Prohibido en casa

Capítulo 15: La propuesta de Noah

Hay silencios que descansan y silencios que te muelen los huesos. El que flota en mi habitación esta noche es de los segundos.

Llevo un rato largo mirando el techo, con las palabras de Noah dándome vueltas en la cabeza como un enjambre de avispas.

Hoy, después del entrenamiento del desastre, Noah me llevó a casa. Fue dulce, fue atento y, sobre todo, fue "correcto", con esa calma que me hace sentir a salvo y aburrida a partes iguales. Y justo antes de despedirse, me soltó la bomba.

—Lola, no quiero seguir siendo el chico que te acompaña a clase —me dijo, buscándome la mano—. Quiero que seamos algo de verdad. Que cuando entremos en el pabellón, todo el mundo sepa que eres mi novia. Que no haya dudas.

Lo miré a los ojos y vi una sinceridad que me dio pánico. Noah es el chico que cualquier madre querría: es guapo, es deportista, es el mejor amigo de mi "hermano" y, lo más importante, no me trata como si fuera un estorbo o un pecado. Con él todo es fácil. No hay gritos, no hay miradas de odio eléctrico, no hay peleas en el hielo. Noah es el refugio.

Pero mi cuerpo es un traidor. Porque mientras él me hablaba de planes y de formalizar lo nuestro, yo solo podía pensar en la mirada que me lanzó Logan desde la pista. En ese odio que me hizo sentir más viva que cualquier caricia de Noah.

—Noah… necesito tiempo —le contesté, y vi cómo su sonrisa se tambaleaba un poco—. Todo esto es muy nuevo para mí. Canadá, mi padre, esta casa… No quiero precipitarme y cagarla.

Él aceptó. Porque es Noah y siempre acepta. Me dio un beso suave en la mejilla y me dejó en la puerta con una promesa de "esperaré lo que haga falta".

Pero yo entré en casa sintiéndome una impostora. Una mentirosa que busca en el chico correcto la cura para el chico prohibido.

Son las tres de la mañana y la sed me quema la garganta. O quizás es la ansiedad.

Me echo una sudadera enorme por encima del pijama de satén —un resto de mi vida en Madrid— y bajo las escaleras descalza, intentando no despertar a mi padre.

La cocina está en penumbra, solo iluminada por la luz azulada que desprende la pantalla de la nevera. Entro esperando estar sola, pero el corazón se me para en seco cuando veo una silueta recortada contra el mármol de la isla.

Es él.

Logan está de espaldas, bebiendo leche directamente del cartón. No lleva camiseta. Los pantalones del chándal le caen bajos en la cadera y la luz fría marca cada músculo de su espalda, cada vértebra, cada cicatriz del hockey. Es una imagen que debería hacerme dar la vuelta y salir corriendo, pero mis pies se quedan clavados al suelo.

Él se da la vuelta lentamente, como si hubiera olido mi presencia. Tiene el pelo revuelto y los ojos oscuros, cargados de un cansancio que no tiene nada que ver con el sueño. Se queda quieto, con el cartón en la mano, recorriéndome con la mirada de arriba abajo.

No dice nada. No hace falta. El aire en la cocina se vuelve espeso, difícil de tragar.

Me acerco a la encimera para coger un vaso, intentando ignorar que estoy a menos de un metro de su piel desnuda, de su calor. Mis manos tiemblan un poco y el cristal choca contra la encimera con un ruidito que suena como un disparo en este silencio.

—¿No puedes dormir, "hermanita"? —su voz suena ronca, más profunda que de costumbre, y me recorre la columna como una descarga.

—Tenía sed —respondo, intentando que mi voz no tiemble.

Abro la nevera y el frío me golpea la cara, pero no es suficiente para apagar el incendio que siento bajo la piel. Noto su mirada clavada en mi nuca. Puedo sentir su respiración, el olor a pomada muscular y a ese perfume suyo que se me ha quedado grabado en el cerebro.

Logan da un paso hacia mí. Solo uno. Pero es suficiente para que el espacio entre nosotros desaparezca.

Me quedo atrapada entre la puerta de la nevera y su cuerpo. No me toca, pero estoy rodeada de él. Es una provocación silenciosa, un juego de poder en el que yo siempre llevo las de perder.

—He visto que has vuelto tarde con Noah —dice con un deje de amargura—. Parece que el "segundo" se está tomando muy en serio su papel de consuelo.

—Noah es un buen chico, Logan. Al menos él no necesita usar a otras personas para reafirmarse —le suelto, dándome la vuelta. El ataque me quema en la lengua—. Porque tú no pierdes el tiempo, ¿verdad? Mackenzie parece estar encantada de ser tu enfermera personal después de tus escenitas en el hielo. Debe ser agotador tener que besarla delante de todos solo para intentar demostrarme que no te importo.

Logan suelta una risa seca, sin una pizca de gracia. Deja el cartón de leche sobre la isla y se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio personal hasta que su pecho casi roza el mío.

—¿Mackenzie? —repite, y una sonrisa ladeada, casi cruel, asoma en su cara—. No te equivoques, Lola. Mackenzie es la única que sabe exactamente qué darme para que me olvide de todo lo demás. Ella es... práctica. Sabe cómo funciona este mundo y sabe estar en su sitio. No como tú, que vas de "niña profunda" mientras te dejas manosear por mi mejor amigo para darme celos.

El golpe me duele más de lo que quiero admitir.

—¿Ah, sí? ¿Entonces ella es lo que quieres? ¿Alguien "práctica" que te ría las gracias mientras te rompes la cara en el hielo? —mi voz sube un tono, cargada de despecho.




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