ELENA
—¡Elena, se te hará tarde! —me grita mi amiga desde la planta de abajo.
—¡Voy! —respondo a los gritos.
Recojo mis cosas a la rápida y bajo casi corriendo por las escaleras.
—Por dormilona no alcanzaste ni a desayunar —me reprende, cruzándose de brazos.
—No importa —digo—. Con un café basta.
Me lo bebo de un sorbo. Me lavo los dientes, acomodo mi cabello frente al espejo y reviso mi reflejo con ojo crítico.
—¿Cómo me veo? —pregunto.
Vicky me levanta el pulgar.
—Hermosa como siempre. Ahora ve por ese puesto de trabajo… y espero que te vaya tan bien que salgamos a celebrar.
—Lo haremos —digo con convicción.
Tomo mi cartera y salgo de casa. Me subo al coche y emprendo rumbo a la entrevista para el puesto de asistente de uno de los ejecutivos de Blackline Holdings.
Espero, de verdad, que no sea alguien gruñón y mandón.
En mi último trabajo tuve que aguantar un sinfín de gritos, regaños y el mal humor constante de un jefe al que parecía caerle un rayo cada dos segundos. Tenía una suerte digna de una rata de alcantarilla… y yo era la que siempre terminaba pagando el desastre.
Horrible experiencia.
Por lo poco que he averiguado, se trata de una cadena de restaurantes con presencia nacional e internacional. No sé exactamente qué tan grande es el monstruo… ni me importa.
Solo necesito el trabajo. Para pagar el arriendo, la gasolina y las deudas. Y lo mas importante porque no quiero volver a Rusia. Aun no.
Llevo más de tres meses desempleada. Me despidieron por hacer valer mis derechos frente a un hombre acosador, y todavía me hierve la sangre cuando lo recuerdo. Desde entonces, sobrevivo trabajando de noche, tomando empleos de medio tiempo y reemplazos esporádicos, a veces solo una vez por semana, sin ninguna certeza de si tendré trabajo al día siguiente.
Mi padre llama casi a diario exigiendo pruebas de que tengo una buena remuneración. Está a punto de venir por mí y llevarme de regreso a Rusia para unir a nuestra familia con otra en matrimonio, por pura conveniencia.
Lo amo. Siempre me ha consentido, siempre ha cuidado de mí. Pero esto… esto es lo único que no soporto: que intenten decidir mi vida por mí, imponiéndome plazos, reglas y un futuro que no elegí.
Por eso estoy decidida a demostrarle que puedo vivir sola. Que puedo mantenerme lejos de Rusia.
Y que sus planes estúpidos no van a cumplirse conmigo.
El tráfico está infernal. Un taco del demonio. Como si tocar la bocina fuera a solucionar algo, empiezo a hacerlo sin parar. Más adelante, un tipo saca el brazo por la ventana y me dedica el dedo del medio. Sin pensarlo dos veces, bajo el vidrio y se lo devuelvo con el mismo entusiasmo.
Cuando los autos avanzan, hago lo mismo y quedamos uno al lado del otro. Le toco la bocina.
—¿Qué te pasa, imbécil? —le grito.
El gira su rostro hacia mí, trae unas gafas puestas y me dedica una sonrisa burlona.
—¡Fea! —me lanza.
—¡Muérete, idiota! —respondo, hirviendo.
Acelera y me deja atrás. Sin darme cuenta, terminamos compitiendo como dos estúpidos, hasta que casi termino incrustada en otro coche. Freno de golpe y me veo obligada a cambiar de carril. Por suerte, la vía queda despejada.
Miro la hora. Voy al límite.
Ojalá haya más postulantes. Muchos. Muchísimos. Para que mi retraso pase desapercibido, y no haya perdido esta gran oportunidad, que me costó mucho tiempo poder obtener.
Estaciono, bajo del coche y me cuelgo la cartera al hombro. Aliso mi falda, reviso el maquillaje y entro al edificio: vidrio, acero y altura. Como todas las empresas que huelen a poder.
La puerta automática se abre.
—Buenos días —saludo—. Vengo por una entrevista de trabajo.
—Ascensor número dos, último piso —responde la mujer del mesón sin mirarme—. Aunque llegó quince minutos tarde. Aquí el horario vale oro. Lo mejor sería que regresara por donde vino.
Ni siquiera le doy las gracias. Bastante ha hecho ya con arruinar mi entusiasmo y mis esperanzas de quedar contratada. Camino directo hacia los ascensores. Hay dos idénticos y, honestamente, no tengo idea de cuál es el número dos, así que presiono cualquiera.
Las puertas se cierran.
Pulso el último piso. Mi humor ya está por el suelo gracias al comentario de la recepcionista.
A mitad del trayecto, el ascensor se detiene y entra un hombre.
Rubio. Alto. Guapo.
Viste un traje oscuro a la perfección, como si hubiera sido hecho exclusivamente para él. La tela se adapta a su cuerpo con una naturalidad arrogante, marcando hombros anchos y una postura recta, dominante, imposible de ignorar.
Su rostro es afilado, de facciones firmes. Mandíbula definida. El cabello rubio, ligeramente desordenado, le da un aire peligrosamente atractivo, como si no necesitara esforzarse para imponerse. Pero son sus ojos los que me detienen por completo.
Azules intensos.
Su sola presencia impone una tensión silenciosa dentro del ascensor.
Parpadeo cuando lo reconozco.
—¡Eres tú! —digo, apuntándolo con el dedo—. Así que te gusta insultar mujeres indefensas.
Me cruzo de brazos. Él se ríe, como si esto fuera lo más entretenido de su mañana.
—Tú empezaste —se excusa, con un acento extraño—. Nadie te manda a alterar el ambiente con tu bocina.
—Gran idiota —murmuro, girando la cara hacia otro lado.
Nadie más habla, pero me resulta imposible no recorrerlo con la mirada.
Es de esos hombres que tienen un imán incorporado y te obligan a mirarlos. De los que no deberían existir.
De pronto gira el rostro y me atrapa mirándolo con descaro.
—¿Qué? —pregunto, haciéndome la desentendida.
—Страшная —dice en ruso, llamándome fea con una sonrisa burlona.
Levanto una ceja.
—Fea tu abuela —le respondo, en el mismo idiota.
Y, por primera vez, su sonrisa se tensa apenas… como si no esperara eso de mí.
#5356 en Novela romántica
#1506 en Chick lit
muerte odio violencia peligro accion, mujer indomable, ruso dominante
Editado: 16.01.2026