado ni media palabra. Ni una mirada en el desayuno, ni un gesto en el instituto.

Pero el recuerdo de sus manos en mi cintura y de su aliento a milímetros de mi boca me persigue por los pasillos. Sé que él también lo siente; lo noto en cómo tensa la mandíbula cuando paso por su lado. El silencio entre nosotros no es de paz, es una cuenta atrás.

Así que aquí estoy, sentada en una grada de madera que me está dejando el culo congelado, rodeada de gente que grita como si les fuera la vida en ello. Jane está a mi lado, con su bufanda azul y gritando cada vez que el disco choca contra la valla.

Yo, en cambio, solo puedo mirar a un número. El diecisiete.

Logan se mueve por la pista con una agresividad que me asusta. No es el chico que me acorraló en mi habitación hace dos noches; ahora es una máquina. Lleva la armadura, el casco y esa mirada asesina que atraviesa el cristal.

Mark está en el banquillo, caminando de un lado a otro, gritando órdenes con la cara roja de tensión. Se nota que se juega mucho. La presión en este pueblo con el hockey es una enfermedad.

El partido es una carnicería. Los Titans son unos armarios empotrados que no juegan, cazan. Y tienen un objetivo claro: Logan.

—¡Cuidado! —grita Jane, apretándome el brazo.

No me da tiempo ni a parpadear. Uno de los defensas de los Titans, un tipo que dobla a Logan en peso, lo embiste contra la valla a toda velocidad.

El sonido del impacto es seco, como un hueso rompiéndose. Logan sale despedido y cae al hielo. No se mueve.

El estadio se queda en un silencio de tumba durante dos segundos que parecen horas. Mark salta a la pista antes de que los árbitros piten. Yo me he levantado sin darme cuenta, con las manos apretadas contra el pecho. Siento una náusea repentina que me sube por la garganta.

Logan intenta levantarse. Se tambalea. Veo cómo se quita el casco con un gesto violento y, de repente, el rojo destaca sobre el blanco del hielo.

Sangre. Mucha sangre. Le brota de una ceja y le baja por la mejilla, manchando la camiseta inmaculada del equipo.

Los médicos se acercan, pero él los aparta de un manotazo. Está furioso. Cruza la mirada con Mark y, por un momento, veo algo roto entre ellos. Mark no le pregunta si está bien; le grita algo sobre la posición, sobre el fallo, sobre el partido que se les está escapando.

Logan sale de la pista patinando con dificultad, directo al túnel de vestuarios. No vuelve al banquillo. El partido sigue, pero yo ya no puedo estar ahí.

—Jane, me voy abajo —le digo, cogiendo mi mochila.

—Lola, no te van a dejar entrar. Los vestuarios son territorio sagrado después de un golpe así. Mark está de un humor de perros.

Bajo las escaleras a toda prisa, esquivando a la gente. Intento colarme por el pasillo que lleva a la zona de vestuarios, pero un segurata de dos metros me corta el paso con un brazo que parece una valla.

—Zona restringida, chica. No puedes pasar.

—Es mi hermano —miento, y la palabra me quema la garganta—. Está herido, déjame pasar.

—He dicho que no. Vuelve a tu sitio.

Me quedo ahí, apretando los puños, escuchando los gritos de mi padre desde la pista y el ruido sordo de los patines. La impotencia me carcome. Sé que Logan está ahí dentro, solo y sangrando, y yo estoy aquí fuera como una estúpida.

Me rindo, pero no me vuelvo a la grada. Salgo al parking, donde el aire gélido de Canadá me golpea la cara, y busco su todoterreno negro. Me apoyo en la puerta del copiloto, tiritando, con las manos metidas en los bolsillos.

No sé cuánto tiempo pasa, pero para cuando la gente empieza a salir del estadio, yo ya no siento los dedos de los pies.

Entonces lo veo aparecer.

Logan camina despacio, con la bolsa del equipo colgada de un hombro y la mandíbula tan tensa que parece que va a estallar. Tiene una gasa pegada a la ceja que ya está empapada de rojo y el pómulo hinchado.

Al verme apoyada en su coche, se detiene. No dice nada. No hay chulito, no hay "española", no hay nada. Solo una mirada de agotamiento absoluto.

Saca las llaves, abre el coche y subimos en silencio.

El trayecto a casa es eterno. El único sonido es el de la calefacción a tope y el motor rugiendo. Logan conduce con una sola mano, apretando el volante con una rabia contenida que se respira en el aire.

No le pregunto cómo está. No le pregunto si han perdido. Sé que si abro la boca, la tensión que hay en este coche va a saltar por los aires.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.