Prohibido Enamorarse

PROLOGO

La tarde es fría cuando el teléfono de Elena vibra sobre la mesa.
No necesita mirar la pantalla para saber quién es.

—Hola, hija —dice la voz de su padre al otro lado de la línea—. Ya sé dónde te encuentras, en la ciudad de Nueva York. Te doy un año para que te estabilices y busques un hombre que esté a la altura de nuestra familia, porque si no…

La amenaza queda inconclusa cuando alguien le arrebata el teléfono.

—Elena —interviene la voz de su madre desde Rusia—. Tu padre quiere corroborar que estás trabajando. Quiere saber si estás bien… si puedes mantenerte sola en ese país. Ya sabes que no siempre sabe expresarse de la mejor manera.

Elena aprieta los labios y se aleja de la ventana. Lleva tres meses desempleada. Sobrevive gracias a reemplazos nocturnos y trabajos esporádicos que apenas alcanzan para pagar deudas y alimentarse. Nada de eso lo saben sus padres.
A ellos les ha dicho que todo va bien.

—Estoy bien, mamá —responde, con una calma ensayada—. Vivo con una amiga. Me gusta esta ciudad. No pienso volver.

Hay un breve silencio al otro lado de la línea.

—Lo sé, hija —continúa su madre—, pero ya conoces a tu padre. Han venido dos hombres a pedir tu mano. Son buenos partidos… con cuentas muy abultadas y apellidos con renombre.

Elena siente un nudo cerrársele en el estómago.

—Por eso no quiero volver —responde, irritada—. Esos hombres creen que quiero su dinero, y no es así. No quiero pretendientes. Yo elegiré a mi propio hombre, cuando yo quiera… y sí, estará a la altura de nuestra familia.

Su madre ríe suavemente. Elena heredó su temperamento… y la testarudez de su padre. Una combinación explosiva.

—Un año es el plazo —interrumpe nuevamente la voz de su padre—. Te esperamos para el cumpleaños del patriarca. Si no apareces, iré personalmente a buscarte. Y yo mismo me encargaré de conseguirte un buen esposo.

—Pero, padre…

—Conoces nuestra tradición.

La llamada termina.

Elena deja el teléfono sobre la mesa y exhala lentamente.

Su familia siempre ha sido exigente. Viven bajo tradiciones ancestrales, y una de ellas es clara e inquebrantable: se concede un año para encontrar al amor. Si en ese plazo no lo logran, la familia elige al mejor postor y el matrimonio se concreta por conveniencia.

Sus padres son la excepción que todos mencionan. Su padre salió en busca del amor y terminó encontrándolo lejos de Rusia, en Colombia, donde conoció a la mujer que se convirtió en la madre de Elena. Aunque es estricto, cree firmemente que su hija podrá lograrlo también.

O eso quiere creer.

Elena, en cambio, solo puede pensar en una cosa:
si no consigue un trabajo fijo pronto… y un novio, su libertad se acabará.

Y su futuro será decidido por otros.

En la misma ciudad, pero en el extremo opuesto, Vladimir Ivanov observa el horizonte desde lo alto de su oficina. Es un hombre temido, respetado… y desconocido en su verdadera dimensión.

No busca una asistente común. De esas hay demasiadas.

Necesita dos.

Una para su mundo visible: empresas legales, reuniones interminables y una imagen impecable ante inversionistas y autoridades.
Y otra para su verdadero imperio: clubes nocturnos, territorios controlados y un bajo mundo donde las reglas son distintas y un solo error puede costar la vida.

Hasta ahora, ninguna ha cumplido con lo que exige. Todas llegan con personalidades moldeadas para obedecer, no para sobrevivir en los círculos donde él se mueve.

Y el tiempo empieza a jugar en su contra.

Su agenda está a reventar y ni siquiera él puede controlarlo todo solo.

Hay una regla que cumple sin excepción: está terminantemente prohibido enamorarse del jefe. No lo tolera. Para él, el amor es una distracción inútil, una debilidad que entorpece los verdaderos objetivos de su vida. No planea relaciones, mucho menos con empleadas. Todo es estrictamente laboral o si no pueden perder el foco, y un error puede costar caro.

Jamás se ha enamorado.
Jamás ha permitido que alguien despierte algo más que interés pasajero.

Y eso es lo que lo ha mantenido exactamente dónde está.

Novios, matrimonios, romanticismo… en su mundo no son más que ridiculeces.

Ahora su plan es claro.

Necesita una asistente.
Pero no cualquiera.

Está empecinado en encontrar a la correcta.




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