Prohibido enamorarse del protagonista.

Olor a algodón.

Me desperté más tarde de lo habitual, pasadas las diez y media.

Había estado mucho tiempo leyendo por la noche, me entretuve y me costó dormir. Aunque aquello era mejor que acostarme tarde por sobrepensar o por pasarme horas en Instagram y en TikTok.

Al llegar a la cocina encontré a Milo recostado en el suelo. Adrián le había puesto una manta gruesa junto a la puerta con varios cojines, supuse que para que durmiera mejor. No pude evitar sonreír y pensar en lo considerado que había sido.

Milo estaba tan cómodo que no se levantó al verme, tan solo me dedicó un breve ladrido, que sonó a 'Buenos días'.

Saqué la comida, me preparé un café caliente y me senté en uno de los taburetes.

Estaba centrada en el desayuno cuando tocaron al telefonillo.

Antes de ir a responder miré mi móvil, confundida. No era lunes, ni viernes, no eran los de limpieza, ni los de cocina; y Amparo no me había informado de que nadie fuera a visitarnos.

Me levanté del taburete y respondí por el interfono de la entrada.

—¿Sí?

—¿Clara Reche?

—Sí, soy yo. ¿Quién es?

—El repartidor. ¿Puedes salir?

—Claro, espera un momento.

Me cambié el pijama todo lo rápido que pude y me hice con las llaves, que siempre escondía en mi habitación.

Salí todo lo rápido que pude y llegué a la verja. Miré atrás, para asegurarme de que Milo y Adrián no estaban cerca para escaparse.

—Buenos días.

—Hola... —las enormes cajas que cargaba en las manos me confundieron—. ¿Qué es?

—No lo sé. Yo solo reparto. ¿Quieres que te las deje en el suelo? Pesan bastante.

Ignoré el olor a marihuana que desprendía aquel hombre y asentí.

Pasó mientras yo vigilaba mi espalda y las dejó a un lado.

—Gracias. Que tengas buen día.

—Igualmente.

El repartidor se subió a su furgoneta y se fue. Yo cerré la verja rápidamente y metí las llaves en el bolsillo.

Me agaché y quise abrir la primera caja, pero llevaba mucha cinta.

Cargué con una y me la llevé a la cocina, luego hice el mismo camino con la otra caja, que pesaba más todavía.

Las puse en la isla, junto a mi desayuno, aún sin acabar, cogí unas tijeras, rompí la cinta y abrí la primera.

No podía creerlo.

Toda la caja estaba llena de materiales para coser, ovillos de lana de todos los colores, cuerdas gruesas de algodón para macramé, agujas de punto, ganchillos y cintas métricas enrolladas. Había pequeñas cuentas de madera escondidas entre los hilos, unas tijeras nuevas, de calidad y varios marcadores de puntos desperdigados por el fondo.

El olor a algodón, lana y madera me resultó extrañamente familiar. A ojos de cualquiera no sería más que una caja llena de trastos, pero para mí era un pequeño tesoro.

Sin pensarlo dos veces usé las tijeras para abrir la otra caja, y otra vez un escalofrío de sorpresa me atizó.

Había de todo... Lienzos de diferentes tamaños, un caballete plegado, una paleta para mezclar, pinturas acrílicas, tubos de colores, pinceles de todo tipo de formas y tamaños, disolvente, papel absorbente, barniz, incluso un delantal con la frase: 'pinto luego existo'.

Me emocioné, y negarlo sería mentir. Es que ni siquiera cuando pintaba en casa había tenido tanto material, y de tan buena calidad.

—Hola... ¿Me he pasado?

Me giré y Adrián estaba en el umbral de la puerta. Su mirada era más segura, más firme. Me pregunté si estaba frente a Adrián, o frente a otra de sus versiones, pero no me importó.

Señalé las dos cajas sin poder borrar la sonrisa de mi cara.

—¿Por qué...?

—Porque me dijiste que son cosas que te gustan. Y aquí no hay mucho que hacer.

Tragué saliva, intentando disimular para que no lo notase.

—Gracias, Adrián.

—De nada —sonrió.

—Es un detalle...

—Es también por mí. Quiero ver cómo pintas, y me vendría bien un gorro de algodón antes de que llegue invierno.

—Ja, ja... —me desarmó, y no supe qué decir, solo pude reír.

Me giré para volver a verlo todo, como si necesitase confirmar que era real. Cuando me volví él ya no estaba.

—¿Adrián?

Escuché los escalones de madera crujir, y supe que se había ido.

No pude evitarlo, vacié las cajas y lo coloqué todo para poder verlo mejor, todavía demasiado sorprendida.

No estaba acostumbrada a que alguien prestara tanta atención a las cosas que decía. Y no sabía muy bien qué hacer con eso.




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