Son las once y cincuenta y cinco.
Luego de media hora mirando el techo de mi habitación, contando las sombras que proyectan las ramas de los árboles contra la pared. El silencio en esta casa es engañoso; parece que no pasa nada, pero yo siento que el aire vibra.
Mi padre y Sarah se fueron a dormir hace rato después de la cena de cumpleaños, y todavía puedo sentir el sabor de Logan en mi boca y el frío del porche en mi piel.
"A medianoche estaré en tu cuarto".
Su voz ronca no ha dejado de repetirse en mi cabeza como un disco rayado. ¿Va a venir de verdad? ¿Es tan kamikaze como para cruzar el pasillo con Mark durmiendo a tres puertas de distancia?
Mi padre tiene el oído de un lince y una obsesión con el control que me da escalofríos. Si nos pilla, no habrá explicaciones que valgan. Nos manda a los dos de vuelta a España y a una academia militar sin pestañear.
Escucho un crujido. Muy leve. Casi imperceptible.
Me incorporo en la cama, con el corazón martilleando contra las costillas. La puerta de mi habitación se abre con una lentitud desesperante.
No hay luz en el pasillo, solo una silueta alta y ancha que se desliza hacia dentro con la agilidad de un gato. Logan cierra la puerta sin que el pestillo haga ni un solo ruido.
Se queda ahí, apoyado en la madera, mirándome en la penumbra. Solo lleva unos pantalones de chándal grises y una camiseta negra. No dice nada, pero la tensión que trae consigo llena el cuarto en un segundo.
—Has venido —susurro, y mi voz suena como un hilo de seda.
—Te dije que lo haría —responde él, acercándose a la cama.
Camina con pasos felinos y se sienta en el borde. Siento cómo el colchón cede bajo su peso y mi cuerpo, por puro instinto, se inclina hacia él.
No me besa. No me ataca. Se queda ahí, mirándome de una forma que no le conocía.
En sus ojos no está el capitán de hockey que se cree el rey del mundo, ni el hermanastro borde que me hace la vida imposible. Está el chico de la cala. El Logan que me desarmó en Ibiza.
—Lola… no he podido sacarte de mi cabeza ni un solo día —dice, y su voz es un roce áspero que me pone los pelos de punta—. Ni entrenando, ni cuando intento dormir, ni cuando estoy con gente. Desde el verano, todo ha sido ruido blanco porque tú no estabas.
Se inclina un poco más, acortando la poca distancia que queda.
—Pensé que lo nuestro se quedaría en aquella playa, un recuerdo de esos que guardas en un cajón, pero tenerte aquí, durmiendo under the same roof... bajo el mismo techo… me está matando. Me está volviendo loco.
Se inclina y me besa. Sus manos me agarran la cara con una ternura que me quema por dentro, que me hace querer mandarlo todo a la mierda y decirle que yo también, que yo tampoco he dejado de buscarlo en cada cara que he visto.
Por un segundo, me pierdo. Saboreo ese "nosotros" prohibido que tanto me ha quitado el sueño.
Pero entonces, como un jarro de agua helada, me viene la realidad de Canadá: el frío que no se va nunca, las órdenes militares de mi padre y, sobre todo, la humillación.
Me acuerdo de su cara de asco en el instituto. De cómo me miró como si fuera un bicho raro delante de sus amigos para que nadie sospechara. De cómo me dejó tirada emocionalmente para no joder su estatus de oro.
Me separo. No de golpe, sino con una lentitud que duele. Pongo las manos sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la camiseta, y lo freno.
—No, Logan. No podemos hacer esto —susurro. Noto cómo sus músculos se ponen rígidos bajo mi tacto.
—¿De qué vas, Lola? Estamos solos. Nadie tiene por qué enterarse de nada.
—No es solo por Mark —le suelto, y noto cómo se me cierra la garganta—. Aunque él nos destruiría la vida si se entera. El problema es que somos "familia", Logan. O eso es lo que les vendemos a todos.
Me obligo a sostenerle la mirada en la penumbra.
—El problema es que me trataste como a un trapo sucio delante de todo el mundo en el instituto solo para proteger tu puesto de capitán. Me hiciste sentir que lo de Ibiza fue una alucinación mía, que para ti no significó una mierda.
Logan intenta soltar alguna excusa, lo veo en su mirada, pero no le dejo. No esta vez.
—Solo eres mi hermanastro, Logan. Y yo soy la hija del entrenador, la intrusa que ha venido a estorbar en tu carrera perfecta hacia Michigan. No voy a ser tu secreto para las noches de aburrimiento ni la distracción que te haga perder la beca. No me merezco eso. Así que aléjate de mí. Por favor… lárgate de mi cuarto ahora mismo.
Se queda quieto, como si le hubiera soltado un guantazo con la mano abierta. La ilusión que traía en los ojos se apaga, y en su lugar aparece esa frialdad de hielo que usa como escudo.
Se levanta de la cama con movimientos lentos, pesados. Me mira una última vez, con la mandíbula tan apretada que me pregunto cómo no le estallan los dientes.
—Si eso es lo que quieres… —dice con una voz que da miedo de lo sorda y fría que suena—. Mensaje recibido, step-sister. No te preocupes, no volverá a pasar.
Editado: 07.09.2026