Amparo me llevó hasta un pasillo de la primera planta. Parecía el tipo de mujer que habría mantenido el orden de un monasterio entero.
Mi fiel Milo se quedó fuera, disfrutando del jardín, de sus olores y de la hierba, y persiguiendo a los pájaros. Desde que había bajado del coche parecía encantado.
Nosotras nos internamos en la villa. Ella sabía en todo momento dónde iba, por cómo se movía, parecía llevar más tiempo en la casa que la propia casa.
Entramos por la enorme puerta de Villa Carax.
Lo primero que me sorprendió fue la altura de los techos. El vestíbulo era amplio y el suelo, compuesto por baldosas de color blanco sucio, daba todavía la sensación de más amplitud. Algunas estaban rayadas por el paso del tiempo, pero seguían firmes.
Los muebles eran viejos. No malos, ni mucho menos. Se notaba que habían sido de calidad en su momento, simplemente pertenecían a otra época. Las lámparas, las paredes blancas donde asomaban pequeñas grietas, todo tiene ese aire de casa que llevaba mucho tiempo siendo casa. ¿Eso tiene sentido?
Amparo se movía con la naturalidad de quien sabe lo que hace, de quien conoce cada rincón.
—Ahí está la cocina —señaló al pasar.
Asentí, sin saber muy bien qué se esperaba de mí.
—Allí tienes uno de los baños. Puede usar ese si te gusta.
No me dio tiempo ni a asomarme.
—En este pasillo están las habitaciones de invitados. Puede escoger la que quieras y quedártela, ponla a tu gusto.
—¿Cualquiera?
—Cualquiera —confirmó con un gesto distraído.
Alargué la mano hacia el pomo de la primera puerta, pero la voz de Amparo me detuvo.
—Antes de eso, sígame, por favor.
—Claro.
Dejé la maleta a un lado del pasillo y fui tras ella.
Me condujo hasta el salón. En mi cabeza lo esperaba más grande. Lo que me llamó más la atención es que estaba casi vacío, como si no se usase desde hace mucho; lo único que tenía era una mesa tan larga que parecía diseñada para una junta de accionistas. Sobre ella colgaba una lámpara de araña gigantesca que la iluminaba como si aquello fuera un salón de baile.
Amparo se detuvo a mitad de la mesa y arrastró dos sillas.
Yo estaba demasiado ocupada mirando alrededor como para fijarme en lo que había sobre la mesa.
—El contrato —dijo ella—. Tal y como te expliqué. Léelo, por favor.
—Sí… claro.
Tomé asiento. Ella se sentó después.
Noté sus ojos observándome mientras yo intentaba leer todo lo rápido que podía.
Estaba siendo muy incómodo, así que busqué una pausa deliberada.
—¿El señor Cortés no está?
—Está en su habitación en la segunda planta, le gusta estar a solas.
—Ah, ya... ¿Y él sabe que voy a estar en esta casa?
—Por supuesto, ya le he informado.
—¿Y qué le parece?
—Le parece bien. Sabe que nos hace falta alguien que vigile.
—Ya... —seguía habiendo algo que me escamaba.
—¿Lo has leído ya? —señaló el contrato.
—Sí... Y es todo como se me dijo.
—Me gusta la honestidad, señorita Reche. —no sé si mi comentario le molestó.
—Sí, ya lo veo.
—¿Bolígrafo?
Lo dijo mientras sacaba uno del bolsillo del pantalón.
—Sí..., gracias.
Firmé sin planteármelo dos veces. Había leído todo, el único punto negativo es que tenía que avisar con 14 días de antelación si lo dejaba y quería escindir el contrato, o eso o no se me pagaban las últimas semanas. Un trato justo, supongo.
En cuanto firmé la señorita Montalbán se levantó de un salto de la silla, con una repentina energía, súbita y renovada. Me inquietó que ahora parecía tener todavía mucha más prisa.
—Bueno, esto, yo... —titubeé—. ¿Por dónde empiezo?
—Sí, sí. Por eso no te preocupes. Espera un momento aquí.
—Sí, yo...
Solo tuve tiempo de ver a Amparo subir escaleras arriba.
Estaba confundida, y cada minuto de espera ese sentimiento me parecía más intenso. Sentí un poco de ansiedad, que se quedó conmigo hasta que vi a Amparo regresar de la primera planta.
Llevaba una maleta muy grande en la mano derecha y un cuaderno rojo en la izquierda.
—Resumen rápido. Su principal función es que el señor Cortés no salga de la villa sin supervisión, y por eso, aquí tienes.
Del bolsillo del pantalón sacó tres llaves unidas por el mismo llavero de rana de peluche y me las entregó en mano. Al mirar vi que cada una llevaba etiqueta, pero no presté mucha atención, había algo que me preocupaba mucho más justo delante.
—Pero... ¿Y esa maleta?