Prohibido Enamorarse

Capítulo 2: La incorrecta

VLADIMIR

Reviso la hora antes de salir del ascensor y camino hacia donde me espera mi mano derecha. Yuri sostiene los expedientes con ambas manos, ordenados, prolijos, como todo lo que me rodea. Los tomo sin detenerme y avanzo mientras repaso nombres, edades, currículums.

El problema nunca ha sido encontrar una asistente.
El problema es encontrar la correcta.

Las hay eficientes, discretas, obedientes. Demasiado obedientes para mi gusto. Mujeres que bajan la cabeza antes de escuchar la orden completa. Que toman notas sin preguntar. Que sonríen, aunque no entiendan nada. Que se quiebran ante el primer gesto de desagrado.

Esas no sirven.

No me sirven las que no toleran una mala mirada. Las que se paralizan al ver hombres peligrosos, armas ocultas en los bolsillos, conversaciones que no deben ser oídas. Las que tiemblan antes siquiera de entender dónde están paradas.

Miro el reloj.

El tiempo es un lujo que ya no tengo.

La ciudad se extiende bajo mis pies desde el ventanal del último piso. Nueva York nunca duerme… y mi imperio tampoco. Para el mundo, todo es simple: restaurantes de alto nivel, contratos internacionales, cifras limpias, balances impecables. Una fachada perfecta.

Lo que no ven es lo que ocurre cuando cae la noche.

—No podemos seguir así —dice Yuri, apoyado frente a mi escritorio—. Los clubes están desordenados. Necesita ordenar su agenda. Los socios del Bronx exigen respuestas.

—Que esperen —respondo sin girarme—. No negocio bajo presión.

—Van a crearla —replica—. Ya lo están haciendo.

Aprieto la mandíbula.

Necesito control.
Orden.
Y a alguien que pueda moverse entre ambos mundos sin cometer errores.

La última asistente duró tres semanas. Dos llamadas equivocadas, una agenda filtrada y una reunión con el socio incorrecto. Tuve que sacarla antes de que se convirtiera en un problema mayor.

—Las candidatas están listas —informa Yuri—. Seis para la empresa legal. Cuatro para lo demás.

—Ninguna sirve —respondo sin pensarlo.

—Ni siquiera las has visto.

—Las conozco —digo—. Todas iguales, como si estuvieran clonadas, posturas rectas, sonrisas ensayadas, miradas calculadas.

El bajo mundo no admite equivocaciones. Aquí no hay segundas oportunidades ni disculpas. Una persona mal ubicada puede costar millones… o vidas.

—Quiero carácter —añado—. Alguien que no tiemble. Que entienda órdenes. Que no se acobarde ante nadie.

Yuri asiente lentamente.

—Eso no se enseña.

—Exacto.

Vuelvo a mirar la ciudad. Pienso en la reunión de la noche, en los socios que creen que pueden presionarme, en los nombres que debo borrar de mi agenda. No creo en el amor. No creo en vínculos. Las personas son piezas. Las uso mientras sirven. Luego las descarto.

Es simple.

—La entrevista comienza en quince minutos —dice Yuri.

—Entonces que empiece.

Camino hacia mi oficina. Al pasar frente a la sala de espera, deslizo la mirada sobre cada una de ellas. Rostros expectantes. Posturas ensayadas. Sonrisas tensas. Todas sentadas de la misma forma. Todas intentando parecer lo que creen que busco.

Y entonces la veo.

La última levanta la vista justo cuando la observo. Por un segundo sostiene mi mirada. No baja los ojos. No sonríe. No se acomoda nerviosa. Sus ojos grises contrastan con el negro azabache de su cabello. Hay cansancio en su expresión… y algo más. Impaciencia.

Suelta un suspiro y deja caer la cabeza hacia atrás, murmurando algo que no alcanzo a oír.

Frunzo apenas el ceño. Hay algo en ella que no encaja con el resto, y no tiene que ver con la postura ni con la ropa. Es la actitud. Esa forma de mirar sin pedir permiso, esa expresión de quien no espera favores ni busca aprobación, como si ya estuviera cansada de perder el tiempo y no tuviera ningún miedo a incomodar.

Una imagen cruza mi mente sin pedir permiso: una bocina insistente, una boca insolente, una mujer que no se achicó ni un segundo. El tráfico. El ascensor. El insulto directo. La manera en que me sostuvo la mirada como si no me debiera absolutamente nada.

Frunzo el ceño con más fuerza.

Son varias, sí. Pero ninguna más tuvo el descaro de insultarme en la calle… ni de devolverme una palabra en ruso sin titubear, sin sorpresa, sin bajar la mirada después. Mi atención vuelve a ella, contra mi voluntad.

No sonríe. No intenta agradar. No actúa. No parece medir cada gesto para encajar. Y eso, en mi experiencia, es peligroso.

No sé si es la correcta. No sé si es la más preparada. Pero hay algo que tengo claro: es la única que no parece necesitar este trabajo para sentirse menos.

Y no puedo darme el lujo de equivocarme otra vez.

Necesito a una de estas mujeres. La necesito el lunes trabajando, sin falta. Mis ojos regresan a ella una última vez antes de entrar a mi oficina.

La incorrecta.
Y, quizá por eso mismo… la única que me interesa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.