Prohibido en casa

Capítulo 10: El punto de no retorno. POV LOGAN

Llevo días viviendo en un infierno personal.

Desde que la estampé contra la pared de la cocina y me detuve justo antes de cruzar la línea, llevarla al instituto cada mañana ha sido una tortura china. El silencio en el todoterreno es tan denso que casi se puede tocar.

Ella mira por la ventana, ignorándome, y yo aprieto el volante con tanta rabia que me duelen los nudillos. Solo puedo pensar en el rastro de su olor en la tapicería y en cómo me despreció después de que la humillara frente a todos.

Y ahora, para rematar, el cumpleaños de mi madre.

La casa está a reventar. Ella ha tirado la casa por la ventana y ha invitado a medio vecindario y a sus amigos de la infancia. Entre ellos está Luke, el hijo de un socio de Mark.

Luke es el típico imbécil con sonrisa perfecta y el futuro asegurado que cree que el mundo es su jardín privado. Y desde que ha puesto un pie en el salón, no le quita los ojos de encima a Lola.

Estamos en la cena. La mesa es kilométrica, llena de velas y copas de cristal que tintinean con cada risa falsa.

Me he sentado estratégicamente a su derecha. Lola está en medio, atrapada entre Luke y yo. Mark preside la mesa unos asientos más allá, hablando de hockey con el padre de Luke, mientras mi madre brilla bajo la luz de la lámpara.

Todo parece la estampa de la familia ideal, pero por dentro me estoy desintegrando.

Luke no para. Se inclina hacia ella, invadiendo su espacio, susurrándole idioteces al oído y riéndose de cada palabra que ella suelta.

—¡Qué graciosa eres, Lola! En serio, Mark, esta chica es un soplo de aire fresco para este pueblo —suelta Luke, soltando una carcajada y tocándole el antebrazo con una confianza que me hace ver rojo.

Lola le sonríe. Es una sonrisa forzada, lo sé, pero el simple hecho de que se la dedique a él mientras a mí me ignora como si fuera un fantasma me está quemando vivo.

Ella sigue evitando mirarme, haciendo como si yo fuera parte de la decoración, mientras deja que el imbécil de Luke se acerque cada vez más.

Si ella quiere jugar a que no existo mientras coquetea con ese payaso, voy a recordarle quién manda aquí.

Aprovecho que Mark está contando una anécdota ruidosa para bajar mi mano derecha. La deslizo bajo el mantel, despacio, con la precisión de quien sabe exactamente lo que busca.

Encuentro su rodilla enseguida. Noto cómo se queda petrificada en cuanto mis dedos rozan la tela de su vestido.

Empiezo a acariciarla. No es un roce suave; es una caricia posesiva, lenta, que empieza a subir por su muslo.

Luke sigue hablando de sus vacaciones en Aspen, pero Lola ya no lo escucha. Puedo ver cómo su pecho sube y baja con una urgencia que nada tiene que ver con la conversación.

Subo un poco más. Mis dedos presionan la parte interna de su muslo, justo donde la piel es más sensible.

Lola da un respingo imperceptible para los invitados, pero bajo la mesa, noto cómo sus músculos se tensan bajo mi tacto. Levanta la vista y, por fin, me mira. Sus ojos están cargados de pánico y de una chispa de deseo que intenta ocultar tras la rabia.

—¿Lola? ¿Te encuentras bien? —pregunta Luke, volviendo a tocarle el hombro con ese aire de suficiencia.

Ese toque es el detonante. Aprieto mi mano contra su muslo, subiendo un centímetro más, rozando el límite de lo prohibido.

Lola entra en pánico. Al intentar apartarse de mi mano y del agobio de Luke al mismo tiempo, su codo golpea su copa de agua. El cristal vuelca y el líquido inunda el mantel blanco, empapándole el regazo por completo.

—¡Ay! ¡Lo siento mucho! —exclama ella, levantándose de golpe con la cara encendida como una brasa.

—Vaya, qué torpeza —dice Mark con una sonrisa indulgente desde la cabecera—. No te preocupes, cielo. Logan, acompáñala a la cocina y ayúdala a buscar algo para secarse. Luke, deja que respire, que la tienes agobiada.

Me levanto con una calma que es pura farsa. Mis latidos van a mil, pero mi voz suena como el hielo.

—Claro, Mark. Vamos, Lola.

La sigo fuera del comedor. Ella no se detiene en la cocina; cruza el pasillo y abre la puerta del porche trasero, saliendo al aire gélido de la noche como si necesitara que el frío apagara el fuego que le he provocado bajo la mesa.

Cierro la puerta tras de mí, dejando atrás el murmullo de la fiesta.

Estamos solos. El aire de Canadá es puro hielo, pero ninguno de los dos lo nota.

Lola está apoyada en la barandilla, jadeando, con el vestido mojado pegado a su cuerpo. Se gira hacia mí y sus ojos son dos llamaradas de odio y hambre.

—¿Eres imbécil? —me grita en un susurro vibrante—. ¡Casi nos pillan! ¿Qué pretendías haciendo eso delante de todos?

—No soporto que ese tipo te toque —le digo, arrastrando las palabras, sintiendo cómo el acento defectuoso me deforma la voz. Acondiciono la distancia en dos pasos, acorralándola contra la madera fría—. No soporto que le sonrías a él mientras a mí me tratas como a un extraño después de lo de Ibiza.

—¡Tú me tratas como a una molestia en el instituto! —me echa en cara, golpeándome el pecho con los puños—. Me humillaste, Logan. Me rompiste delante de todos. No puedes marcar territorio ahora como si fuera tuya solo porque tienes celos.




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