Prohibido enamorarse del protagonista.

Un caos ordenado.

Al día siguiente recuerdo no atreverme a pintar. No sé, le tenía respeto a las pinturas, o al acto en sí. Llevaba tanto sin hacerlo…

Lo que sí que hice fue sacar una silla al jardín con Milo y comenzar a hacer crochet. Se me daba mejor de lo que recordaba. Hizo muy buen día. Había brisa pero no viento, y, bueno, a mí el sol me encanta, soy team calor.

Milo y yo comimos bistec, y por la tarde estuve leyendo y mensajeando con mi hermana Cris. Me estuvo hablando de su trabajo, y quejándose de su jefe. Preferí no decirle que el mío me hacía regalos y que casi nunca me daba problemas; no era el momento.

Lo cierto es que vivir en Villa Carax se había vuelto cómodo, incluso sin tener nada que hacer. Al principio las horas se hacían muy largas, pero ya me estaba acostumbrando. Lo único es que me hubiera gustado era tener más compañía. Así que me centré en eso.

Al caer la noche estuve esperando a Adrián en la cocina mientras me leía el Conde de Montecristo. Edmond Dantès había vuelto a ver a Mercedes, el libro me estaba gustando, pero no estaba leyendo en la cocina por casualidad; estaba porque esperaba que Adrián bajase a por la cena en algún momento.

Esperé y esperé, pero no aparecía.

Se hizo de noche, y la verdad es que sentía curiosidad. Más de la que estaba dispuesta a admitir. Me preguntaba si seguía en su habitación o si quizá uno de los personajes había tomado el control.

No sabría decir por qué, pero subí la escalera y recorrí todo el pasillo hasta su habitación.

Me quedé unos segundos en la puerta, atenta, pero como no escuché nada decidí tocar.

—Adelante —escuché a través de la puerta.

Cuando entré y miré a Adrián supe que era él. Solo con ver su cara podía reconocerlo.

—¿Pasa algo? —me preguntó con un deje de sorpresa y algo de extrañeza.

—No. Solo quería ver qué hacías. Y..., bueno, ¿has cenado?

Hasta ese momento no me había fijado bien en la habitación. El día que había conocido a Sherlock la habitación estaba muy oscura y el humo lo ocupaba todo, ahora era como estar en una habitación completamente diferente.

Y de toda la casa me atrevería a decir que era la habitación más viva, y también la más extraña. Un caos ordenado.

Todo estaba muy limpio, aunque el equipo de limpieza tenía prohibido entrar.

La cama estaba al fondo y era muy grande. Demasiado grande para una sola persona, y estaba hecha con una precisión incómoda, sin una arruga.

Los ventanales ocupaban casi toda la pared derecha. Y tras ellos estaban los barrotes de hierro, finos pero sólidos. No parecían una prisión, pero tampoco ayudaban al paisaje.

La luz de la luna entraba por las ventanas, las cortinas, moradas y feas como ellas solas y densas como una nube, estaban corridas del todo.

No sé por qué, pero una vez dentro sentí la necesidad absurda de hablar más bajo.

Adrián estaba en el sofá, negro, de esos que parecen sacados de un catálogo para pijos. Frente a él, una mesa pequeña con una taza de porcelana que parecía no poder moverse.

Adrián me miró confundido, debió notar que estaba mirándolo todo.

Me fijé en el escritorio, había papeles, plumas, y un kit que parecía sacado de un monasterio del siglo XIII.

Y si el sofá era pomposo, más lo era el escritorio, que parecía una pieza sacada de los Bridgerton. Igual que las dos sillas a juego.

Miré la estantería. Había varios relojes, todos con horas diferentes. También un montón de teléfonos puestos en fila, modelos antiguos y nuevos, todos parecían estar rotos, a los antiguos les faltaban teclas, los nuevos tenían las pantallas rotas.

Había objetos de todo tipo, como un marco con una foto de un mapa viejo de Francia. O toda una hilera de figuritas hechas de papel. Y aquellas figuras, aunque muy bien hechas, eran un poco inquietantes.

—Ya, lo sé... —suspiró Adrián, llamando mi atención—. Parece la habitación de un loco.

—Eh... —me costó reaccionar a sus palabras—. No. No es eso, es que es... peculiar. —Es la única palabra que atiné a decir.

Al mirarlo lo vi incómodo y encogido. Bueno, más que incómodo, avergonzado.

—¿Por qué guardas móviles rotos? —pregunté forzando una sonrisa, tratando de actuar con naturalidad.

—Mis... personalidades... Algunas no saben qué son, y si suenan los rompen.

Quizá la tensión, quizá imaginarme a Adrián rompiendo los teléfonos, asustado, no lo sé, pero me reí, me reí mucho.

Adrián me miró y esbozó una sonrisa, me pareció una buena señal.

Di un paso al frente, y lo sentí más rígido.

—¿Necesitas algo, Clara? —su voz no parecía la misma.

—No bajas mucho, y me preguntaba qué haces aquí encerrado todo el día. —mis palabras salieron más acusatorias de lo que pretendía.

Y entonces pasó...

Hubo un silencio, y una pausa deliberada por su parte. Ya no parecía mirarme, parecía evaluarme.




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