Prohibido Enamorarse

Capitulo 22

Cuando despierto por la mañana, Aiden no está, y no sé cómo sentirme al respecto. Por una parte, me hubiese gustado despertarme y verlo, pero por otro, el estado en que me vio ayer y la conversación que tuvimos me avergüenzan, y me es muy tentador el quedarme en mi cama, bajo las sabanas, sin ver a nadie, especialmente a Aiden.

Hago uso de toda mi fuerza de voluntad para salir de la cama y dirigirme al baño. Veo mi rostro en el espejo, mi cara se ve como si me faltaran varias horas de sueño. Abro la ducha, y apenas siento el agua correr, me doy cuenta de la gran sed que tengo.

Me ducho y lavo mis dientes a toda velocidad. Salgo del baño y comienzo a rebuscar en mis cajones ropa para ponerme hoy, unas calzas que Joy me regalo, de colores que asemejan el cielo nocturno (sus palabras, no las mías), y una simple polera blanca de manga corta y cuello en V. me visto a toda prisa, y me saco la toalla que he colocado en mi cabello. Solo quiero salir y tomar una jarra gigantesca de agua.

Mientras intento peinar mi cabello mojado, tocan la puerta. Me acerco con cautela, y abro con cuidado, porque no sé quién podría ser a esta hora.

Aiden, recién bañado y con un aspecto impecable, se encuentra frente a mi puerta, con una bandeja llena de comida. Me quedo paralizada, no me lo esperaba.

—Pensaba que te encontraría aun durmiendo—dice, cuando observa que ya me he vestido.— ¿Puedo pasar?

—Sí, perdón—digo, y me hago a un lado para dejarlo entrar.

Cierro la puerta y me volteo. Deposita la bandeja en mi escritorio y observo lo que ha traído. Dos tazas de café humeante, un plato con tostadas, un frasco de yogurt, y dos grandes vasos de agua. Aiden se acerca a mi cama y se sienta en el borde, observándome.

—Me imaginaba que tendrías sed, usualmente cuando uno tiene resaca, le da mucha sed—comenta. No tengo idea de lo que es la resaca, pero me acerco rápidamente para tomar uno de los vasos y comenzar a beber agua.

—Gracias—digo, cuando me acabo el agua, y dejo el vaso sobre la bandeja, avergonzada.

—No hay de que—replica él, con una sonrisa burlona dibujada en su rostro.

—¿Despertaste hace mucho?—pregunto. Le doy la espalda y tomo las dos tazas de café. Me acerco a él y le ofrezco la suya.

—No realmente, me he ido a mi habitación para ducharme y vestirme—dice, toma la taza entre sus manos y me siento a su lado, dejando unos diez centímetros de distancia entre nosotros.— Gracias.

Sonrío, y me vuelvo hacia mi taza. Bebo un sorbo. El calor del café enseguida me hace sentir mejor, aunque me recorre un escalofrío cuando siento las gotitas de agua caer de mi cabello a mi espalda.

—Deberías secarte el cabello—comenta Aiden entre sorbos.

—Después de comer—replico, encogiéndome de hombros.

—Entonces podrías abrigarte un poco mientras ¿no crees?—dice con su típico tono hosco. Se levanta, deja la taza en el escritorio y toma un sweater naranjo que tenía sobre la silla.— Ten.

Me ofrece el sweater, me levanto para dejar mi taza de café, pero él me la quita antes y me entrega el sweater. Me lo intento colocar lo más rápido posible, y por supuesto, termino enredándome. Aiden se ríe, mientras yo tengo la mitad de mi cabeza dentro del sweater.

—Las resacas no son lo tuyo, Leah—dice, y luego siento como se acerca.

Sus manos ayudan a pasar mis manos por las mangas, y por fin logro bajarlo lo suficiente y volver a ver. Sonríe divertido ante mi ineptitud. Tal vez esto sea la resaca, pensar más lento, estar más atareada, tener mucha sed.

—¿Recuerdas algo de anoche?—pregunta de pronto. Mis mejillas se sonrojan de inmediato, y desvío la mirada al suelo.

—Si—musito.

Suelta un bufido, se voltea y me entrega mi taza, mientras que con la otra sostiene la suya. Volvemos a sentarnos al borde de mi cama, y bebemos en silencio nuestro café.

—¿Te ha gustado beber?—pregunta. Me encojo de hombros.

—No sabe realmente bien, pero si me divertí por un momento. Fue extraño, al principio me sentía muy bien, pero luego, estaba demasiado mareada—replico. Miro a Aiden, que me observa atentamente.

—La ebriedad… tiene niveles, por así decirlo. La idea es no excederse, porque acabarías vomitando, o peor, inconsciente—explica Aiden.

—¿Alguna vez has estado ebrio?—pregunto, llena de curiosidad.

—Sí.

—¿Cómo yo?—pregunto. Suelta una carcajada.

—Y peor. Aunque jamás he vomitado—afirma.

—¿Y entonces por que estabas enojado ayer?—pregunto. Su expresión se vuelve seria, y endereza la espalda para mirarme con severidad.

—Porque está prohibido beber para los menores de veintiún años—responde.

Me quedo en silencio. Aiden vuelve sus ojos a su taza y termina de beber su contenido. Se levanta, toma la bandeja, y se acerca con ella para dejarla entre nosotros. Su distancia me molesta, me gustaba cuando estaba cerca, pero sacudo la cabeza alejando ese pensamiento. Me termino mi taza y cojo mi yogurt.

—¿Por qué estaban bebiendo ayer?—pregunta Aiden, sin mirarme.




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