A las ocho de la mañana ya estaba despierta, y a las diez ya había metido el equipaje en el maletero y estaba subiendo a Milo en mi Ford Fiesta para emprender camino.
Había adelantado mucho trabajo la noche de antes, y repartido lo que me quería llevar entre una mochila de mano y una enorme maleta azul de viaje. Estaba convencida de que llevaba conmigo todo cuanto me hacía falta, pero también sabía que algo se me olvidaría, siempre pasa.
Salir de la capital fue horrible, siempre hay mucho tráfico. Es uno de los motivos por los que casi nunca cojo el coche y prefiero el transporte público. Sí, soy una de esas pocas personas que, pudiendo elegir, se van en metro o autobús.
En la ciudad avanzamos despacito, pero en cuanto llegamos a la autovía pusimos la velocidad crucero.
La voz robótica del GPS me iba guiando en cada salida, y yo intentaba mirar el mapa de vez en cuando para no liarme. No sería la primera vez que yendo a un sitio nuevo me equivoco de salida y acabo donde Cristo perdió los clavos.
Y no conocía la zona, pero no es ninguna novedad, no conozco mucho fuera de la ciudad, y menos un sitio que está a una hora de distancia.
Hacía lo posible por no pensar en lo que estaba haciendo, la duda me asaltaba, y solo podía repetirme las frases que mi amiga Mari Paz me había dicho la noche anterior.
Incluso llegué a decirme a mí misma: esto es solo una prueba, si algo va mal, me vuelvo a casa, lo repetí varias veces antes de llegar al pueblo.
Valdencina apareció un rato después, y no era como esperaba. Aunque sí más grande de lo que imaginaba. Alrededor de diez mil habitantes. O eso decía Google.
Lo primero que yo vi fueron los tejados rojizos. Bajé la ventanilla y dejé que Milo se asomase un poco.
Miré el marcador de la gasolina, casi en reserva.
Pensé que lo mejor era parar en una gasolinera, por si tenía que huir de allí. Mejor el depósito lleno, pensé con una sonrisa que pretendía me ayudase con la inquietud.
Entré en Valdencina, por las afueras, siguiendo las señales y escuchando al GPS enfadarse por mi cambio de rumbo.
Me sorprendió lo que vi. Valdencina tiene ese aire entre lo rural y lo urbano. Tranquilo, pero en movimiento. Muchos coches aparcados, muchas terrazas llenas. Mucho menos tenebroso de lo que lo imaginaba en mi cabeza.
Cuando una acepta un extraño trabajo a las afueras de un pueblo que nunca ha visto siempre espera lo peor, ¿no?
Milo seguía asomando el hocico por la ventanilla cuando paramos en la gasolinera. Mientras usaba el surtidor, pensé que, si iba a esconderme del mundo una temporada, al menos el sitio no pintaba mal.
Era una gasolinera de autoservicio, como lo son ahora casi todas.
Me gustaba cuando viajaba con mi familia y nos atendía un ser humano. Supongo que esas cosas están anticuadas.
Subí al coche y miré la hora, tenía tiempo, después miré el GPS que había recalculado la ruta.
Me incorporé al tráfico y seguí las indicaciones hasta una rotonda desde la que salía un desvío casi escondido.
El asfalto desapareció a los pocos metros.
El camino de tierra estaba lleno de baches y surcos. El coche iba dando pequeños saltos, las ruedas chirriaban y yo empecé a preguntarme qué estaba haciendo allí y cómo era posible que un sitio así apareciera en los mapas.
He visto zanjas con mejor aspecto.
Fue una suerte que el camino no durase demasiado, aunque lo que vi no me tranquilizó. Esos enormes muros daban una sensación poco tranquilizadora, como si me hubiera vestido un mono amarillo y me hubiera ido con Najwa Minri a una prisión.
Los muros cubrían todo el perímetro, impidiendo ver nada desde fuera. Al menos no estando tan cerca.
La hiedra trepaba por algunas partes, pero aun así se veía sólido, casi como si la casa quisiera mantenerse al margen del resto del mundo.
Por encima del muro asomaban las copas de varios árboles… y la parte superior de una torre.
Reduje la velocidad.
La entrada estaba cerrada por una robusta verja de hierro negro. Antes de que me diera tiempo a preguntarme si tenía que bajarme del coche, una mujer apareció al otro lado. La abrió con calma y me hizo un gesto para que entrase.
Avancé despacio.
Cuando vi el camino de grava que cruzaba el jardín sentí una gran sorpresa, no esperaba que estuviera tan cuidado: césped impoluto, setos recortados, árboles bien alineados y parterres llenos de flores. Todo estaba demasiado ordenado para un lugar tan apartado.
Entonces no pude evitar asomar la cabeza por la ventanilla, como Milo.
La villa se alzaba al fondo del jardín, grande y algo extravagante. Piedra clara, tejados rojizos, ventanales altos y una torre que sobresalía por encima del resto del edificio. Tenía ese aire de casa antigua que alguien había decidido mantener impecable a toda costa.
Aparqué donde la mujer me indicó con la mano, justo junto a la verja.
Apagué el motor y Milo lo comenzó a saltar alborotado entre los asientos mientras yo miraba la casa una vez más.