Prohibido enamorarse del protagonista.

Trastorno.

Recuerdo que al despertarme esa mañana me sentí confundida, como si todo lo ocurrido el día anterior hubiera sido un sueño.

Me costó unos segundos entender que no estaba en mi piso, y que me encontraba en Villa Carax.

Cuando me vestí busqué a Milo.

El muy rufián estaba ya en el jardín, repanchingado sobre el césped.

—Buenos días, eh.

Milo me miró y me ignoró. La buena vida, pensé, qué rápido se ha acostumbrado.

Fui hasta la cocina, me pareció increíble lo bien organizado que lo tenía todo Amparo. Las raciones estaban etiquetadas, tanto con su contenido como el valor nutricional. Ver los armarios me daba un TOC agradable.

Me costó, pero al final entre tanta variedad elegí una macedonia de frutas, café y un bollo para subirme la moral.

Desayuné en silencio, miré el móvil un par de veces, pero salvo algunos mensajes, en grupos de los que todos silenciamos, no tenía mucho que mirar.

Me sentí un poco triste, quizá es que estaba sensible, pero no podía dejar de pensar en cómo había acabado así.

Hacía no tanto tenía un trabajo, un prometido y mi vida parecía encaminada, y ahora estaba en un pueblo perdido de la sierra, en una villa alejada, como cuidadora de un imbécil apenas unos años mayor que yo.

—Hola…

Primero escuché su voz, luego lo vi.

Su voz había perdido determinación, pero no tanta como su mirada. Aquellos ojos calmados y arrogantes ahora parecían muy comunes.

Ya no había pompa, ni filo, por un momento me pareció estar delante de otro hombre diferente.

—Hola…

No me veía la cara, pero seguro que tenía el ceño fruncido y los labios tensos.

—¿Podemos hablar un momento? Por favor.

—Ahora el señorito quiere hablar… Ja. ¿Ahora no tienes nada impertinente que decir?

Probablemente era mi jefe, pero no pensaba callarme.

—No, yo…

—¿Vas a decirme que tengo dos hermanas, y que mis padres son de Vilarego? Porque eso aparece en mis redes sociales, no sería una sorpresa. —había pensado bastante en nuestro siguiente encuentro, en un montón de pullas ingeniosas, solo que ahora no me parecían tan ingeniosas.

Al mirarlo, su gesto triste me confundió, incluso me hizo sentir mal.

—Amparo no te lo dijo, ¿no…?

—¿Eh? ¿El qué? —estaba realmente confundida, no sabía si era otro intento por vacilarme o es que me había cara de tonta.

—Lo mío. Mi trastorno.

—¿Qué trastorno?

Le vi exhalar como si cogiera fuerzas antes de confesar.

Adrián Cortés me explicó lo que le ocurría, aunque debo reconocer que cada frase que añadía hacía que me pareciera todo más estúpido.

Me explicó que a los dieciséis años se cayó de Rusty, un caballo que había alquilado su padre, y se golpeó la cabeza. Que estaba montando, que el caballo se asustó y lo tiró.

Aquel golpe en la sien le provocó una condición singular, algo a lo que todos los especialistas comenzaron a llamar: un trastorno literario.

Cuanto más me lo explicaba más inverosímil me parecía. Más absurdo y más estúpido, pero le dejé hablar.

Me explicó que desde entonces, y sin previo aviso, tenía pequeños periodos en los que se transformaba en los personajes de los libros que leía de crío y adolescente. Su personalidad se volvía como la de los personajes de los libros, y aunque él sabe que no es ellos, se comporta como si lo fuera. Adoptando la misma personalidad que los personajes tienen en sus libros.

Esperé a que acabase su historieta con mi cara más escéptica y varios suspiros indignados.

—Y…, bueno, anoche conociste a una de esas personalidades, por llamarlas de algún modo.

—Ya, sí. Ja, ja, ja. Muy bueno.

—Te prometo que te digo la verdad…

—¿Dónde está la cámara oculta? —moví el cuello de forma exagerada.

—Sé que es difícil de creer… Pero…

—¿Y por qué Amparo no me dijo nada? Eh.

—Porque quería irse de vacaciones con su amante… —su voz sonaba con una honestidad que me inquietaba.

Lo miré, sonreí con cinismo y me encogí.

—¿Y quién se supone que eras ayer?

—Era Sherlock Holmes… —noté vergüenza en su voz.

—¡Elemental! —exclamé con recochineo.

—Es una de las personalidades dominantes… —dijo entre dientes.

—Dominantes. —bromeé—. ¿Y quiénes más hay?

—Pues verás, los más recurrentes son…

La melodía de mi teléfono nos interrumpió a ambos. Miré la pantalla y el nombre del contacto: Amparo Montalbán.

Muy bien, pensé, así por fin puedo desmentir todas las patrañas que está diciendo.

Me levanté y salí de la cocina, dejando a Adrián Cortés atrás, con una mirada cohibida y tristona.




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