Prohibido enamorarse del Idiota de al Lado

CAPITULO 3

**ALESSIA

Hay personas que aparecen en tu vida para enseñarte lecciones importantes. Otras llegan para ayudarte a crecer. Y luego estaba Nikolai Morel. Un hombre cuya única misión parecía ser destruir mi paciencia.

Abrí los ojos lentamente. La luz del sol se colaba por la ventana. Por un instante no recordé dónde estaba. Luego vi las cajas. Las maletas. Los libros apilados. Y todo volvió de golpe. Mi mudanza. La fuga. La inundación. El techo derrumbándose. La anciana atrapada. Y mi insoportable vecino.

Suspiré y enterré la cara en la almohada. Definitivamente había sido el día más agotador de mi vida. Miré el reloj. Las seis y cuarenta y cinco de la mañana. —Esto debería ser ilegal.

Cinco minutos después escuché golpes. Abrí un ojo. Luego el otro. Volvieron a sonar. Esta vez más fuertes. —No… Por favor no. No tan temprano.

Me levanté arrastrando los pies. Todavía medio dormida. Y avancé hacia la puerta. Cuando la abrí no encontré a nadie. Fruncí el ceño. Miré a la izquierda. Nada. Miré a la derecha. Nada. Y entonces lo vi. Había una pequeña caja sobre el suelo. Justo frente a mi puerta. —¿Qué demonios…?

Me agaché. La recogí. Y regresé al interior del apartamento. Durante unos segundos observé el paquete. Era pequeño. Liviano. Y sospechoso. Muy sospechoso. Finalmente lo abrí. Lo primero que encontré fue una diminuta llave inglesa de juguete. Parpadeé. Una vez. Dos veces. Luego encontré una nota. La desplegué. Y comencé a leer.

“Para que estés preparada para la próxima fuga de agua.”

Debajo había otra línea.

“Con cariño, tu vecino favorito.”

Me quedé inmóvil. Completamente inmóvil. Después releí la nota. Por si acaso. No mejoró. Seguía siendo igual de irritante. —Nikolai… Apreté la hoja entre mis dedos. —Voy a matarte. No literalmente. Probablemente. Tal vez. Dependía de cómo avanzara el día. Porque aquello no era una broma. Era una provocación. Una provocación directa. Y yo no pensaba quedarme de brazos cruzados. Ni hablar. Si Nikolai Morel quería guerra… Acababa de declararla oficialmente.

Una hora más tarde me encontraba observando la puerta del apartamento 408. Con una misión. Una misión noble. Necesaria. Y absolutamente infantil. Pero eso era irrelevante. Porque algunas personas merecían una lección. Y Nikolai encabezaba la lista.

Saqué la cinta adhesiva de mi bolsillo. Miré el número de su puerta. 408. Luego miré el número de mi puerta. 409. Una sonrisa apareció lentamente en mis labios. Quizá la primera sonrisa genuina desde que me mudé. —Perfecto.

Cinco minutos después regresé a mi apartamento sintiéndome extremadamente satisfecha. Y completamente inocente. Por supuesto. No había hecho nada malo. Absolutamente nada. Solo había intercambiado discretamente los números de ambas puertas. Nada grave. Nada importante. Nada que pudiera causar problemas. Bueno… Quizá algunos problemas. Pero se los merecía.

A las ocho de la mañana sonó un timbre. Luego otro. Y otro más. Me asomé por la mirilla. Y tuve que morderme el labio para no reír. Un trabajador estaba frente al apartamento equivocado. Intentando entrar.

—Señor Morel.

Silencio.

—¿Señor Morel?

Más silencio. El hombre volvió a tocar. Y esperó. Mientras tanto, yo observaba desde la seguridad de mi puerta. Disfrutando cada segundo.

Finalmente escuché una voz conocida.

—¿Qué ocurre?

Nikolai apareció detrás del trabajador. Con el cabello desordenado. Y una expresión de absoluta confusión.

—Pensé que vivía aquí.

El trabajador señaló mi puerta. Nikolai observó el número. Luego observó la puerta de al lado. Y después volvió a mirar el número. Silencio. Largo. Peligroso. Muy peligroso. Porque de pronto levantó la vista. Directamente hacia mi mirilla. Y sonrió. Mi corazón se detuvo.

—Oh no. Había descubierto la broma.

Oh no. Había descubierto la broma. Me aparté inmediatamente de la mirilla. Como si eso pudiera ayudar. Como si Nikolai no supiera perfectamente quién era la responsable. Porque, seamos sinceros, en aquel edificio probablemente no existía nadie más con suficiente tiempo libre para intercambiar números de puertas a las ocho de la mañana. Bueno. Tal vez sí existían. Pero yo seguía siendo la principal sospechosa.

Escuché voces en el pasillo. Después una carcajada. Y entonces comprendí algo terrible. Nikolai no parecía enfadado. Parecía divertido. Y eso nunca era una buena señal. Jamás.

Dos horas después. Los trabajadores ya habían comenzado la reparación de la tubería. Taladros. Martillos. Golpes. Ruido. Muchísimo ruido. Mi apartamento parecía una zona de construcción. Y mi paciencia estaba muriendo lentamente.

Intenté organizar algunos libros. Imposible. Intenté acomodar la cocina. Imposible. Intenté tomar café. También imposible. Porque cada cinco segundos algo explotaba dentro de la pared.

—Esto es una pesadilla.

Justo cuando terminé la frase, sonó el timbre. Fruncí el ceño. Abrí la puerta. Y me quedé inmóvil. Había una montaña de folletos frente a mí. Cientos. Tal vez miles. Bueno, no miles. Pero demasiados.

Recogí uno. “¿Se siente sola?” Recogí otro. “Encuentre el amor verdadero.” Otro. “Clases para controlar la ira.” Mi ojo comenzó a temblar. No. No. No.

Debajo de todos los folletos encontré una pequeña nota. La reconocí inmediatamente. La misma letra. El mismo descaro. “Pensé que podrían interesarte.” “Con cariño, tu vecino favorito.”

Apreté los dientes.

—Nikolai Morel.

Volví a mirar los papeles. Clases para controlar la ira. Terapia emocional. Meditación para principiantes. Yoga relajante. Control de impulsos. Respiración consciente. Mi respiración dejó de ser consciente. Porque estaba ocupada planeando un homicidio.

Salí al pasillo. Con todos los folletos en brazos. Dispuesta a declarar oficialmente la guerra. Golpeé la puerta del 408. Una vez. Dos veces. Tres veces. Finalmente se abrió. Y ahí estaba. Con una taza de café en la mano. Y una sonrisa que me dieron ganas de borrar.



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En el texto hay: enemistolover, amor humor

Editado: 24.06.2026

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