El lunes llega con un sol radiante que no calienta una mierda, pero que hace que la nieve brille tanto que me duele la cabeza.
Después de lo que pasó en el sofá, de esa tregua bajo la manta, esperaba cualquier cosa. Lo que no me esperaba era la ejecución pública que me tenían preparada.
En cuanto pongo un pie en el instituto, noto que el aire ha cambiado. La gente no solo me mira, ahora cuchichea de forma descarada. Veo a un grupo de tías del equipo de animadoras que se quedan calladas cuando paso y se ríen por lo bajini.
—Lola, tienes que ver esto. Ahora —Jane me agarra del brazo nada más llegar a las taquillas. Tiene una cara de pánico que me pone los pelos de punta.
Me enseña la pantalla de su móvil. No es una foto, son dos. Un collage que está corriendo como la pólvora por los grupos de WhatsApp del instituto.
La primera es la del viernes: se nos ve a Logan y a mí saliendo de la fiesta de Miller; él me lleva agarrada del brazo y yo voy con el vestido rojo, despeinada y con cara de pocos amigos.
La segunda es peor. Es del sábado por la noche, en el parking del estadio. Se ve a Logan con la cara ensangrentada, apoyado en su todoterreno, y a mí de frente a él, casi metida entre sus brazos, mirándolo con una cara de preocupación que nos delata por completo.
El pie de foto es veneno puro: «¿Consuelo de hermanastros o romance secreto? La española no pierde el tiempo ni cuando hay sangre de por medio».
—Me cago en todo —susurro, sintiendo que el suelo se abre bajo mis pies.
—Corre el rumor de que os liasteis en el coche las dos noches —dice Jane en voz baja—. Mackenzie está que echa chispas, Lola. Vete de aquí.
No tengo tiempo ni de reaccionar. La marea de gente en el pasillo se abre y Mackenzie camina hacia mí con el paso de alguien que va a cobrar una deuda de sangre. Lleva a su séquito detrás y esa sonrisa de víbora que me hace apretar los puños.
Logan está unos metros más atrás, apoyado en una taquilla con Noah. Me mira un segundo, ve el móvil de Jane y luego aparta la vista como si yo fuera basura.
—Así que la mosquita muerta ha resultado ser una lagarta de cuidado —suelta Mackenzie, plantándose delante de mí—. ¿Qué pasa, "hermanita"? ¿En España es normal acosar a la familia en los parkings o es que eres así de desesperada?
—No sé de qué hablas, Mackenzie. Apártate —le digo, intentando que no me tiemble la voz.
—Hablo de las fotos. Hablo de que no dejas a Logan ni a sol ni a sombra. ¿Qué le hiciste en el coche el sábado, Lola? ¿Le curaste la herida o aprovechaste para meterle mano mientras estaba débil?
El silencio es tan espeso que se podría cortar. Miro a Logan, suplicándole con los ojos que diga algo.
Él se separa de la taquilla y camina hacia nosotras. Su cara es una máscara de piedra. Se detiene a mi lado, pero no me mira. Mira directamente a Mackenzie.
—Déjala, Mack —dice Logan con una voz fría, aburrida, arrastrando las palabras con ese acento suyo que me hiela la sangre—. ¿De verdad crees que tocaría a alguien como ella? Es la hija de Mark, un compromiso que mi madre me ha encajado. Es ruidosa, es intensa y, sinceramente, es tan... annoying. Un dolor de cabeza constante.
Siento como si me hubieran dado un puñetazo en mitad del pecho. Las risas empiezan a sonar a mi alrededor.
—Solo la saqué de la fiesta porque estaba haciendo el ridículo con Noah —continúa Logan, y esta vez sí me gira la cara, mirándome con un desprecio que me desgarra por dentro—. Y lo del parking... bueno, la pobre no sabe moverse por este pueblo y me estaba suplicando que la llevara a casa porque tenía miedo del frío. Es una molestia en mi casa y es una molestia en mi instituto. Haznos un favor a todos, Lola, y mantente en tu sitio de una vez.
Mackenzie suelta una carcajada triunfal y le rodea el cuello con los brazos. Logan se deja abrazar, incluso le dedica una media sonrisa mientras se alejan, dejándome allí, pequeña, expuesta y humillada.
Paso el resto del día como un autómata. En cuanto termina la última hora, me subo al primer autobús que pasa. Necesito gritar. Necesito romper algo.
Lego a casa y, por suerte, Mark y Sarah no están. Entro en la cocina, temblando de rabia.
A los pocos minutos escucho el rugido del todoterreno de Logan. El coche aparca, la puerta se cierra con un golpe seco y segundos después entra él, con esa maldita cara de tranquilidad que me dan ganas de estampar contra la encimera.
—¿Te has venido en autobús? —pregunta como si tal cosa.
Me giro despacio. Lo miro y veo al mismo chico que me confesaba que se moría por besarme hace unas horas.
—Eres un cobarde —le digo, y mi voz suena extrañamente tranquila.
Logan suspira, pone los ojos en blanco y tira las llaves sobre la mesa.
—Lola, stop it. No empieces. Tenía que hacerlo. Esas fotos son un peligro. Si Mark llega a ver la del parking y sospecha algo de lo de Ibiza...
—¡Me has humillado! —le grito, perdiendo por completo los estribos—. ¡Me has llamado molestia delante de todo el mundo! ¡Me has dejado como una desesperada para salvar tu puto culo de capitán!
Editado: 07.09.2026