Prohibido enamorarse del protagonista.

La habitación estrella.

No sé qué me llevó a buscar la habitación estrella, quizá entender un poco más dónde me había metido.

Subí las escaleras evitando los dichosos crujidos de los escalones y miré entre las puertas que no había podido abrir la vez anterior.

No sé cómo no me fijé en que una de ellas tenía el pomo con forma de estrella. Aunque a decir verdad tampoco vi la que estaba enfrente y tenía el pomo de luna creciente.

Agudicé el oído, tenía curiosidad por qué hacía Adrián, pero no escuché nada.

Intentando no hacer ruido metí la llave en la cerradura y la giré, primero a la izquierda, y al ver que no ocurría nada, hacia la derecha.

Un chasquido y estaba abierta.

Respiré hondo y me asomé, sin saber qué me iba a encontrar.

No sabría decir si me decepcionó, no esperaba una mazmorra medieval, ni una habitación llena de bolsas con restos humanos a lo Dahmer; pero lo que no esperaba era encontrar una habitación infantil.

Aquella habitación era en esencia una cápsula del tiempo, de un niño nacido en los años noventa.

Di un paso adelante y lo primero que noté era el olor a cerrado. No olía mal, pero no fue agradable.

Miré de un lado a otro, el suelo estaba limpio, pero todo lo demás tenía una capa gruesa de polvo. Incluso en las esquinas había telarañas y algunas arañas patilargas.

Había una cama de noventa a un lado, cubierta con una manta con motivos del espacio: astronautas, cohetes y estrellas.

En la mesita de noche había una lámpara, parecía sacada de un anticuario, como todo lo demás.

Ahí vi el primer libro. Las aventuras de Sherlock Holmes.

Di unos pasos más y miré las estanterías. Vi algunas fotos, la que más me llamó la atención fue una en la que salía Adrián con otro chico. Tenía la misma cara, aunque era mucho más joven, un adolescente con una sonrisa enorme. El otro chico se parecía mucho a él, el mismo pelo y los mismos ojos.

Al lado vi un tarro con tierra, una enorme concha marina y una herradura. En el estante intermedio había más libros, todos cubiertos de polvo y con los bordes amarillentos.

Miré los títulos, pensando que era aquello lo que Amparo quería decir con conocer al señor Cortés.

Las memorias de Sherlock Holmes. El sabueso de los Baskerville. La isla del tesoro. Los tres mosqueteros.

Veinte mil leguas de viaje submarino. Frankenstein. Peter Pan.

El hobbit. El Conde de Montecristo. Moby Dick. Dr. Jekyll y Mister Hyde. Poirot. Lupin.

Miré todos los estantes, también había un discman, hacía años que no veía uno. Y la verdad también tenía una colección de CD envidiable. Incluso tenía uno de Estopa firmado. Aunque me llamó más la atención el de la Oreja de Van Gogh.

Lo siguiente que hice fue mirar de frente, el escritorio junto a la ventana, había una televisión de esas que tienen un VHS integrado, de pequeña me hubiera encantado tener una. También había una pequeña colección de cintas con clásicos de Disney. Por un momento me vi tentada de encenderla y ver si funcionaba.

Me giré a la última estantería. Había muchos juguetes, juegos de mesa y más libros.

Ojeé los títulos: Don Quijote de la Mancha. Romeo y Julieta. Drácula. El principito. Rebelión en la granja. El guardián entre el centeno. Mujercitas. Cumbres Borrascosas. 1984. El Gran Gatsby. Oliver Twist. Y seguro que me dejé alguno, era una colección de libros enorme.

Al leer los títulos no pude evitar pensar en el trastorno de Adrián. ¿Cuál de esos libros podía darme pistas?

Me agaché y miré el resto de estantes. Había una Game Boy Advance todavía con el cartucho del Pokémon amarillo. Me encantaba Pokémon de pequeña, aunque mi favorito era el Esmeralda.

Había un Risk, un Cluedo y un tablero de ajedrez.

Había algunas libretas, no quería cotillear, pero no podía irme sin mirar. Resultó que aquellas libretas eran de los deberes del instituto de Adrián. La primera frase era:

Adrián Cortés. Curso 2005-2006.

Había garabatos en todas las páginas. No sé por qué, pero sonreí al verlos.

Por lo que vi Adrián era malo en matemáticas, pero muy bueno en lengua.

También vi una pequeña caja de madera. La abrí y encontré lo que debió ser su pequeño tesoro: cromos de fútbol. Tenía a Ronaldinho, a Zidane, a los mejores. Me hizo pensar en las tardes viendo el fútbol con mi padre.

En ese momento repasé lo que sabía de Adrián Cortés. Lo que me había contado. La caída del caballo, el trastorno, lo que debió ser para él...

Antes de entrar en la habitación esperaba encontrarme con algo enorme, y un poco inquietante, pero aquella habitación no tenía nada perturbador..., aunque sí me hizo sentir algo, quizá porque esa habitación se parecía a la misma que tuve yo cuando era más joven.

Durante un momento dejé de pensar en Adrián y me acordé de mi propio cuarto, de mis pósteres, de mis CD y de las cosas absurdas que juraba que conservaría para siempre.

Pensé que ya había visto suficiente, y no sabía si Adrián me habría oído, ni cómo le sentaría que hubiese entrado en su habitación, así que decidí dejarlo estar.




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