Prohibido enamorarse del Idiota de al Lado

CAPITULO 2

* ALESSIA

—Alessia… esto no es lo que parece.

La frase quedó suspendida en el aire.

Durante unos segundos nadie se movió.

Ni ellos.

Ni yo.

Apreté con más fuerza el palo de la escoba.

Porque sinceramente no encontraba una explicación lógica para aquella situación.

Había pasado todo el día mudándome.

Mis brazos estaban destrozados.

Mi espalda me odiaba.

Y ahora encontraba a mi nuevo vecino dentro de mi apartamento acompañado por un desconocido.

No.

Definitivamente aquello parecía exactamente lo que parecía.

—No se muevan.

El hombre desconocido parpadeó.

Nikolai soltó un suspiro.

—¿En serio?

—¿Acabas de entrar en mi apartamento sin permiso y esa es tu preocupación?

—La escoba me preocupa bastante.

—Me alegra.

—Creo que estás exagerando.

—Creo que tú estás invadiendo propiedad privada.

—Eso suena peor cuando lo dices así.

—Porque es peor.

El desconocido levantó lentamente ambas manos.

—Yo puedo explicar…

—No hables.

Volvió a cerrar la boca inmediatamente.

—¿Quién es él?

Señalé al hombre.

Nikolai se masajeó la frente.

—¿Podrías bajar la escoba?

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía no confío en ustedes.

—Eso es ofensivo.

—Sobrevivirás.

—Empiezo a notar que esa es tu frase favorita.

—Empiezo a notar que hablas demasiado.

Una sonrisa apareció en su rostro.

Y por alguna razón eso me irritó todavía más.

—Alessia.

—¿Qué?

—Respira.

—No me digas que respire.

—Está bien.

—Y deja de actuar como si esto fuera normal.

—Créeme.

No lo es.

Por primera vez desde que lo conocía parecía sincero.

Solo un segundo.

Un segundo tan breve que casi pensé que lo había imaginado.

Pero entonces volvió a sonreír.

Y desapareció.

—Voy a contar hasta tres.

—Eso nunca termina bien.

—Uno.

—Alessia…

—Dos.

—Escucha…

—Tres.

—¡Hay una fuga de agua!

El silencio cayó sobre la cocina.

Parpadeé.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

—¿Qué?

—Una fuga.

—¿De agua?

—Normalmente las fugas suelen ser de agua.

—No seas sarcástico.

—Tú empezaste.

Cerré los ojos.

Respiré profundamente.

Y recordé que acabar en prisión durante mi primer día de mudanza probablemente no sería una experiencia agradable.

—Explícate.

Nikolai señaló la pared de la cocina.

—Hace aproximadamente una hora apareció humedad en mi apartamento.

Mi mirada siguió la dirección de su dedo.

La pared parecía normal.

Al menos por ahora.

—Llamé al administrador.

—¿Y?

—Envió a alguien para revisar.

Señaló al hombre que seguía observando la escena.

—¿Es cierto?

El desconocido asintió inmediatamente.

—Sí, señorita.

—¿Y usted es?

—Miguel.

—¿Qué hace aquí?

—Soy fontanero.

Mi escoba descendió unos centímetros.

Solo unos centímetros.

—¿Fontanero?

—Sí.

—¿De verdad?

—Llevo quince años siéndolo.

—Y jamás me habían amenazado con una escoba.

Sentí que mis mejillas comenzaban a calentarse.

—No fue una amenaza.

Nikolai soltó una carcajada.

—Claro que lo fue.

—Nadie te preguntó.

—Literalmente levantaste la escoba como si fueras una guerrera medieval.

—Cállate.

—Lo intento.

—Pues inténtalo más fuerte.

Miguel observó a uno.

Después al otro.

Y finalmente soltó un largo suspiro.

—¿Van a seguir peleando mucho tiempo?

—Él empezó.

—Ella empezó.

Los dos hablamos al mismo tiempo.

El fontanero cerró los ojos.

Como si estuviera reconsiderando todas sus decisiones profesionales.

Y sinceramente no podía culparlo.

Diez minutos después me encontraba escuchando la explicación completa.

La fuga era real.

Y también era un problema.

Uno bastante grande.

Según Miguel, una tubería principal conectaba ambos apartamentos.

Y algo estaba fallando.

—¿Qué tan grave es?

—Todavía no lo sabemos.

No me gustó esa respuesta.

Nada.

—¿Qué significa todavía?

—Que necesitamos revisar ambos apartamentos.

—Perfecto.

—Y quizás abrir una pared.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Solo si es necesario.

—¿Abrir una pared?

—Sí.

—¿Mi pared?

—Sí.

—Acabo de mudarme.

—Lo sé.

—Ni siquiera terminé de desempacar.

—Lo sé.

—Esto es ridículo.

—También lo sé.

Comenzaba a sospechar que Miguel estaba acostumbrado a dar malas noticias.

Y a recibir exactamente la misma reacción.

Nikolai, por supuesto, parecía estar disfrutando toda la situación.

—¿Por qué sonríes?

—Porque me gusta que alguien más tenga tan mala suerte como yo.

—Eres una persona horrible.

—Lo sé.

—Y además lo admites.

—Eso me convierte en una persona honesta.

—No funciona así.

—Debería funcionar.

Lo observé incrédula.

Y una vez más tuve la certeza absoluta de que mi nuevo vecino iba a convertirse en el mayor dolor de cabeza de mi vida.

Lo que todavía no sabía…

Era que aquella noche apenas estaba comenzando.

Esto parece exactamente lo que parece

Miguel continuó revisando la cocina durante varios minutos.

Mientras tanto, Nikolai permanecía apoyado contra la encimera como si estuviera en su propia casa.

Lo cual era irritante.

Muy irritante.

—¿Piensas quedarte ahí para siempre?

Levantó la vista.

—¿Te molesta?

—Muchísimo.

—Entonces sí.

—Insoportable.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Ya lo sé.

Comencé a sospechar que aquella conversación iba a repetirse durante el resto de nuestras vidas.



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En el texto hay: enemistolover, amor humor

Editado: 13.06.2026

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