Milo estaba encantado, cuando se cansó del jardín entró en la casa y se puso a olisquearlo todo. Supongo que desde su punto de vista pasar de un piso pequeño en la ciudad a una villa enorme con jardín era el éxito perruno definitivo.
Yo no dejaba de cuestionarme cómo habíamos acabado en un sitio así. Ahora me volvía la duda: ¿cuántas historias de terror empezaban con una mujer ingenua yéndose a una mansión apartada? No quise pensarlo y respiré hondo.
Lo primero que hice cuando conseguí serenarme fue buscar mi equipaje y elegir una habitación.
Amparo había dicho que podía elegir cualquiera de ese pasillo, y eso hice.
Miré dentro de todas, la verdad es que eran muy similares en tamaño y mobiliario.
Escogí una en el lado derecho, donde podría ver el amanecer todas las mañanas a través de la ventana. El colchón parecía cómodo y los muebles, aunque antiguos, cubrían de sobra mis necesidades. Armario empotrado vacío, mesita de noche y un escritorio, suficiente, o eficiente mejor dicho.
Ordené lo fundamental, pero tampoco me acomodé demasiado; lo más que hice fue poner el cargador en el enchufe de la habitación. No sabía si me iba a quedar, todo estaba siendo demasiado rápido y todavía me parecía irreal.
Después leí el cuaderno rojo. La letra de Amparo era muy bonita, una caligrafía inmaculada y pulida.
Todo en el cuaderno parecía lógico, horarios y sugerencias; nombres y teléfonos.
La agencia de limpieza venía los lunes, la de comida los viernes. Era viernes, así que por el momento no me tendría que preocuparme, la empresa de catering ya había hecho el reparto. Amparo sabía lo que hacía.
Lo leí por encima, como he dicho, era todo típico, todo, menos una anotación que no comprendía y decía:
Para entender mejor al señor Cortes: habitación puerta estrella.
Me resultó extraño, pero en ese instante no le di importancia.
Me asomé furtivamente por la puerta, mirando el pasillo como si volviera a ser una chiquilla que quiere robar las galletas de la cocina.
Y casi se podría decir que fue así.
El primer lugar por el que pasé fue la cocina. Al entrar me quedé alucinando, era casi tan grande como todo mi piso. Incluso tenía una isla en el centro. Sin duda la habían reformado hacía muy poco. Los muebles no eran de madera como en el resto de la casa, eran más modernos, con un diseño minimalista pero elegante.
Y estaba muy bien equipada. Plancha, microondas, airfryer, robot de cocina y un horno que me causó una enorme envidia. Mi madre era repostera, tenía una pequeña tienda de barrio. Aprendí de ella, y aunque nunca alcancé su nivel, me relajaba hacerlo. Aunque hacía mucho que no lo hago, mi ex no comía carbohidratos, estaba obsesionado con el Crossfit, supongo que era su forma de sentirse bien ahora que se estaba quedando calvo. En fin, no gastemos energía hablando de ese mamarracho.
Luego fui al baño que Amparo me había dicho, todo estaba pulcro y ordenado, de un blanco huevo que resultaba agradable a la vista.
La bañera era inmensa, pero no me sentía en confianza para darme un baño largo y decidí que fuera una ducha breve. Al salir me sentí mucho mejor.
Fui a mi habitación y ordené mis cosas. No traía mucho, pero ante la duda prefiero tenerlo todo ordenado.
Había traído los cuencos de Milo, ahora la cuestión era dónde ponerlos. Decidí que de momento los pondría fuera junto a la puerta.
Llené uno con pienso y el otro con agua. Milo lo agradeció después de tantas carreras por todos lados.
Una agradable brisa corría por todo el jardín, y la verdad es la disfruté. Puede parecer una tontería, pero en la ciudad nunca respiras un aire así.
Entonces miré hacia la segunda planta.
Pensé en el señor Cortés. Debía estar en casa, o eso es lo que había dicho Amparo. Pensé que lo mejor era presentarme, antes de que se cruzase de repente en el pasillo con una desconocida y fuera más incómodo.
Subí la escalera de caracol, los escalones de madera chirriaban con cada paso. Me sentía como Jane Eyre.
Amparo no me había hablado de las habitaciones superiores, y no sabía a cuál llamar o si alguna era privada.
Me moví por el pasillo con pisadas suaves, como los gatos, centrada en escuchar algún indicio del señor Cortés.
Nada… No se oía nada. Y puedo ser sutil un rato, pero no eternamente.
Primero abrí una puerta, luego otra, luego otra; todas las que se podían abrir, aunque muchas estaban cerradas con llave. Y así seguí hasta que di con la última habitación, la más alejada de las escaleras.
No toqué, y reconozco que abrí con demasiado ímpetu, pero no le sorprendí, él me sorprendió a mí. Él y ese olor intenso a tabaco húmedo y a cerrado.
Tenía una pipa en la mano, y el humo salía de ella como una chimenea interior. Era de lo poco que se podía ver, tenía las ventanas cubiertas por las cortinas y la única luz surgía de una lamparita que tenía delante.
Aun así vi que era joven, muy joven. O sea, tenía mi edad, quizá un poco más.