Dormí fatal esa noche. Mi único consuelo fue Milo, que vino a verme un poco después de mi visita a Adrián. Se subió a la cama y se quedó conmigo, como si supiera que lo necesitaba.
Me costó levantarme, pero tenía hambre.
Estaba en la cocina desayunando cuando le vi asomarse por la puerta.
—Hola…, Clara.
—Hola —fui muy seca, es lo único que me salió natural.
—¿Podemos hablar?
—¿Ahora quieres hablar? —no vi mi cara, pero no debía tener una expresión agradable.
—Siento lo de anoche… No era yo…
Sabía que decía la verdad, pero eso no lo hacía menos duro.
—Ya, bueno…
—Yo… —dudó, pero dio unos pasos y se sentó frente a mí—. Me paso el día en la habitación para evitar estas cosas… Sé cómo puedo ser… Y para mí tampoco es agradable.
Lo miré a los ojos, y sabía que era sincero, hay miradas que no pueden mentir.
—Por eso me paso el día en la habitación. Porque no quiero incomodarte o hacerte sentir mal…
—¿Y qué haces ahí arriba? —quizá no debía preguntar, pero no pude controlarme.
—Bueno, intento mantenerme entretenido. Hago deporte, para cansarme.
Eso explicaba su estado físico a pesar de estar encerrado todo el día.
—También —continuó—. Hago sudokus y sopas de letras para mantenerme entretenido y evitar cambios…, ya sabes a lo que me refiero. Y bueno, hago papiroflexia, porque me entretiene. Y, también pierdo mucho tiempo, no sé… A veces escribo. Intento hacer un diario, o anoto pensamientos. Es una forma de sacar cosas, ya sabes. Es algo terapéutico.
Lo escuché en silencio, sin añadir nada. Esperando. Aunque no estaba segura de qué.
—Siento lo que ocurrió anoche… No era mi intención, de verdad que no.
Noté cómo mis labios hacían una mueca. Era complicado estar enfadada con él, cuando quien me había hecho enfadar no era realmente él.
—Lo siento. Solo quería decírtelo…
Se levantó del taburete y fue a salir, cuando dije:
—¿Quién eras anoche?
Adrián se detuvo, se giró y pronunció el nombre en voz baja.
—Edmond Dantès…
No pude evitar estallar en una carcajada. Adrián me miró confundido, como si le hubiera contado un chiste en otro idioma.
—¿Qué…? —terminó preguntando.
—Me está bien empleado, la verdad.
—¿Qué quieres decir?
—Me estoy leyendo el Conde de Monte Cristo.
Sus ojos reflejaron sorpresa.
—Subí a la habitación estrella, y me dio curiosidad.
—Ah… —no parecía saber qué decir.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro…
—¿Por qué anoche justo cuando subí cambiaste? ¿Fue por mí?
Adrián volvió al taburete y se sentó, o mejor dicho, se dejó caer.
—No lo sé… Igual sí… Pero no creo que sea tan sencillo.
—Al principio parecías tú… —no era una queja, pero lo pareció.
—Lo era… Pero me puse nervioso al verte en mi habitación. Me daba vergüenza… No sé… Mi habitación es tan rara como yo, y… —las palabras se le atascaban—. Creo que me dio miedo lo que pudieras pensar de mí.
Mi enfado se fue derritiendo como un hielo al sol, y en ese punto, más que enfado creo que sentía empatía. Yo misma había tenido miedo al enseñar a otros mis cuadros, mis diseños, mis cosas…, ¿quién podía culparle a él?
—Yo tampoco estuve fina… Subí sin avisar y…
—No, no. No hiciste nada malo. Y si me permites, me gustaría enseñártela.
—¿Enseñármela? ¿Tu habitación?
Una pequeña sonrisa y un asentimiento.
—¿Estás seguro, Adrián? No hace falta…
—Me gustaría hacerlo si tú quieres. Me gustaría de verdad.
Dudé… Durante unos segundos no supe qué decir, me preocupaba que, al hacerlo, Adrián volviera a dejar de ser él. Pero me miraba expectante, con una carita que decía: ven conmigo.
—Claro, vamos.
—Genial —me sonrió mientras se levantaba.
Subimos a la segunda planta y fuimos directos hasta su habitación, la última habitación del pasillo.
Abrió la puerta y se hizo a un lado para que yo pasase.
Entré y apreté los dientes, esperando…, deseando mejor dicho, que Adrián no cambiase.
Había corrido las cortinas, había mucha luz, y las ventanas estaban abiertas, el olor a cerrado se había disipado.
En ese momento pensé que de verdad me quería allí, porque había preparado la habitación para invitarme.
Me quedé cerca de la puerta, como un animal en un terreno nuevo, que siempre tiene un ojo en la salida, preparada para la huida.