Prohibido en casa

Capítulo 14: Provocaciones en el hielo

El frío del pabellón es esa clase de presencia que no te deja olvidar dónde estás. Se te mete por la nariz, te corta los labios y te recuerda que aquí, en Canadá, todo es rígido, duro y transparente. Como el hielo.

Mi padre me había pedido que lo esperara en las gradas después del entrenamiento abierto; así que ahí estaba yo, sentada junto a Jane, intentando que el vaho de mi respiración no delatara lo nerviosa que me ponía estar tan cerca de la pista.

Porque estar cerca de la pista significaba estar cerca de él.

Logan era un borrón de velocidad y violencia controlada sobre el hielo. Llevaba el número 17 en la espalda y se movía con una rabia que incluso los padres de los otros jugadores comentaban en susurros. No estaba jugando; estaba embistiendo. Cada vez que chocaba contra la valla, el estruendo me recorría la columna vertebral.

—Tía, Logan va a matar a alguien hoy —me susurró Jane al oído, ajustándose el gorro de lana—. Mira cómo patina. Parece que tiene un demonio metido en el cuerpo.

Yo no respondí. Sabía perfectamente qué demonio era ese. Se llamaba "noche de medianoche" y "mensaje recibido".

En ese momento, vi a Noah. No estaba en el hielo porque seguía recuperándose de ese golpe feo en el hombro, así que iba vestido de calle, con la chaqueta oficial del equipo y esa sonrisa de "buen chico" que ahora me empezaba a parecer una trampa.

Se abrió paso entre la gente y se sentó justo a mi lado, desplazando un poco a Jane.

—Hola, nena. No sabía que venías hoy —dijo Noah.

Su voz era cálida, demasiado íntima para el lugar donde estábamos. Logan, que en ese segundo se acercaba a la banda para beber agua, frenó en seco. Lo vi. Vi cómo sus ojos se clavaban en nosotros a través de la rejilla del casco.

Sus hombros se tensaron tanto que la protección pareció quedarle pequeña.

Noah no perdió el tiempo. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio con una confianza que me hizo tensar. No fue un beso en la boca, pero fue un beso en la mejilla de esos que duran un segundo de más, de los que dejan el olor de su colonia pegado en tu piel y que, desde la distancia de la pista, parecen mucho más de lo que son.

—Me alegra que estés aquí. Me duele menos el hombro solo con verte —me soltó Noah, manteniendo su mano sobre mi rodilla.

El sonido que siguió no fue el de un silbato. Fue el de un patín destrozando el hielo.

Logan soltó el bidón de agua, que rodó por el suelo derramando todo el líquido, y saltó de vuelta al centro de la pista antes de que mi padre diera la orden. Estaba fuera de sí.

El juego se reanudó y el primer chico que se cruzó en su camino, un defensa de segundo año que no tenía la culpa de nada, voló por los aires. Logan lo embistió con el hombro con una fuerza que no tenía sentido en un entrenamiento.

—¡Hayes! ¡Corta esa mierda! —gritó mi padre desde el banquillo.

Pero Logan ya no escuchaba. Noah me apretó el hombro, soltando una risita cínica.

—Míralo. Está perdiendo los papeles. Es un animal, Lola. No sabe controlar lo que siente.

En la siguiente jugada, un compañero intentó quitarle el disco. Logan no solo no lo pasó, sino que le soltó un mamporro con el guante en toda la cara que lo mandó directo al hielo.

Se formó una tangana en un segundo. Guantes por el suelo, sticks volando y Logan en el centro de todo, repartiendo empujones y gritando cosas que el ruido de la grada tapaba, pero que se sentían como cristales rotos.

¡PÍÍÍÍÍÍÍÍÍ!

Mi padre saltó al hielo, patinando con una agilidad impresionante para su edad, y se metió en medio del caos. Agarró a Logan por la pechera de la camiseta y lo sacudió.

—¡A LAS DUCHAS! ¡FUERA DE MI VISTA, LOGAN! —el grito de mi padre retumbó en todo el pabellón, haciendo que el público se quedara en un silencio de muerte—. ¡Estás fuera! ¡Y reza para que no te quite la capitanía hoy mismo por esta vergüenza!

Logan se quedó rígido. El pecho le subía y le baja como si acabara de correr una maratón. Sus compañeros se alejaron de él, dejándolo solo en medio del círculo central.

Lentamente, giró la cabeza hacia la grada. Hacia donde estábamos Noah y yo.

Me lanzó una mirada que me dejó sin aire. No era solo rabia. Era un odio eléctrico, una acusación pura y dura que me quemó la cara. Me estaba diciendo, sin palabras, que cada golpe que había dado era por mi culpa. Que mi presencia allí, con el brazo de su mejor amigo rodeándome, era lo que le estaba pudriendo la sangre.

Fue un segundo de conexión brutal, de esa que te hace sentir que el resto del mundo desaparece. Me sentí pequeña, sucia y, extrañamente, deseada de la peor forma posible.

Se dio la vuelta y patinó hacia el túnel de vestuarios con una furia sorda.

—Vaya numerito —masculló Noah, levantándose—. Voy a ver si necesitan ayuda abajo. ¿Me esperas?

—No, Noah. Vete —le dije, sin poder apartar la vista del túnel.

Justo cuando Logan iba a desaparecer por el pasillo oscuro, una figura rubia y perfecta salió de la nada. Mackenzie. Había estado esperando su momento.




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