Prohibido enamorarse del protagonista.

Hidalgo

Los ladridos me despertaron, en cuanto entendí lo que pasaba salté de la cama. Era mi Milo quien ladraba.

Me asomé a la ventana y entonces los vi, a los dos.

Al principio me asusté, pero luego vi a Milo. Conozco a mi perro como si lo hubiera parido, y sé cuándo está mal y cuándo se lo está pasando en grande.

Adrián y él jugaban como niños que se reencuentran en el colegio después de todo el verano sin clases.

No pude evitar quedarme ahí plantada mirándolos.

Y os juro que Adrián parecía más delgado, más alto y más desgarbado que el día anterior.

Aunque el detalle más absurdo es que se había puesto algo que pretendía ser una armadura, hecha de cartón plateado, mal recortada, sujeta con cinta adhesiva en los hombros y el pecho.

Milo se agitaba a su lado, moviendo la cola y ladrando de gozo. Ambos correteaban de un lado a otro, felices como borrachos.

No sé cuánto me quedé mirándolos, incluso sentí cierta envidia sana de verlos así.

Mi ex y Milo no se llevaban bien. Él siempre lo llamaba ‘chucho’, e incluso le molestaba que subiera con nosotros al sofá.

No sé por qué, pero fui a verlos.

Cuando llegué a la puerta la abrí y me quedé observándolos. Milo estaba tan contento que ni siquiera se dio cuenta de que yo había salido.

Desde allí incluso el jardín me parecía distinto, más verde y más vivo.

Adrián tampoco me había visto, y seguía caminando entre la hierba como si flotase.

En una mano llevaba una rama larga, lo que supuse que debía imitar una lanza, y en la otra un escudo improvisado hecho con la tapa de una caja.

Milo lo miraba como si hubiera esperado aquello toda la vida.

En ese momento sonreí y agradecí que me hubieran obligado a leer el libro en secundaria.

—¡No temas, Rocinante! —dijo Adrián de repente, girando sobre sí mismo como una estrella del pop—. El camino está libre de impostores.

Milo le ladró en respuesta, acercándose a él y retrocediendo de inmediato, como si aquello fuera un baile que solo ellos dos conocían.

Adrián avanzó unos pasos más y miró hacia un punto indefinido del jardín, como si allí hubiera algo que los demás no podían ver. Fue tan convincente que incluso yo miré esperando ver algo.

—Hemos cruzado tierras peligrosas… pero esta vez no caerán bajo la sombra de los falsos reinos.

Adrián hablaba con una seguridad impresionante, sin la arrogancia de Sherlock, pero con un tono firme, como si le hablase a un teatro lleno.

Quizá de verlo en cualquier otro lado hubiera sonreído con malicia y burla, pero al verlo en plena actuación mi sonrisa era sincera.

Al verlo de cerca entendí que Adrián no estaba comportándose como alguien que juega, él estaba convencido. Tanto como Milo.

—Te veo amigo mío, y no encuentro en ti malicia ni ambición, ni esa triste costumbre de los hombres de querer ser más de lo que son. Tú no finges. Tú eres. Y en ello, quizá, resides más cerca de la verdad que muchos que caminan erguidos sobre dos razones y no cuatro patas.

Milo ladeó la cabeza, creo que yo también lo hice. Ninguno estábamos seguro de qué quería decir Adrián.

—Si yo tuviera un escudero como tú —añadió, bajando un poco la voz— no habría batalla ni gigante que temer, pues bastaría con seguirte el paso para recordar que el mundo, pese a sus heridas, todavía sabe mover la cola cuando alguien vuelve a casa.

Milo entonces oyó mi risa, aunque de verdad que intenté no interrumpirlos.

Al darse cuenta de que estaba ahí vino directo hacia mí.

—Ve, pues. Corre. Haz del mundo un lugar menos serio de lo que los hombres insisten en imaginar.

Milo vino directo a mi encuentro, me olfateó, se subió para que le acariciara y siguió su camino directo a por el cuenco de agua. Le entendía, la energía de Adrián en ese momento agotaba solo con verlo.

Al levantar la vista noté que Adrián estaba totalmente quieto, mirándome. No diría que me hiciera sentir incómoda, pero sí un poco cohibida, me miraba como un hambriento miraría un bistec, aunque igual era cosa mía.

Su postura cambió ligeramente, más recta, más ceremonial. Y vino directo hacia mí con pasos largos.

Reconozco que me encogí un poco, sin saber qué esperar…

Hasta que se detuvo a dos metros de mí.

—No es común que los caminos de esta casa traigan visitantes sin que antes lo anuncien los vientos —dijo, sin dejar de mirarme, como si hubiera descubierto agua en Marte—. Y, sin embargo, aquí estáis.

No supe qué decir, no estaba sobrepasada como en nuestro primer encuentro, estaba confundida, no sabía si mantener la ilusión o buscar a Adrián.

—Si sois doncella de esta fortaleza o emisaria de algún pensamiento más alto, permitidme que os diga que vuestra presencia no perturba este instante… lo ennoblece.

Milo se movió entre los dos, feliz, como si él entendiera algo que yo no.




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