Prohibido en casa

Capítulo 8: Secretos en la nieve

Canadá ha decidido que hoy no quiere que nadie se mueva.

Han pasado apenas doce horas desde que Logan me dejó plantada en el baño con las manos manchadas de su sangre y el corazón en un puño. Desde entonces, el cielo se ha cerrado en banda.

Lo que empezó anoche como una nevada fuerte se ha convertido en la tormenta del siglo. Mark y Sarah intentaron salir esta mañana para una reunión del club, pero no llegaron ni a la esquina; la radio no para de repetir que las carreteras están cortadas por riesgo de aludes y que nadie debe salir de casa.

Estamos atrapados. Los cuatro.

El ambiente en el desayuno ha sido un poema. Mark no ha parado de hablar de tácticas, de lo que falló en el partido y de que Logan tiene que ser más agresivo, ignorando por completo el tajo que su "hijo" luce en la ceja.

Logan comía en silencio, con esa máscara de hielo que se pone cuando está en modo capitán. Yo ni siquiera podía mirarlo a la cara sin que me ardieran las mejillas recordando lo que me confesó anoche.

"Me estoy muriendo por besarte". Esas palabras me rebotan en la cabeza cada vez que oigo sus cubiertos chocar contra el plato.

Por la tarde, la cosa empeora. Para rematar el día de mierda, la calefacción decide morir. Es una zona vieja y, según dice Mark desde el sótano mientras pelea con las tuberías, el termostato ha pasado a mejor vida.

—Lola, baja al salón —me grita mi padre desde abajo—. Allí hay chimenea y se mantiene el calor. No quiero que te cojas una neumonía el primer mes.

Con un suspiro de derrota, cojo mi almohada y una manta y bajo las escaleras. Sarah está en la cocina preparando una sopa y Mark sigue peleándose con las herramientas, pero Logan... Logan está en el sofá grande del salón, frente al fuego, con un portátil sobre las piernas.

Me siento en el otro extremo del sofá, envolviéndome en la manta hasta la nariz. El silencio entre nosotros es una bomba de relojería que Mark y Sarah, a pocos metros, ni siquiera huelen.

—¿Tienes frío? —pregunta Logan sin dejas de mirar la pantalla. Su voz es baja, áspera, solo para mí.

—Me estoy congelando —respondo de la misma forma.

Él cierra el portátil y lo deja en la mesa de centro. Se gira hacia mí y, por primera vez en todo el día, me mira a los ojos. La ceja le ha bajado la inflamación, pero el corte sigue ahí, recordándome que anoche estuve entre sus piernas en ese baño.

—Ven aquí —dice, señalando el hueco a su lado.

—Nuestros padres están ahí al lado, Logan.

—Están ocupados. Y además, solo nos estamos calentando, ¿no? Es lo que hacen los hermanos.

Ese tono irónico me saca de quicio. Me muevo y me pego a él, compartiendo la manta. En cuanto mi brazo roza el suyo, siento una descarga eléctrica que me recorre entera.

Logan pasa un brazo por encima de mis hombros, atrayéndome hacia su pecho de una forma que parece casual, pero que me hace dejar de respirar.

Pasan las horas. Mark y Sarah terminan por rendirse con la calefacción y deciden irse a dormir temprano.

—Chicos, no os quedéis aquí mucho tiempo —dice Sarah bostezando desde la escalera—. Logan, asegúrate de apagar bien la chimenea antes de subir.

—Sí, mamá. Ahora vamos.

En cuanto escuchamos sus pasos alejarse y la puerta de su habitación cerrarse, el aire en el salón cambia. Ya no hay que fingir. Ya no hay "máscaras de hermanos".

El fuego de la chimenea está empezando a languidecer, dejando el salón en una penumbra anaranjada que lo vuelve todo demasiado íntimo.

—¿Por qué eres tan borde, Logan? —suelto de repente, apoyando la cabeza en su hombro. Necesito saber qué hay detrás de esa muralla—. Anoche, en el baño, parecías otra persona. Y ahora otra vez este muro.

Logan suspira y apoya su mejilla sobre mi pelo.

—Ibiza fue un error, Lola. No porque fuera malo, sino porque me hiciste sentir algo que no puedo permitirme. Aquí soy Logan Hayes, el capitán, el que no tiene debilidades. Y tú... tú eres la mayor de todas. Me hiciste bajar la guardia y cuando te fuiste sin decir nada, me dolió. Mucho más de lo que voy a admitir nunca.

—Me fui porque tenía miedo, Logan. Estaba asustada de lo que sentía por ti y de que mi vida se iba a la mierda.

—Y ahora estás aquí —dice él, girándose para que quedemos cara a cara en el sofá, arrastrando las palabras con ese acento que me desarma—. Viviendo en mi casa. ¿Tienes idea de lo que es intentar odiarte durante el día para no acabar metido en tu cuarto por la noche?

Se le escapa una risa seca, casi dolorosa, y niega con la cabeza.

—Me paso el día queriendo gritarte y la noche queriendo besarte hasta que se me olvide mi propio nombre.

Me quedo sin aire. Su sinceridad es tan cruda que me deja desarmada. Logan estira la mano y me acaricia la mejilla con una delicadeza que me rompe.

—Me vuelves loco, Lola. Y odio... odio no tener el control sobre esto.

El sueño y el calor del fuego terminan venciéndonos. Nos quedamos dormidos allí mismo, enredados bajo la manta. Mi cabeza en su pecho, su brazo rodeándome la cintura.




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