Entramos en la cocina con Milo, ambos estaban más tranquilos, y no había rastro de Don Quijote por ninguna parte.
—¿Te apetece algo en concreto?
—No, cualquier cosa, como de todo.
—¿Quieres café?
—Mejor no, intento no tomar cafeína.
'Haces bien', lo pensé, pero no lo dije.
Mientras miraba en el frigorífico observé cómo se quitaba su particular armadura. Al hacerlo se le levantó la camiseta y me fijé en sus abdominales. Estaba más en forma de lo que sus camisetas anchas sugerían.
Me hice un café, y saqué pan, lo tosté en la plancha, saqué una bandeja de fruta, huevos revueltos con bacón que calenté en el microondas y una botella de agua.
Lo coloqué todo en la isla, y saqué los cubiertos.
Le di un trozo de bacón a Milo. Lo sé, no es lo más apropiado, pero un capricho de vez en cuando no hace daño.
Al volver a mirar a Adrián estaba sentado en el taburete, con los codos clavados en la isla de la cocina, tan tímido que me sorprendía que hace unos segundos fuera todo un caballero dispuesto a salvar los reinos.
—Primero desayunamos y luego hablamos —dije sin dobles intenciones.
—¿Hablar...? —por sus ojos casi parecía que lo hubiera amenazado—. ¿De qué?
—Anda, come y calla.
Me hizo caso, y para mi sorpresa el silencio que siguió fue muy cómodo.
Milo intentó subirse a sus piernas, para él seguía siendo el mismo con el que había jugado en el jardín.
—Baja, Milo. No molestes.
—No molesta, es muy bueno —lo acarició y Milo se dio por satisfecho.
—Sí lo es.
Al sonreírle se puso nervioso y se le cayó el trozo de piña que tenía en el tenedor.
Lo recogió con torpeza y se lo llevó a la boca.
Esperé a que ambos hubiéramos terminado y entonces decidí abrir el melón.
—Bueno, cuéntame un poco más, ¿no?
Me miró, como si de verdad no supiera qué quería decir.
—Ahora que vivimos juntos, quiero conocerte un poco más. Y la verdad es que tengo algunas preguntas.
—Claro... —asintió—. Y... Lo siento si te he asustado, yo...
—No es eso, no me has asustado.
Me pareció que su expresión se relajaba.
El silencio apareció, dispuesto a quedarse, pero decidí intervenir.
—Ayer vi la habitación estrella.
Sus cejas se arquearon, no supe si por sorpresa o por inquietud.
—Se parecía mucho a mi habitación cuando era adolescente.
Noté que iba a decir algo, pero se contuvo.
—¿Es verdad entonces que te caíste de un caballo?
—Sí...
—¿Qué pasó?
—No recuerdo mucho... El caballo se asustó por algo y me lanzó al suelo. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en el hospital, había estado dos semanas en coma.
Me sentí mal, no por él, por haberme comportado tan severamente.
—¿Y entonces empezó, ya sabes, eso?
—Sí... Unos días después tuve el primer "ataque"...
Me pareció que ni él mismo sabía cómo llamarlo.
—Me dijiste algo así como que Sherlock era una de tus personalidades dominantes, ¿qué querías decir?
—Bueno... Es que hay algunas que se repiten más que otras.
—Entiendo.
Me cuestioné si debía seguir preguntando, Adrián no parecía del todo cómodo hablando de ello, pero pensé que lo mejor era tener esa conversación cuanto antes.
—¿Y qué sientes cuando pasa?
—Es... raro. No sé, es como que dejo de ser yo...
—¿Y recuerdas las cosas que pasan cuando eres otra..., persona? —no sabía qué palabras usar.
—Sí... Recuerdo todo lo que pasa, y todo lo que hago, pero no puedo controlarlo...
En ese instante pensé en todas las cosas que Sherlock había dicho de mí.
—Pero entonces… ¿Sí eres consciente de lo que pasa todo el tiempo?
—Sí y no... es... —titubeó—. Es como estar sentado en el asiento de atrás de tu propio coche. Ves la carretera y lo oyes todo. Pero no llevas las manos en el volante.
—¿Entonces recuerdas lo que me dijiste cuando eras Sherlock?
—Sí..., y perdóname, yo no debí...
—Acertaste en todo, ¿lo sabías?
Su mirada pasó de triste a curiosa.
—Bueno... Yo... —no sabía qué decirme, me pareció tierno.
—Lástima que no puedas controlarlo, podrías ser un gran detective.
Adrián sonrió, una sonrisa sincera, creo que hasta ese día nunca le había visto sonreír así.
—Y Don Quijote ha resultado ser un caballero de verdad.