**ALESSIA
Siempre pensé que los problemas aparecían poco a poco. Qué equivocada estaba. Algunos llegaban de golpe, sin avisar y sin darte tiempo para reaccionar. Como aquella fotografía. Aunque, en ese momento, todavía no imaginaba el desastre que iba a provocar.
Después de que el hombre de la cámara desapareció entre la multitud, todos nos quedamos inmóviles. Matteo fue el primero en reaccionar.
—¡Oye! ¡Vuelve aquí!
Salió corriendo unos metros, pero el fotógrafo ya había doblado la esquina y desaparecido entre los autos. Regresó resoplando.
—Es más rápido de lo que parece.
Nikolai seguía de pie frente a mí. Todavía tenía una mano apoyada en mi cintura. Cuando ambos nos dimos cuenta, nos apartamos al mismo tiempo.
—¿Estás segura de que no te lastimaste?
—preguntó otra vez.
Negué con una sonrisa.
—Estoy bien. Solo fue un susto.
Él asintió, pero no parecía convencido. Había algo en su expresión que no había visto antes. Preocupación. No la preocupación educada que cualquiera tendría por otra persona. Era algo más profundo. Y, por alguna razón, eso hizo que mi corazón latiera un poco más rápido.
—No me gusta esto.
—dijo Valentina mientras observaba la esquina por donde había escapado el fotógrafo.
—¿Crees que era un paparazzi?
—pregunté.
Ella intercambió una mirada con Nikolai.
—Estoy casi segura.
Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Fui la primera en romperlo.
—¿Y qué tiene de malo? Solo tomó una foto.
Matteo soltó una risa sin humor.
—Si llevaras el apellido Morel, sabrías que una sola fotografía puede convertirse en un problema enorme.
Fruncí el ceño. No entendía por qué una imagen podía causar tanto revuelo. Y, sinceramente, tampoco quería entenderlo.
El camino de regreso al edificio fue mucho más silencioso. Isabella intentó hacer un par de bromas para aliviar el ambiente, pero ni siquiera Matteo parecía tener ganas de responder. Eso sí era extraño. Cuando hasta él dejaba de hacer chistes… era porque algo iba realmente mal.
Al llegar al edificio, Valentina fue la primera en despedirse.
—Nos vemos mañana.
—dijo con una sonrisa amable.
Después se acercó a mí y habló en voz baja para que los demás no la escucharan.
—Ten cuidado, Alessia.
La miré confundida.
—¿Con qué?
Su sonrisa desapareció.
—Con la familia Morel. Porque cuando ellos aparecen en los titulares… siempre hay alguien que termina herido.
No me dio tiempo a preguntar nada más. Entró al ascensor y las puertas se cerraron lentamente. Sus palabras quedaron dando vueltas en mi cabeza.
—No le hagas caso.
—escuché decir a Nikolai.
Lo miré. Él tenía las manos en los bolsillos y una expresión tranquila. Demasiado tranquila.
—Valentina suele exagerar.
—¿Y tú?
Sonrió apenas.
—Yo también.
Mentía. Lo conocía lo suficiente para saber cuándo intentaba tranquilizarme. Y aquella era una de esas veces.
Isabella se acercó y me tomó del brazo.
—Bueno, tortolitos. Es hora de que esta belleza se vaya a dormir.
La miré con horror.
—¡Isabella!
—¿Qué? ¿Dije alguna mentira?
Nikolai soltó una risa baja.
—Buenas noches, Alessia.
Su voz sonó diferente. Más suave. Más cercana. Le devolví la sonrisa.
—Buenas noches, idiota.
Él negó con la cabeza.
—Algún día dejarás de llamarme así.
Sonreí.
—No cuentes con eso.
Entré a mi apartamento sintiéndome extrañamente feliz. Pero esa sensación duró exactamente doce horas. Porque a la mañana siguiente… mi teléfono no dejaba de sonar. Una llamada. Dos. Cinco. Diez. Mensajes de personas que hacía meses no hablaban conmigo. Incluso mi tía, que solo llamaba en Navidad. Con el corazón acelerado, tomé el celular de la mesa. Y el primer mensaje que abrí era de Isabella. Solo tenía una frase: “No abras las redes sociales hasta que me llames”. Sentí un nudo en el estómago. Algo había pasado. Y tenía el presentimiento de que la fotografía de la noche anterior era solo el principio.
Las manos me temblaban. No sabía por qué. Bueno… sí lo sabía. Solo que no quería admitirlo. Respiré hondo antes de llamar a Isabella. Ni siquiera sonó dos veces.
—¡Por fin contestas!
—exclamó al otro lado de la línea.
—¿Qué pasó?
Hubo unos segundos de silencio.
—Prométeme que no vas a alterarte.
Rodé los ojos.
—Isabella…
—Promételo.
—No puedo prometer algo que ni siquiera sé.
Suspiró.
—Entonces abre las redes sociales.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué ocurrió?
—Hazlo.
Colgué la llamada. Abrí la aplicación de noticias. Y el aire desapareció de mis pulmones. Mi fotografía ocupaba toda la pantalla. No… nuestra fotografía. La imagen mostraba el instante exacto en que Nikolai me sujetaba por la cintura frente al restaurante. Parecía que estábamos a punto de besarnos. El titular era aún peor: “¿NUEVO ROMANCE? EL HEREDERO NIKOLAI MOREL ES CAPTADO EN UNA ACTITUD MUY CERCANA CON UNA MISTERIOSA MUJER, MIENTRAS SU PROMETIDA PRESENCIABA LA ESCENA”. Sentí que el estómago se encogía. Seguí leyendo: “Fuentes cercanas aseguran que la joven desconocida ha sido vista entrando y saliendo del edificio donde reside Nikolai Morel en repetidas ocasiones. ¿Se trata de una simple vecina… o de algo más?”. Cerré el teléfono de golpe. Aquello era una locura. Una completa locura.
El timbre sonó con insistencia. Abrí la puerta. Isabella entró sin esperar invitación. Traía una bolsa con café y otra con pan dulce.
—Primero desayunamos. Después entramos en pánico.
La miré sin saber si reír o llorar.
—Mi vida acaba de convertirse en un circo.
Ella dejó las cosas sobre la mesa.
—No. Tu vida acaba de convertirse en el entretenimiento favorito de internet.
Me dejé caer sobre una silla.
—Ni siquiera me conocen. ¿Cómo pueden inventar tantas cosas?