Prohibido enamorarse del protagonista.

Más preguntas que respuestas.

Tal y como Adrián me dijo el día anterior, el personal de limpieza llegó a las diez en punto.

Un hombre de aspecto tosco, y dos mujeres menudas, todos con el mismo uniforme azul.

Pasaron con naturalidad, con esa experiencia en la villa que yo todavía no tenía.

Se pusieron manos a la obra en cuanto pasaron, yo cerré la verja y me quedé con Milo en el jardín, no quería estar en medio.

Milo me trajo un palo, juraría que era parte de la lanza de Adrián del día anterior.

Se lo lancé y me lo trajo, me tuvo así un buen rato. Pensé en lo mucho que tenía que estar disfrutando con todo esto. En casa no había palos.

Pero si había algo en lo que no dejaba de pensar era en Adrián. Todavía había muchas cosas que quería saber. ¿Cuántos habían? ¿Cuántas personalidades? ¿Y cómo eran? Había visto su colección de libros, pero todavía tenía dudas. ¿Todos eran una pista? Ya me había leído el libro de Las aventuras de Sherlock Holmes, ahora no dejaba de pensar en subir a la habitación estrella para dejar ese y coger otro.

No era curiosidad morbosa, pero era curiosidad, y estaba ahí dentro, deseando salir.

También pensé en su hermano. ¿Qué había pasado con él? No había venido por casa, Amparo no lo había mencionado, y Adrián tampoco.

¿Y qué activaba sus personalidades? ¿Simplemente aparecían, o había desencadenantes?

¿Podía llegar a ser peligroso? Había dicho que en ocasiones intentaba escapar, pero no había dado más detalles al respecto.

Es curioso, habíamos tenido la conversación más larga desde que llegué a Villa Carax, y ahora tenía más preguntas que respuestas.

Después de lanzarle varias veces el palo, Milo pareció cansarse y desistir.

Se sentó a mi lado y fue entonces cuando miré hacia arriba. Las cortinas estaban echadas en la habitación de Adrián, todas las ventanas estaban tapadas. Me pregunté si era una manía o parte de algún ritual de los suyos.

Ese día, unas horas después de que se fuera el equipo de limpieza me mensajeé con Mari Paz.

Me preguntó cómo estaba y me limité a decir que mucho mejor, indagó un poco, pero solo le dije que ya me estaba empezando a acostumbrar a la villa.

Me preguntó cuándo tenía días libres, supe que eso era más una declaración de intenciones que una pregunta.

Le pregunté directamente por qué, y me recordó que quedaban nueve días para su cumpleaños y que estaba organizando una quedada.

Le hice algunas preguntas y me explicó que había reservado en un restaurante para comer y que después pensaba en ir a bailar.

Le dije que por mí bien, que me podía pedir un día libre, que solo tenía que avisar.

Me dijo que reservase el día quince sí o sí. Le dije que contase conmigo.

Solo dos horas después ya me había metido en un grupo de WhatsApp. Los odio… Antes la gente podía organizar cosas y quedar sin necesidad de grupos. Ahora parece que son necesarios para todo.

Para colmo, al ver a quién había añadido, me di cuenta de que había invitado a las petardas de sus amigas. También a algunas amigas en común, pero nunca he aguantado a su grupito, y siempre he intentado evitarlas.

En fin. Mari Paz es mi mejor amiga, y es su cumpleaños, si tenía que ver a sus amigas, no era un sacrificio tan grande. Contesté un mensaje para mostrar presencia y silencié el grupo.

Amparo también me envió un mensaje ese día. Me preguntó si todo había ido bien y le dije que sí.

Le pregunté qué tal estaba, y me envió una foto en la que salían sus piernas sobre la toalla en la arena y el mar al fondo. Me dio un poco de envidia.

Esa tarde pasé bastante rato dando vueltas por la planta baja, esperando que Adrián apareciera, pero no lo hizo. No le vi en todo el día.

Me cuestionaba si es que no quería verme, si una de sus personalidades le habría dominado, o si era casualidad que no nos viésemos. La verdad es que me apetecía verlo, conversar, no sé…, algo.

Al final por puro aburrimiento llamé a mi madre para ver cómo estaba, pero fue una conversación muy breve. Me dijo que ella y mi padre se habían ido al cine. Desde que mi padre se había jubilado estaban en una segunda luna de miel. Estaban más pegados que un chicle a una suela.

Antes de cenar cogí las llaves y subí a la segunda planta. Con delicadeza, y tras asegurarme de que Adrián no estaba, fui a la habitación estrella y entré.

Al principio solo iba a dejar el libro de Las aventuras de Sherlock Holmes, pero acabé quedándome unos minutos, volviendo a observar los detalles de aquella habitación.

Antes de irme me llevé otro libro. ‘Quizá así esté más preparada cuando vuelva a ver a Adrián’, pensé.

Fue una idea razonable, y también completamente inútil.




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