Y al día siguiente, llamé.
Seguía dudando. Consultarlo con la almohada no me había ayudado, pero total, era una llamada de teléfono, tampoco había que hacer un mundo de eso.
Le puse pienso a Milo, me preparé unas tostadas con aguacate y queso, un café con leche y después llamé al teléfono de la tarjeta.
—Sí, dígame.
Su voz me pareció muy firme, algo autoritaria.
—Hola... ¿Es usted Amparo Montalbán?
—Sí, soy yo.
—Hola. Soy Clara Reche, llamaba por el...
—¿Por el puesto de interna? —me interrumpió.
—Sí, una amiga me ha comentado que buscan una empleada del hogar, y...
—No. No buscamos una empleada del hogar como tal —me cortó.
—¿Y qué buscan...? —supongo que notó mi confusión.
—Alguien que vigile la casa de indeseables y que eche un vistazo al señor Cortés.
—¿El señor Cortés?
—El propietario.
—Yo no... No soy auxiliar, ni tengo conocimientos de...
—Ni falta que hace. El señor Cortés se vale por sí mismo.
—Ah... —no sabía qué más decir y dije lo primero que se me vino a la mente—. Yo tengo un perro y...
—Puede traerlo, tenemos un espléndido jardín. Perro, niños, pareja. Traiga a quien quiera.
—El salario, cuál sería... Y el tipo de contrato... Y también... —me había abrumado, de algún modo sentía un rechazo innato y buscaba una excusa para dejar la conversación.
—Tres mil euros netos al mes. Mínimo seis días a la semana. El día libre puedes escogerlo tú, pero tienes que avisarme un día antes.
La cifra me dejó muda, «netos», estaba convencida de que había dicho «netos», es mucho dinero, muchísimo, por solo cuidar una casa y hacer compañía a un anciano.
—¿Y tendría que limpiar, cocinar y...?
—Ya le he dicho que no buscamos una empleada del hogar. Todos los lunes viene una empresa de limpieza, y los viernes una empresa de catering, que trae comida precocinada.
—Ah, eso está muy bien... —no supe qué más pegas buscar, cuanto más me contaba más me parecía el trabajo perfecto.
Me quedé en silencio un instante, sobrepasada, intentando pensar.
—¿Está segura de que está interesada en el puesto, señorita Reche? —debió notar mis dudas, su voz se volvió más formal.
—Sí, lo estoy, es solo que todo es un poco precipitado...
Escuché un grito extraño a través del teléfono, uno que llegó como un eco, desde la distancia, después me pareció que la señora Montalbán aceleraba el paso.
—Empieza mañana... Villa Carax, a las afueras de Valdencina. ¿Conoce el pueblo?
—No, pero tengo GPS, y...
—Bien, mañana, a las doce del mediodía, la espero aquí —sin duda estaba acelerada.
—Pero...
—Hasta mañana, señorita Reche.
Finalizó la llamada tan de sopetón que decir que me quedé con la palabra en la boca sería quedarse corta.
Las siguientes horas me preparé un té, hice tiempo bajando a Milo a pasear e intenté leer, una novela de Sara Mass que no terminaba de engancharme.
Pero no voy a culpar al libro, lo cierto es que tenía la cabeza en otra parte, no podía dejar de pensar en Villa Carax y en la oferta. Y es que menuda oferta... En mi mejor momento a duras penas ganaba dos mil euros, y eso que hacía muchas horas extra.
Estaba cada vez más agobiada, así que decidí llamar a Mari Paz.
Fui a contarle lo que había pasado, pero antes de que pudiera hacerlo se puso a hablarme de su día en el instituto. Es profe de inglés.
Me habló de lo difícil que era gestionar el departamento y despotricó de dos de sus compañeras, Susana y Lourdes.
—Te lo digo, tía. Un día las mato. Son unas petardas —gruñó.
—¿Y los niños están bien? —cambié de tema, si no la paraba podía quejarse durante horas.
—Esta semana están con su padre. Otro subnormal del que no me puedo librar, estoy rodeada —suspiró.
A él lo elegiste tú, pensé, pero no dije nada.
—Yo he llamado al número que me pasaste... —sabía que con un tono sugerente llamaría su atención.
—¿¡Sí!? ¡¿Y qué te han dicho?!
—Que si quiero puedo empezar mañana...
—¿De verdad? ¡Eso es genial!
—No sé, es precipitado...
—Pero a ver, Clara. —usó su tono de profesora conmigo—. ¿Qué pasa? ¿No pagan tanto como decían?
—Me ha dicho tres mil netos al mes.
—Joder... —le salió de dentro—. Es más de lo que gano yo...
Hubo un silencio, ambas nos recompusimos.
—¿Y por qué dudas?
—No sé..., es que es tan... —respondí agobiada, sin encontrar las palabras.