Prohibido Enamorarse

Capítulo 4. Una mamá suplente

El día transcurrió con normalidad. Kiara fue a la universidad y le contó a Max sobre la pijamada con las niñas, de las cosas divertidas que habían hecho y de lo bien que la pasaba con ellas. Max solo sonreía, aunque por dentro no dejaba de preocuparse por ella.

—Mañana es viernes. ¿Deberíamos ir por un café en la mañana? Ya sabes, cuando las niñas se vayan al colegio podemos salir un rato antes de entrar a la universidad. ¿Qué dices? —preguntó Max muy entusiasmado.

—Lo siento, Max, pero mañana tengo que asistir a una junta con la directora de una de las niñas.

—¿Tú por qué tienes que ir? No eres su mamá ni su familiar; su padre tiene que ser responsable, eso ya no es tu trabajo —respondió Max, frunciendo el ceño con enojo.

—Max, cálmate. Yo sé que no soy su mamá, pero su padre no puede asistir, así que me ofrecí a ir —dijo Kiara, tratando de apaciguarlo.

—Kiara, ¿te pagan para ser la mamá sustituta? Ah, ya sé, ¿te contrataron para jugar a la casita con tu jefe? Dime algo: ¿ya se besaron? ¿O por cuánto te estás vendiendo? ¿Dónde quedó tu profesionalismo? ¡Vaya, quién iba a pensar que mi mejor amiga se estuviera metiendo con su...!

Kiara le dio una cachetada para callarlo. Estaba furiosa y con los ojos llorosos; se levantó, le dio la espalda y le dijo:

—Eres de lo peor. Pensé que éramos amigos, pero eres un idiota igual que todos los hombres que conozco.

Max se quedó pasmado, reflexionando sobre lo que acababa de decir y consciente de que se había pasado de la raya.

El día terminó. Max no le dirigió la palabra en lo que restaba de las clases, y el chofer pasó por Kiara para llevarla a casa. Una vez ahí, se cambió de ropa para irse a dormir, pues las niñas ya estaban en la cama.

Sintiendo un poco de sed, fue a la cocina por un vaso de agua y se sentó a la mesa. Un sentimiento de tristeza le inundó el corazón; las lágrimas brotaron de sus ojos al recordar cómo la había tratado Max y también los momentos felices que habían compartido desde que se conocieron. No entendía el porqué de sus celos, ignorando por completo que él estaba enamorado de ella desde el primer día.

Perdida en sus recuerdos, no escuchó cuando alguien entró a la cocina.

—¿Estás bien? —preguntó Alex, acercándose con preocupación.

Kiara se secó las lágrimas rápidamente:

—No lo escuché, señor. No lo desperté, ¿verdad? —contestó, ocultando su rostro.

—No, voy llegando y vi la luz encendida; pensé que eran mis hijas —dijo Alex mientras, con una mano, tomaba el mentón de Kiara para levantar su rostro—. Dime, ¿por qué estás llorando?

Kiara se quedó en silencio un momento. Su corazón comenzó a acelerarse debido a la cercanía de Alex; dio un paso atrás, pero él dio otro al frente.

—No es nada. Estaba recordando cosas del pasado, eso es todo. No se preocupe, estoy muy bien. Mire la hora, debo irme a dormir; mañana tengo que ver a la directora de Lía, así que necesito descansar para estar preparada —explicó Kiara, intentando apartar la mirada para escapar de la situación.

Alex soltó una pequeña carcajada:

—No entiendo: primero lloras y luego te pones nerviosa. ¿Por qué? Ven, siéntate; te haré un té para que duermas bien, así de alterada no lo conseguirás.

Kiara tomó asiento, intentando mantener la calma mientras Alex le preparaba la infusión, aunque los latidos de su pecho no cedían. Cerró los ojos unos segundos.

—¡Listo! —dijo Alex, acercándole la taza—. ¿Segura que te sientes bien? Te veo un poco decaída, ¿no será que te estás enfermando? —añadió, estirando la mano para tocarle la frente con el rostro muy cerca del suyo—. Tu frente está algo caliente, ¿acaso tienes fiebre?

Al sentir su mano, Kiara se ruborizó, bebió un poco de té y evitó mirarlo a los ojos:

—No creo, solo estoy cansada, eso es todo. Si duermo bien, vera cómo me recupero. Mañana tendré toda la energía, no hay de qué preocuparse. Por cierto, su té está muy rico, ¿de qué es? Nunca lo había probado.

—Es té de melisa, también conocido como toronjil. Ayuda a dormir y a relajarse; lo uso en mis giras para descansar mejor —respondió Alex, retirando la mano de su frente.

—Oh, qué interesante. Está muy rico, gracias —le sonrió Kiara.

—De nada. ¿Quieres que le llame a mi doctor para que te revise? Aún tienes la cara roja, déjame comprobar tu temperatura otra vez —insistió Alex, estirando nuevamente la mano.

Kiara se levantó de golpe:

—¡Estoy bien! Ya le dije que necesito descansar y tranquilizarme, y eso es todo. Buenas noches —dijo, dando media vuelta para irse rápido a su habitación.

Alex se quedó con la mano en el aire y una sonrisa en los labios:

—Está bien, no insistiré más. Seguramente tuvo algún problema en la universidad. Bueno, yo también me iré a dormir.

Ya en su habitación, Kiara se llevó la mano al pecho, notando que su corazón seguía latiendo con fuerza mientras caminaba de un lado a otro:

—¿Qué me pasa? ¿Me volví loca? ¿Por qué se acercó tanto su cara? Casi me da un infarto de la emoción. Supongo que es bastante guapo y muy lindo; se preocupó por mí, me hizo un té y hasta quiso que su doctor me revisara. Si supiera que es él quien me pone así de sonrojada y nerviosa... —se decía, sin poder evitar una sonrisa e inundada de euforia antes de detenerse de golpe—. ¿Qué tonterías estoy diciendo? Debo dormir ya. Esto no puede ser: yo soy la niñera y nada más, él jamás se fijaría en mí. Se preocupa por mí como cualquier jefe que no quiere perder la eficacia de su empleada. ¡Sí, eso es!

Gracias al efecto del té, Kiara durmió esa noche mejor que nunca.

Al día siguiente, todos se despertaron con la mejor actitud. Kiara ya se había bañado y preparado para cocinar el desayuno de las niñas antes de partir a su reunión escolar.

—¡Buenos días, Kiara! —dijeron Lía y Cloe, tallándose los ojos con modorra.

—Buenos días, mis amores. ¿Cómo amanecieron? ¿Dormieron bien? —preguntó Kiara con una enorme sonrisa, abrazándolas y besándolas.



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En el texto hay: familia, amor, juveniladulto

Editado: 23.10.2026

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