ALESSIA
Siempre creí que era buena detectando mentiras.
No perfecta.
Pero sí bastante buena.
Por eso, cuando Nikolai Morel me dijo que era un hombre completamente normal, supe inmediatamente que estaba mintiendo.
Porque los hombres normales no recibían visitas de personas vestidas como ejecutivos.
Los hombres normales no eran llamados «Señor Morel» cada cinco minutos.
Y definitivamente los hombres normales no se subían a automóviles que costaban más que todo mi apartamento.
Algo no encajaba.
Y yo iba a descubrir qué era.
Aunque tuviera que volverme loca en el intento.
Después de encontrar aquella fotografía del edificio Morel Group, pasé toda la tarde pensando en ella.
Bueno.
Pensando en ella y en Nikolai.
Lo cual era irritante.
Porque no quería pensar en Nikolai.
Quería ignorarlo.
Olvidarlo.
Mudarlo a otro continente.
Pero parecía imposible.
Guardé la fotografía dentro de un libro antes de que él la viera.
Y por primera vez sentí que tenía una ventaja.
Pequeña.
Pero ventaja al fin y al cabo.
—¿Qué ocultas, Morel?
Murmuré la pregunta para mí misma.
A la mañana siguiente salí de mi apartamento con una misión sencilla.
Comprar café.
Nada más.
Nada menos.
Una tarea simple.
Pacífica.
Libre de problemas.
O al menos eso esperaba.
Porque apenas cerré la puerta escuché una voz.
—Buenos días, vecina problemática.
Cerré los ojos.
Conté hasta tres.
Y recién entonces me giré.
Nikolai estaba apoyado contra la pared.
Sosteniendo una taza de café.
Y sonriendo como si fuera dueño del edificio.
Lo cual ya no me parecía tan imposible.
—¿No tienes trabajo? —pregunté.
—Sí.
—¿Y no deberías estar trabajando?
—Probablemente.
—¿Y qué haces aquí?
—Molestándote.
—Al menos eres sincero.
—Siempre.
Aquella sonrisa volvió a aparecer.
Y por alguna razón me costó mantener una expresión seria.
Lo cual era peligroso.
Muy peligroso.
—¿Por qué me observas tanto? —preguntó de repente.
Casi me atraganto.
—¿Qué?
—Últimamente me observas mucho.
—No te observo.
—Claro.
—No lo hago.
—Ayer casi atravesaste mi alma con la mirada.
—Estás exagerando.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Alessia.
—¿Qué?
—Eres pésima mintiendo.
Abrí la boca.
La cerré.
Y la volví a abrir.
Porque desgraciadamente tenía razón.
Otra vez.
—Solo tengo curiosidad.
—Eso suena más preocupante.
—¿Por qué?
—Porque los gatos curiosos no suelen terminar bien.
—¿Me acabas de comparar con un gato?
—Después de los cuarenta kilos de comida para gatos, me parecía apropiado.
—Te odio.
—No tanto.
—Muchísimo.
—No tanto.
Maldito hombre.
Llegamos juntos al ascensor.
Y aquello ya era incómodo.
Porque el espacio era pequeño.
Demasiado pequeño.
Y por primera vez noté detalles que antes había ignorado.
Su perfume.
Su voz.
La forma en que siempre parecía relajado.
Como si nada pudiera afectarlo y el mundo entero fuera un juego.
Y eso me molestaba.
Porque yo jamás había tenido ese lujo.
Desde pequeña había tenido que preocuparme por todo.
Por las cuentas, los estudios, el trabajo y el futuro.
Mientras que Nikolai parecía vivir sin preocupaciones.
—¿En qué piensas?
Su voz me sacó de mis pensamientos.
—En nada.
—Mentira.
—¿Siempre haces tantas preguntas?
—Solo cuando algo me interesa.
Mi corazón dio un salto inesperado.
—Pues deja de interesarte.
—No puedo.
—¿Por qué?
Las puertas del ascensor se abrieron.
Y él sonrió.
—Porque eres entretenida.
Perfecto.
Había olvidado que era un idiota.
…..
*NIKOLAI *
Hay muchas formas de arruinar una vida.
Mi padre había elegido la más eficiente.
Nacer como heredero.
La mayoría de las personas pensaba que ser rico era fácil.
Que el dinero solucionaba todo, y los problemas desaparecían.
La realidad era muy diferente.
Porque mientras más dinero tenía una familia…
Más expectativas existían.
Más responsabilidades y presión.
Y más personas intentando controlar tu vida.
Por eso me había mudado.
Por eso vivía solo y evitaba mencionar mi apellido.
Bueno.
Al menos lo intentaba.
Porque aparentemente era imposible ocultar algo cuando tu vecina tenía el instinto de una detective obsesiva.
Y Alessia Beaumont estaba peligrosamente cerca de descubrir demasiadas cosas.
La observé alejarse por la entrada del edificio.
Frunciendo el ceño.
Como siempre.
Probablemente planeando una nueva venganza.
O intentando descubrir quién era.
O ambas cosas.
Con ella nunca se sabía.
Y eso era precisamente el problema.
No debía interesarme.
Era mi vecina.
Nada más.
Una mujer caótica.
Impulsiva.
Terquísima.
Y completamente incapaz de ignorar algo que despertara su curiosidad.
Exactamente el tipo de persona que debía evitar.
Entonces…
¿Por qué no podía dejar de pensar en ella?
—Señor Morel.
Suspiré.
Y ahí estaba otra vez.
Clara.
Con una carpeta en la mano.
Y una expresión que anunciaba problemas.
—¿Qué ocurrió ahora?
—Su padre quiere verlo.
—Qué sorpresa.
—Parece importante.
—Todo le parece importante.
—Esta vez más de lo habitual.
Eso no me gustó.
Nada.
Porque cuando mi padre decía que algo era importante…
Normalmente significaba que intentaría decidir mi vida una vez más.
Y yo estaba cansado de eso.
Muy cansado.