Prohibido Enamorarse

Capítulo 4: El otro rostro

ELENA

—Anímate, Elena —dice Vicky—. El señor te dijo que estuvieras atenta al teléfono. No ha pasado ni un día y ya estás negativa.

—Es que… fui la última —respondo—, y la secretaria me miró con lástima, como si ya supiera algo.

Dejo caer la cabeza sobre la mesa, derrotada. Vicky se echa a reír.

—Qué dramática eres —dice entre risas—. Además, habló de durante la semana y recién estamos a miércoles. Puede que hasta el sábado todavía tengas esperanzas.
Hace una pausa y añade—: Y ya sabes que hay más trabajos donde dejaste tus papeles. De alguno te van a llamar.

Con Vicky nos conocimos hace unos meses en una panadería. Ella es colombiana y conectamos de inmediato, quizá porque compartíamos ese mismo cansancio de empezar de cero. Consiguió la visa de trabajo y la invité a vivir conmigo para repartir gastos y hacer todo un poco más llevadero.

—Pero eso fue hace un mes… y otros hace muchos meses más —le respondo, mirándola de reojo—. No me han llamado de ninguno. Yo solo quiero un trabajo. Algo fijo, no algo esporádico.

—¿Mañana no tienes otra entrevista? —pregunta ella.

—Sí, pero no es mi favorita —digo, desanimada—. La de hoy era perfecta… y lo arruiné.

Miro el reloj. Avanza con una lentitud cruel. A las diez de la noche entro a trabajar y salgo recién a las seis de la mañana. Termino rendida y suelo dormir todo el día. En ese club solo llega gente adinerada, hombres que casi siempre tienen más de una amante y las llevan a lugares donde saben que sus esposas jamás pondrían un pie.

Ahí es donde he trabajado hasta ahora.

Hoy, sin embargo, me toca en uno nuevo. Está más al norte, es más exclusivo que los anteriores, así que debería ser más relajado. Eso quiero creer. Eso espero.

—Es la hora —dice Vicky—. Vete o se te hará tarde. Y sabes que ese señor tiene muy mal carácter.

Asiento y me pongo de pie. Voy con ropa deportiva porque allá nos cambian: el uniforme del club es siempre el mismo, un vestido demasiado corto y escotado, acompañado de unas bucaneras con tacones que cubren hasta las rodillas.

Ya voy maquillada. No me gusta que me maquillen en el club, demasiado exagerado para mi gusto. Prefiero algo más simple… aunque sé que esta noche, como tantas otras, nada tendrá de simple.

Coloco música y comienzo a cantar a todo lo que me da la voz. Al menos eso me despeja la cabeza.

Llego justo a la hora. Rodeo la entrada principal y camino directo hacia los camarines. Toco cuatro veces y me abren de inmediato. Gael está histérico, caminando de un lado a otro, gritando órdenes y repitiendo que todo debe estar perfecto porque esta noche viene el jefe de jefes.

—Muchacha, por fin llegaste —dice apenas me ve. Revisa mi maquillaje con ojo crítico y finalmente asiente—. Bien. Ve a cambiarte.

—¡Todo debe salir bien! ¡Tenemos que brillar! ¡Muévanse! —grita a las demás.

Busco entre la ropa mi talla. Me calzo el vestido y una de las chicas me sube el cierre. Luego me pongo las botas. Gael me observa de arriba abajo y chasquea la lengua, satisfecho.

—Hermosa… adoro tus curvas —dice, haciéndome girar—. Hoy te encargarás de la barra y, cuando yo te indique, irás a algunas habitaciones VIP. Debes estar atenta a todo. Recuerda que estás reemplazando a la líder.

—Lo tengo claro —respondo.

—La paga de hoy será muy buena, sobre todo si atiendes bien la habitación del jefe —añade con una sonrisa calculadora.

—Todo sea por el dinero —digo, riendo sin muchas ganas.

Me da una palmada en el trasero y avanzo hacia la barra. El lugar ya está lleno. Luces bajas, música fuerte, risas y copas chocando. Me ubico en mi puesto y comienzo a preparar tragos sin parar. Agito la coctelera con movimientos precisos, sirvo el contenido en el vaso lleno de hielo y coloco la decoración.

—Preciosa, un whisky doble —me pide uno de los clientes.

Tomo la botella y preparo cuatro whiskies dobles más que me solicitan casi al mismo tiempo. Pierdo la cuenta de cuántos tragos llevo. La cajera está atenta y más le vale, porque cada trago que preparo suma un pago adicional.

Reparo el lugar con atención y no puedo evitar sentir curiosidad: desde que llegué, nadie me ha faltado el respeto ni se ha tomado atribuciones que no le corresponden. A diferencia de otros sitios en los que he estado últimamente, este lugar es… demasiado tranquilo como para creerlo.

Me siento un momento. Los pies me duelen de tanto estar de pie. El descanso dura apenas cinco minutos, porque Gael me hace una seña desde el otro lado del salón.

Me pongo de pie de inmediato y camino hacia donde él está.

—Lleva este carrito hasta la habitación principal. No hables, no mires, mantén la mirada baja. Solo concéntrate en preparar los tragos que te pidan… y te marchas.

Asiento, aunque la advertencia solo logra ponerme más nerviosa.

Arrastro el carrito y atravieso las cortinas pesadas. Aquí las luces son bajas, teñidas de un rojo intenso que le da al lugar un aire denso, casi irreal. Camino hasta el final del pasillo y golpeo la puerta.

—Servicio a la habitación —anuncio.

Se demoran en responder.

—Adelante.

Abro la puerta y entro, arrastrando el carrito conmigo. La habitación es amplia, lujosa. Las luces siguen bajas, creando una atmósfera cargada, sensual. Avanzo con la mirada gacha, tal como me indicó Gael, evitando a toda costa mirar al señor.

Me muevo con cuidado, acomodando mis implementos, esperando que me diga qué desea. Pero nadie habla.

Entonces, desobedezco.

Porque soy testaruda.

Alzo la mirada… y me quedo de piedra, cuando lo veo a él.

Vladimir Ivanov.

Está sin camisa, solo con el pantalón puesto —gracias a Dios—. Una mujer, prácticamente desnuda, le amasa los hombros con descaro, como si tuviera derecho sobre su piel. Otra sale del baño envuelta en un babydoll mínimo, todavía húmeda, y sin pedir permiso se acomoda sobre sus piernas.
La escena es obscena, excesiva. Juro que me cuesta tragar saliva.




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