Prohibido enamorarse del Idiota de al Lado

CAPITULO 9

**ALESSIA

Dormí exactamente dos horas. Y fueron las dos peores horas de mi vida. Cada vez que cerraba los ojos recordaba aquel mensaje.

—No importa dónde estés… siempre habrá alguien observándote.

Intenté convencerme de que solo era una broma de mal gusto, pero no funcionó. A las siete de la mañana sonó el timbre y di un pequeño salto del susto. Me acerqué a mirar por la mirilla y suspiré aliviada al ver a Nikolai. Abrí la puerta; llevaba dos vasos de café y una bolsa de pan recién horneado.

—Buenos días.

Dijo con una pequeña sonrisa.

—¿Desde cuándo traes desayuno?

Él levantó un vaso en mi dirección.

—Desde que descubrí que desayunas solo café y galletas.

Fruncí el ceño, confundida.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque el bote de galletas siempre está vacío.

Me quedé mirándolo sin saber qué responder.

—¿Has estado inspeccionando mi cocina?

Sonrió con calma.

—No. Solo observo demasiado.

Rodé los ojos, divertida.

—Eso sonó un poco inquietante.

—Lo sé. Pero traje café.

Lo dejé pasar sin dudarlo, principalmente por el café. Mientras servía las tazas, alguien volvió a tocar la puerta. Abrí pensando que sería Isabella, pero me encontré con Matteo, cargando una maleta enorme y abrazando una almohada contra el pecho.

—Buenos días.

Dijo y entró sin pedir permiso. Lo miré totalmente confundida.

—¿Por qué traes equipaje?

Se dejó caer en el sofá como si fuera su casa.

—Porque voy a vivir aquí unos días.

Casi dejé caer la taza que tenía en la mano.

—¿Qué?

Nikolai levantó la vista de inmediato, con expresión de alarma.

—¿Qué acabas de decir?

Matteo sonrió como si estuviera dando la noticia más normal del mundo.

—Papá cree que estoy de tu lado, así que me echó de la mansión.

Hubo un silencio absoluto en la sala. Después de unos segundos, Nikolai negó con la cabeza rotundamente.

—No.

—¿No qué?

—No vas a vivir conmigo.

Matteo señaló hacia mi apartamento con un gesto tranquilo.

—Entonces viviré aquí.

Abrí los ojos como platos, sorprendida.

—¡Mucho menos!

En ese momento apareció Isabella, que entró sin llamar como de costumbre. Miró la escena: la maleta, a Matteo, a mí, y sonrió con picardía.

—Llegué en el momento perfecto.

Matteo levantó la mano hacia ella.

—¿Puedo quedarme contigo?

Ella respondió sin pensarlo ni un segundo.

—Claro. Pero cocinas, limpias y sacas la basura.

Matteo se quedó completamente serio, evaluando la propuesta.

—Creo que prefiero dormir en mi auto.

Todos estallamos en carcajadas al mismo tiempo. Y por primera vez en varios días, olvidé por unos minutos el miedo; con aquellas personas alrededor, era imposible no reír.

NIKOLAI

Había un límite para todo, y mi límite acababa de cruzar la puerta con una maleta de color naranja fosforescente.

—No pienso alojarte.

Repetí por tercera vez con firmeza. Matteo se llevó una mano al pecho, simulando estar herido.

—Qué poco solidario eres con tu único hermano.

—Hace diez minutos dijiste que eras el hermano más guapo de la familia.

—Y lo soy. Eso no significa que no necesite ayuda.

Suspiré, sintiendo cómo comenzaba a dolerme la cabeza.

—¿Qué hiciste ahora?

Él sonrió con esa expresión traviesa que siempre anunciaba problemas.

—Bueno… quizá le dije a papá que la fotografía había sido una bendición.

Sentí el dolor de cabeza aumentar de golpe.

—¿Por qué dirías algo así?

—Porque es verdad. Ahora todo el país sabe que tienes vida social.

Lo miré en silencio. A veces me preguntaba cómo era posible que hubiéramos crecido en la misma casa.

ALESSIA

Mientras los hermanos seguían discutiendo, Isabella ya había abierto la bolsa del desayuno y olía el contenido con satisfacción.

—¿Nadie va a comerse estos croissants?

Preguntó con voz animada.

—¡Isabella!

Protesté, llamándole la atención.

—¿Qué? Si ustedes siguen peleando, el desayuno se enfría.

Matteo se sentó a su lado como si la conociera de toda la vida.

—Me caes cada vez mejor.

Ella le devolvió la sonrisa con mucha seguridad.

—Lo sé. Tengo ese efecto en la gente.

—¿Siempre eres tan humilde?

—Solo los lunes.

Y era martes. Los dos comenzaron a reír cómplices. No pude evitar pensar que, si seguían pasando tiempo juntos, terminarían metidos en algún desastre y probablemente nos arrastrarían a todos con ellos. De pronto, mi teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de mi jefa.

—Alessia, necesito hablar contigo. Ven a la oficina cuanto antes.

Mi estómago se hizo un nudo al instante; no parecía una buena noticia.

—¿Qué pasó?

Preguntó Nikolai al notar mi cambio de expresión. Le mostré la pantalla y él leyó el mensaje con el ceño fruncido.

—Voy contigo.

Negué de inmediato, decidida.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

—Es mi trabajo, Nikolai. Puedo resolverlo sola.

Él dio un paso hacia mí, con mirada seria.

—Y esto dejó de ser solo tu trabajo cuando empezaron a seguirte.

Lo miré unos segundos más. Entendía su preocupación, pero también necesitaba demostrarme a mí misma que podía enfrentar mis propios problemas.

—Déjame intentarlo sola. Si ocurre algo, te llamo.

Nikolai dudó un instante, pero finalmente asintió.

—Una llamada. Solo eso. Y salgo corriendo.

Sonreí, tranquila.

—Trato hecho.

Media hora después salí del edificio con unas gafas oscuras y una gorra que Isabella insistió en prestarme.

—Pareces una celebridad.

Dijo entre risas.

—Parezco alguien que está ocultando un crimen.

Respondí, ajustándome la gorra. Matteo levantó el pulgar con aprobación.

—Vas perfecta.

Nikolai negó con la cabeza, pero cuando nuestras miradas se encontraron, se acercó despacio y acomodó un mechón de cabello que sobresalía bajo la tela.



#5326 en Novela romántica
#1786 en Otros
#567 en Humor

En el texto hay: enemistolover, amor humor

Editado: 24.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.