ELENA
El rubio se pasea frente a nosotras, observando a cada una de las mujeres que esperamos allí. Su mirada es lenta, analítica. No se le escapa nada.
Un mal presentimiento se me instala en el vientre cuando lo veo detenerse frente a una puerta de vidrio con letras doradas.
CEO VLADIMIR IVANOV.
¡Me lleva el carajo!
Echo la cabeza hacia atrás y apoyo la nuca contra la pared. Alzo la vista al cielo, como si eso pudiera ayudarme, y en ese instante entiendo que la recepcionista tenía razón. No debí subir. Nunca debí subir.
Aprieto los labios. Un nudo se me forma en la garganta.
Me esforcé demasiado para llegar hasta aquí… y lo acabo de arruinar todo.
Le saqué el dedo al jefe.
Lo insulté.
Lo llamé idiota.
Cierro los ojos con fuerza.
Tengo un carácter que me cuesta controlar. Soy explosiva…, tengo una lengua difícil de controlar y esta vez, definitivamente, me va a pasar la cuenta.
Sale la primera joven con una sonrisa de oreja a oreja. Viste un vestido elegante, caro, ceñido al cuerpo, resaltando sus curvas. Cuando bajo la vista hacia mi propia ropa, me siento de inmediato fuera de lugar.
Y, para rematarla, soy la última.
Una a una, van pasando.
Hasta que quedo sola.
Las manos me sudan cuando la secretaria se acerca y me indica que el señor me espera. Camino con cuidado, como si el suelo pudiera quebrarse bajo mis pies. Antes de tomar la manilla, elevo una silenciosa plegaria al cielo, rogando que no me vaya mal.
Giro la manilla. La puerta cede e ingreso.
Él está de pie, con mi currículum entre los dedos. Sin mirarme, me indica con un gesto seco que tome asiento. Obedezco. Me siento con la espalda recta, cruzo las manos sobre el regazo y esbozo una sonrisa amable y profesional.
—Buenos días, señor —digo, intentando sonar respetuosa, con la esperanza de que su mente se haya reiniciado y haya olvidado que lo insulté, que lo miré con descaro… y que, de paso, también insulté a su abuela.
Levanta la mirada hacia mí. No responde.
—Elena Kova Martínez —lee, bajando la vista al documento—. Veintidós años. Soltera. Sin hijos. Padre ruso, madre colombiana.
Trago saliva con cuidado. Incluso en eso intento no fallar.
—Hablas tres idiomas: español, inglés y ruso —dice—. ¿Cómo aprendiste los tres?
Carraspeo antes de responder.
—Soy de Rusia, es mi lengua materna —explico—. Mi madre es colombiana, fue ella quien me enseñó su idioma. El inglés lo aprendí desde pequeña; en mi familia siempre fue obligatorio.
—Buen historial, experiencia sólida… —baja el currículum—. Pero hay dos problemas
Sus ojos fríos se clavan en mí, cortándome el aire.
—Fuiste la última en llegar. Diecinueve minutos de retraso —dice sin alzar la voz—. En mi mundo, eso es inaceptable.
Hace una breve pausa y hojea el expediente.
—Y hay algo más. En tu antiguo trabajo no dieron una buena referencia. Te describieron como una mujer complicada. ¿Qué tienes que decir al respecto?
Aprieto los labios y maldigo internamente a ese viejo estúpido por mentir. Pero la sinceridad siempre ha sido parte de mí.
—Golpeé a uno de los empleados por intentar sobrepasarse conmigo —respondo, sin vergüenza—. Era familiar directo del dueño. Supongo que eso explica por qué ahora soy “complicada”.
Asiente lentamente volviendo su mirada hacia el documento. Me mantengo quieta. Y por lo del retraso no respondo. Porque él sabe perfectamente que nos cruzamos en el camino hacia aquí.
—Aun así —continúa—, no descarto por completo la posibilidad de que seas mi asistente. Aunque hay otras candidatas con mejor experiencia que tú.
Con lo último que dijo, es como lanzarme un jarro de agua helada encima; mi esperanza se acaba de extinguir. Soy buena, sí, pero no tanto como otras que de seguro ya aseguraron el puesto.
—Puedes retirarte —dice, sin más.
Tomo mi cartera y me encamino hacia la salida. Justo antes de abrir la puerta, me giro apenas. Su mirada sigue clavada en mí. No sé si en mi espalda… o más abajo.
—Tienes sucia la pierna —dice.
Bajo la vista y levanto ligeramente la pierna.
Tiene razón.
Una mancha oscura rompe la pulcritud de la tela.
¡Maldicion!.
—Que tenga buen día, señor —respondo, sin poder ocultar del todo el desánimo.
Porque con las demás se demoró mucho más. Yo entré… y salí. Así de simple. La secretaria me mira con una lástima tan evidente que confirma lo que ya sé: perdí el puesto.
Regreso al lugar donde estaba sentada antes y me dejo caer un momento para limpiar la mancha de la pierna. Saco mi botella de agua, mojo un pañito y froto la tela hasta que, por suerte, vuelve a verse limpia. Mi estómago ruge con fuerza. Ya casi son las doce del día y llegué aquí a las nueve. El hambre empieza a volverse insoportable.
El ruso vuelve a salir, pero esta vez evito mirarlo. Ya lo grabé demasiado bien en la retina como para regalarle nuevas miradas. Me pongo de pie y camino hacia el ascensor. Él vuelve a subir. Yo me acomodo en una esquina, reviso el móvil y le escribo a Vicky diciéndole que no habrá fiesta.
El teléfono vibra. Es una llamada y contesto de inmediato.
—¿Bueno? —saludo—. Sí, estoy desocupada durante la noche.
Es el dueño del club donde suelo hacer horas de trabajo esporádicas. Me pide que reemplace a una de las muchachas.
—No se preocupe, yo la reemplazo. Nos vemos —respondo.
Cuelgo y suelto un suspiro pesado. Le escribo de inmediato a Vicky para avisarle que tendré que ir a trabajar al club esta noche. Tenía la esperanza de no volver más, pero por ahora es lo único que me da dinero y me permite mantener mis gastos —y mis deudas— al día.
Siento la mirada del ruso sobre mí. Ya dije que no le regalaría ni una mirada más; solo lograría que se creyera la gran cosa.
Aun así, tengo ganas de que su mirada se cruce con la mía, de recorrer su rostro con los ojos…
Pero no.
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Editado: 16.01.2026