Prohibido enamorarse del Idiota de al Lado

CAPITULO 1

El peor día para mudarse

**ALESSIA BEAUMONT**

Si alguien me hubiera dicho que el día de mi mudanza terminaría con una escoba en la mano, un desconocido dentro de mi apartamento y mi cordura pendiendo de un hilo, probablemente me habría reído.

Bueno.

Tal vez no.

Porque últimamente mi suerte tenía una extraña forma de convertir cualquier situación normal en un desastre absoluto.

Y todo había comenzado aquella mañana.

Me encontraba sentada en medio de cajas de cartón, observando el pequeño apartamento que había sido mi hogar durante los últimos tres años.

Las paredes estaban vacías.

Las estanterías también.

Y el silencio que llenaba el lugar resultaba extraño.

Demasiado extraño.

Durante semanas había esperado ese momento.

Mudarse significaba avanzar.

Significaba independencia.

Significaba demostrarme que podía comenzar de nuevo.

Sin embargo, mientras observaba la sala completamente vacía, sentí una punzada de nostalgia.

—No te pongas sentimental ahora —me dije.

Tomé mi taza de café.

Le di un sorbo.

Hice una mueca.

Estaba frío.

Perfecto.

Otra señal de que el universo había decidido declararme la guerra.

Me levanté.

Tomé una de las últimas cajas.

Y avancé hacia la puerta.

—Nueva casa, nueva vida.

Repetí aquella frase varias veces durante el trayecto.

No porque la creyera.

Sino porque necesitaba convencerme.

Después de todo, mudarme no había sido una decisión impulsiva.

Había trabajado durante meses para poder permitirme aquel apartamento.

Meses de horarios agotadores.

Meses de ahorrar hasta el último centavo.

Meses imaginando cómo sería tener un lugar completamente mío.

Y ahora finalmente estaba sucediendo.

Nada podía arruinarlo.

Absolutamente nada.

Una hora después comprendí lo equivocada que estaba.

El edificio parecía sacado de una revista.

Era elegante.

Moderno.

Luminoso.

Y estaba ubicado en una zona mucho mejor que mi antiguo barrio.

Durante unos segundos me permití sentir orgullo.

Lo había conseguido.

De verdad lo había conseguido.

Tomé una fotografía de la entrada.

Se la envié a mi mejor amiga.

CAMILLE: ¿Ya llegaste?

YO: Sí.

CAMILLE: ¿Y?

YO: Todavía no ha ocurrido ninguna tragedia.

CAMILLE: Entonces aún es temprano.

Puse los ojos en blanco.

Porque lo peor era que tenía razón.

Guardé el teléfono.

Entré al edificio.

Y me dirigí al ascensor.

al menos esa era la intención.

Un cartel llamó inmediatamente mi atención.

FUERA DE SERVICIO.

Me quedé inmóvil.

Lo leí una segunda vez.

Después una tercera.

Como si mágicamente las palabras fueran a cambiar.

No cambiaron.

—No puede ser.

—Créame, señorita, yo tampoco estoy feliz.

Levanté la vista.

Una mujer mayor me observaba desde el mostrador de recepción.

Tenía gafas enormes.

Cabello gris perfectamente recogido.

Y una expresión que parecía juzgar a toda la humanidad.

—Por favor, dígame que vuelve a funcionar en cinco minutos.

—No.

—¿Diez?

—No.

—¿Treinta?

—No.

Suspiré.

Ella suspiró conmigo.

Como si ambas compartiéramos el mismo sufrimiento.

—¿Qué piso?

—Cuarto.

—Mucha suerte.

No me gustó la forma en que dijo eso.

Para nada.

Porque sonó exactamente igual que alguien deseándole suerte a una persona que estaba a punto de entrar en una batalla.

Y técnicamente no estaba equivocada.

Porque mis cajas seguían afuera.

Esperándome.

Como una amenaza silenciosa.

Treinta minutos después estaba sudando.

Una hora después estaba reconsiderando todas mis decisiones de vida.

Y una hora y media después estaba convencida de que jamás volvería a comprar un libro.

Amaba leer.

De verdad.

Pero en aquel momento cada novela que poseía pesaba aproximadamente lo mismo que un automóvil.

—¿Por qué tengo tantos?

Mala pregunta.

Conocía perfectamente la respuesta.

Porque tenía un problema.

Un problema llamado librerías.

Y ahora estaba pagando las consecuencias.

Sujeté otra caja.

Subí varios escalones.

Intenté ignorar el dolor en mis brazos.

Y entonces ocurrió.

La caja resbaló.

Mis ojos se abrieron.

—No.

Intenté sujetarla.

—No.

Volví a intentarlo.

—¡NO!

Demasiado tarde.

La caja cayó escaleras abajo.

Golpeó un escalón.

Después otro.

Y otro.

Y otro más.

Hasta explotar en el piso inferior.

Cientos de libros quedaron dispersos por todas partes.

Silencio.

Absoluto silencio.

Luego escuché una carcajada.

Una carcajada masculina.

Y fue en ese momento cuando conocí al hombre que estaba a punto de arruinar mi tranquilidad.

La carcajada volvió a escucharse.

Lenta.

Divertida.

Y completamente fuera de lugar.

Porque mis libros acababan de sufrir una muerte violenta.

Levanté la cabeza.

Y ahí estaba.

Apoyado contra la pared como si estuviera presenciando la mejor comedia del año.

Durante unos segundos me limité a observarlo.

Cabello oscuro.

Ojos claros.

Hombros anchos.

Y una sonrisa que gritaba problemas.

Muchos problemas.

—¿Te parece gracioso?

Su sonrisa se amplió.

—Un poco.

—Mis libros acaban de suicidarse por las escaleras.

—Técnicamente fue homicidio involuntario.

Parpadeé.

—¿Acabas de corregirme?

—Sí.

—No te conozco.

—Y ya me estás juzgando.

—Porque te lo mereces.

La carcajada que soltó fue tan espontánea que me irritó todavía más.

¿Cómo podía alguien estar tan relajado?



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En el texto hay: enemistolover, amor humor

Editado: 13.06.2026

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