Prohibido enamorarse del Idiota de al Lado

CAPITULO 8

**NIKOLAI MOREL

Tres golpes. Secos. Firmes. No eran los golpes impacientes de un vecino ni los de un repartidor. Conocía ese ritmo, lo había escuchado durante toda mi vida: personas acostumbradas a recibir un “sí, señor” como respuesta. Miré a Alessia, su respiración era rápida; Isabella había dejado de sonreír, y por primera vez Matteo tenía razón, aquello ya no era un juego. Le hice una señal a Alessia para que se quedara detrás de mí, iba a protestar, lo vi en su cara, pero sorprendentemente obedeció. Caminé hasta la puerta sin abrir y pregunté:

—¿Quién es?

Hubo un silencio breve antes de que respondieran:

—Seguridad del Grupo Morel, señor. Queremos hablar con usted.

Apreté la mandíbula, yo no había llamado a nadie y mi padre jamás enviaba guardaespaldas para conversar, solo para dar órdenes.

—No tengo nada que hablar. Regresen a la empresa.

La voz del otro lado siguió igual de tranquila:

—Señor, tenemos instrucciones precisas.

Mi paciencia se agotó al instante.

—Pues tendrán que volver con las manos vacías, porque no pienso abrir.

Se hizo silencio y luego escuché pasos alejándose. Esperé unos segundos más antes de mirar por la mirilla, el pasillo estaba vacío, pero no me relajé; conocía demasiado bien las estrategias de mi padre, nunca se rendía al primer intento.

ALESSIA

—¿Ya se fueron?

Pregunté en voz baja. Nikolai no respondió enseguida, seguía observando por la mirilla, hasta que cerró los ojos y soltó un suspiro:

—Por ahora.

Esas dos palabras bastaron para ponerme los nervios de punta. Isabella rompió el silencio de golpe:

—Bueno… ¿soy la única con hambre?

La miramos al mismo tiempo y ella levantó las manos inocente:

—¿Qué? El estrés me da hambre.

No pude evitar reír, era imposible permanecer seria mucho tiempo cuando ella estaba cerca. En ese instante el teléfono de Nikolai vibró, lo sacó del bolsillo y frunció el ceño al leer.

—¿Qué pasó?

Me acerqué, y me mostró la pantalla: un mensaje de Matteo que decía:

—No salgan del edificio. Hay periodistas en todas las entradas… y creo que uno me está siguiendo desde hace veinte minutos.

—¿Te está siguiendo?

Pregunté confundida, pero Nikolai negó despacio:

—No. Conociendo a Matteo… probablemente él sea quien está siguiendo al periodista.

Una risita se me escapó, sonaba exactamente a él. Como si el universo quisiera confirmarlo, el teléfono vibró otra vez con una foto adjunta: se veía al periodista escondido tras un árbol, y unos metros más atrás Matteo agazapado detrás de otro, con lentes de sol enormes y ridículos. Debajo solo ponía:

—Creo que ya sospecha de mí.

Esta vez no pude contenerme, me eché a reír, Isabella casi cayó al suelo y hasta Nikolai se llevó una mano al rostro:

—No puedo creer que compartamos el mismo ADN.

De pronto sonó el timbre y nos quedamos inmóviles otra vez, hasta que una voz exageradamente dramática sonó al otro lado:

—¡Abran antes de que los periodistas descubran que estoy escondido en el cuarto de la basura!

Nikolai cerró los ojos derrotado:

—Ese sí es Matteo.

Abrí la puerta y ahí estaba, despeinado, camisa torcida y sosteniendo una maceta enorme frente a su cara.

—¿Por qué llevas una planta?

Matteo sonrió muy orgulloso:

—Porque intenté camuflarme.

Todos seguimos riéndonos, pero ninguno notó que desde el edificio de enfrente alguien acababa de tomar otra fotografía.

ALESSIA

Si alguien me hubiera dicho una semana atrás que terminaría escondida en mi apartamento con dos hermanos millonarios, mi mejor amiga y una planta usada como disfraz, le habría recomendado ir al psicólogo, pero ahí estaba, mirando a Matteo que seguía abrazando la maceta con total seriedad.

—¿Piensas soltar eso en algún momento?

Él bajó la vista sorprendido:

—Ah… cierto.

La dejó junto a la puerta y añadió tranquilo:

—No es mía. La encontré en el pasillo y pensé que me daría un aire misterioso.

Isabella soltó una carcajada:

—¡Eres un caso perdido!

—Gracias. Es el cumplido más bonito que me han dicho esta semana.

Respondió él sin inmutarse. Nikolai negó con la cabeza divertido:

—Algún vecino va a denunciar el robo.

—Entonces la devuelvo.

Dijo Matteo, salió al pasillo, la dejó exactamente donde estaba, volvió a entrar y cerró la puerta satisfecho:

—Problema resuelto.

Nikolai me miró fingiendo cansancio:

—¿Ves por qué nunca puedo tener una vida tranquila?

—Empiezo a entenderlo.

Sonreí. Isabella se levantó del sofá con energía:

—Muy bien. Ya que nadie puede salir, propongo hacer algo útil.

Matteo levantó la mano rápido:

—¿Podemos pedir comida?

—No.

—¿Jugar cartas?

—Tampoco.

—¿Ver una película?

—Tampoco.

Isabella respondió, y él frunció el ceño confundido:

—¿Qué entiendes por útil entonces?

Ella sonrió de forma que me puso nerviosa:

—Conocer mejor a nuestros millonarios favoritos.

Nikolai y Matteo intercambiaron una mirada:

—No me gusta esa sonrisa.

Murmuró él. Isabella se sentó frente a ellos muy seria:

—Es sencillo. Cada uno responde una pregunta y no se puede mentir.

—Paso.

Dijo Nikolai al instante.

—Demasiado tarde. Las reglas ya empezaron.

Aseguró ella, y Matteo aplaudió emocionado:

—¡Esto va a estar buenísimo!

—Primera pregunta.

Anunció ella:

—¿Quién de los dos era más problemático de niño?

—Yo.

Gritó Matteo levantando la mano, y Nikolai confirmó:

—Sin duda.

—Perfecto. Siguiente.

Miró fijamente a Nikolai:

—¿Cuál ha sido la peor locura que hizo Matteo?

Nikolai sonrió por primera vez:

—Tenía quince años y robó el helicóptero de entrenamiento de la empresa.

Abrí los ojos sorprendida:

—¿Qué?

—En mi defensa.



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En el texto hay: enemistolover, amor humor

Editado: 24.06.2026

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