Prohibido en casa

Capítulo 12: Hielo sobre hielo

Los días siguientes fueron una tortura china. Si pensaba que el frío de Canadá era lo peor de este país, estaba muy equivocada.

Lo peor es el vacío. Ese vacío que deja alguien que duerme a tres metros de tu habitación pero que ha decidido que, para él, estás muerta.

Logan cumplió su palabra. Vaya si la cumplió. "Mensaje recibido", me había dicho, y se lo tomó de forma literal. Pasó de ser el chico que me buscaba en la oscuridad a ser un bloque de hormigón.

En el desayuno, ni me miraba. Se limitaba a engullir sus claras de huevo y a escuchar a Mark hablar de tácticas mientras yo removía el café con la mirada clavada en el mantel, sintiendo que me quemaba la garganta con cada sorbo.

El trayecto al instituto era lo más parecido a un funeral con banda sonora. Logan arrancaba el motor del coche con una violencia que hacía que el vehículo temblara, y antes de que yo pudiera abrocharme el cinturón, ya había puesto la música a todo trapo.

Nada de canciones lentas. Ponía rock pesado o ese trap americano que retumba en los bajos del coche, solo para que no hubiera ni un hueco de silencio donde pudiéramos soltar una palabra.

Él conducía con las manos apretadas al volante, los nudillos blancos y la mirada fija en la carretera, como si estuviera en medio de una final de la NHL. Yo miraba por la ventana, viendo pasar los pinos llenos de nieve, y aunque no me mirara, podía notar su incomodidad.

El aire en el coche estaba cargado, denso, como si fuera a estallar una tormenta de un momento a otro. Era una tensión física, una cosa eléctrica que me erizaba los pelos de la nuca.

Me moría por estirar la mano, apagar la radio y gritarle: “¿Vas a estar así para siempre?” Pero me mordía la lengua hasta que me sabía a sangre. Yo había marcado la línea, y él simplemente la había convertido en un muro de Berlín.

Al llegar al instituto, la cosa no mejoraba. En cuanto aparcaba, él salía del coche sin esperarme, se colgaba la mochila y desaparecía entre la gente. Me dejaba ahí, sola, como si fuera una desconocida a la que le ha hecho el favor de traerla.

—Tía, tienes una cara que te llega al suelo —me dijo Jane en cuanto me vio junto a las taquillas.

Jane era mi único bote salvavidas en ese mar de mierda. No preguntaba demasiado, pero lo veía todo. Ella sabía que algo se había roto entre el "hijo perfecto" y yo.

—Es el frío, Jane. No me acostumbro —mentí, cerrando mi taquilla con más fuerza de la necesaria.

—Ya, y yo soy la reina de Inglaterra —Jane bufó—. Es Logan, ¿verdad? Está insoportable. En el entrenamiento de ayer casi se lía a puñetazos con uno de los defensas por un roce de nada. Mark está que echa humo.

Me encogí de hombros, intentando que no me importara. Pero me importaba. Me dolía saber que estaba pagando su frustración con el mundo, pero más me dolía que me hubiera borrado de su mapa.

Me refugié en Jane, en sus cotilleos sobre la gente del instituto y en sus dramas con los de tercero. Necesitaba ruido para no escuchar mi propio cerebro.

Y entonces, apareció Noah.

Noah siempre había estado ahí, como un ruido de fondo amable, pero ahora parecía haber subido el volumen. Empezó por tonterías. Un "hola" más largo de lo normal en el pasillo, un asiento libre que me guardaba en la cafetería, o un mensaje de texto para preguntarme si había entendido los apuntes de Historia.

—¿Te apetece un café después de clase? —me preguntó el martes, apoyado en mi taquilla con esa sonrisa que, a diferencia de la de Logan, era tranquila, sin dobleces—. Te veo un poco agobiada con tanto examen y he pensado que te vendría bien salir de esta burbuja.

Lo miré. Noah es el tipo de chico que mi padre adoraría para mí. Es deportista, pero no está loco. Es guapo, pero no es un capullo. Y sobre todo, no es mi hermanastro.

—No sé, Noah… tengo que estudiar —empecé a decir, pero vi a Logan pasar por el pasillo.

Iba con Mackenzie colgada del brazo. Ella se reía de algo que él le decía al oído y él tenía esa media sonrisa de suficiencia, esa que usaba cuando sabía que el mundo estaba a sus pies.

Ni siquiera giró la cabeza para mirarme, pero estoy segura de que vio a Noah pegado a mí. Lo noté en cómo se le tensó la mandíbula mientras seguía caminando.

—Sabes qué, Noah… me encantaría —dije, subiendo un poco el tono de voz.

Noah sonrió de oreja a oreja y me rozó el brazo con la mano. Fue un contacto ligero, agradable, pero mi cuerpo no reaccionó. Mi piel seguía buscando el incendio de Logan, ese roce que me hacía temblar entera. Pero estaba harta de temblar de miedo. Quería temblar de algo normal.

Los días se convirtieron en una rutina de castigo. En casa, Logan y yo éramos dos extraños que evitaban coincidir en la cocina. Si yo entraba, él salía. Si yo bajaba a por agua, él cerraba su puerta de un portazo sordo que retumbaba en mi pecho.

Mark estaba encantado porque Logan estaba jugando de forma "agresiva y concentrada", sin saber que esa agresividad era puro veneno que el chico no sabía dónde escupir.

Pero Noah seguía ahí. Cada vez más cerca.

Un día, después del entrenamiento matutino de alta intensidad, me lo encontré en la salida trasera. Estaba nevando con ganas y yo no encontraba mis guantes.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.